Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En el Reino Ignoto, donde reinan Titania y Oberón, cerca de la linde con las Tierras de las Nieblas Glaucas, el Bosque Añoso penetra, como si fuese una enorme punta de lanza, hasta el mismo corazón del Reino. Formado por viejos árboles, de rugosas cortezas, vestidos por musgos que cubren su tronco, luciendo barbas de líquenes que aseveran su longevidad, el Bosque Añoso cuenta con encinas, hayas, castaños y robles que se encuentran entre los más viejos de la Tierra. Uno de ellos, alto, frondoso, grueso, con la cicatriz de un rayo que cayó en su día sobre él, se convierte en la puerta de entrada al Palacio de Luz en que viven los reyes; lo forman las numerosas galerías subterráneas que recorren la zona. Unas, las más grandes o principales que llevan al salón del trono y aposentos reales y otras que sirven para cubrir el ajetreo del trabajo de cada día.
Pero hoy es un día especial: el último miércoles del verano. Los días han ido menguando y los calores del verano ya no se dejan sentir con tanta fuerza. Se presiente ya el inicio del otoño y el trabajo y ajetreo que traerá consigo. Mas hoy es día de fiesta, una de las celebraciones más esperadas. Así, se ha engalanado el palacio, hermosas luciérnagas se han presentado para iluminar los corredores y salones; colocadas detrás de las piedras de cristal de roca, mandan su luz, formando espectaculares arcos iris a todos los rincones. Los duendecillos más jóvenes han lustrado las pequeñas vetas de oro que adornan las paredes y que brillan ahora como dorados espejos. Las hadas mayores, se han encargado de recoger el néctar más dulce de las flores más bellas y los elfos han convencido a las abejas para que les den un poco de miel y así elaborar su famoso hidromiel, que no puede faltar en ninguna celebración.
Cuando todo ha terminado ya de prepararse, llega el momento de disfrutar. Los elfos de más edad sacarán sus cítaras y sus arpas y llenarán el palacio con sus sones delicados. Se pondrán en las largas mesas las más deliciosas viandas. No faltarán las nueces, ni las ricas avellanas; habrá un puré de bellotas y dulce de castañas. Las puntas de espárragos trigueros, que harán las delicias de los elfos más pequeños. Y canciones, se cantarán muchas canciones y se contarán historias, esas historias que conocen los seres mágicos, que comienzan cuando la Tierra era joven y llegan hasta nuestros días. Habrá risas, muchas risas y sonrisas y palmas. Muchas palmas para que de ese modo las hadas se sientan reconfortadas. Se dirán poemas y se recitarán versos. Especialmente los versos que escribieron a lo largo de los años todos aquellos poetas a quienes, un día, las hadas o los elfos, se aparecieron. Transcurre el día y cuando llega el ocaso, las puertas del palacio se abren y todos juntos en un alegre tropel se dirigen al claro del baile.
Cerca del sendero, un paso estrecho, que ya muy pocos conocen y apenas nadie utiliza, vereda de aventureros que conduce al Camino Antiguo, en un redondel de altos árboles que encierran casi por completo un corro de hierba, se halla el claro del baile. Es el lugar donde se termina la fiesta. Van llegando contentos, alegres, los grupos de la “gente menuda”. No falta la ambrosía ni el hidromiel. La noche, recién estrenada, regala a los pequeños duendes sus mejores fragancias…
Es entonces cuando Oberón saca su cornamusa. Un instrumento pequeño, con el puntero de nácar, la vejiga hecha de la membrana del erizo de las castañas, la bolsa tejida con el pelo que los armiños van dejando en los espinos y el roncón de rama de sabina. Sale el primer sonido, ronco, lento, mantenido y de repente una música rápida, vibrante, embriagadora llenará por completo la noche.
Titania tomará del brazo a Oberón y así cogidos, sin que el rey deje de tocar, iniciarán el baile. Al poco, las hadas se sumarán a la danza y un corro de seres mágicos danzarán con ardiente frenesí, hasta la medianoche. La luz tenue de la luna iluminará delicadamente a los danzantes y las estrellas titilarán al compás de la música. Cuando algún elfo o quizás un hada se sientan cansados, unas setas dispuestas al efecto les permitirán unos instantes de reposo.
Al sonar las campanas de la torre de la iglesia de Villablanca dando las doce, el sonido viajará cabalgando el aire hasta el prado de la fiesta. Será el momento de recogerse.
**********
A la mañana siguiente Hugo y su hijo Tom caminaban por el sendero, buscando llegar al Camino Antiguo. De pronto, Tom se fijó que entre los árboles había un corro de verde hierba y algo de colores en él. Se acercó con curiosidad y dijo a su padre: “Papá, aquí hay setas”. Hugo se acercó hasta la linde del claro, miró y dijo a Tom: “Mira hijo, fíjate bien. La hierba de este corro es menuda, de un verde más brillante, corta y suave. Ves que hay unas setas con su sombrero de color rojo intenso, con unos pequeños lunares blancos… Esas setas no se tocan. Son lo que conocemos como “corros de hadas”; esas mismas hadas que nos permiten usar este sendero y no perdernos en el bosque. Las utilizan como asientos y por esa razón, nosotros no las cogemos. Se tomaron de la mano y siguieron su camino.
**********
Las hermosas setas de tan grata apariencia, se quedaron en el claro del bosque. Creo que los entendidos las llaman “Amanita Muscaria”.
Pero hoy es un día especial: el último miércoles del verano. Los días han ido menguando y los calores del verano ya no se dejan sentir con tanta fuerza. Se presiente ya el inicio del otoño y el trabajo y ajetreo que traerá consigo. Mas hoy es día de fiesta, una de las celebraciones más esperadas. Así, se ha engalanado el palacio, hermosas luciérnagas se han presentado para iluminar los corredores y salones; colocadas detrás de las piedras de cristal de roca, mandan su luz, formando espectaculares arcos iris a todos los rincones. Los duendecillos más jóvenes han lustrado las pequeñas vetas de oro que adornan las paredes y que brillan ahora como dorados espejos. Las hadas mayores, se han encargado de recoger el néctar más dulce de las flores más bellas y los elfos han convencido a las abejas para que les den un poco de miel y así elaborar su famoso hidromiel, que no puede faltar en ninguna celebración.
Cuando todo ha terminado ya de prepararse, llega el momento de disfrutar. Los elfos de más edad sacarán sus cítaras y sus arpas y llenarán el palacio con sus sones delicados. Se pondrán en las largas mesas las más deliciosas viandas. No faltarán las nueces, ni las ricas avellanas; habrá un puré de bellotas y dulce de castañas. Las puntas de espárragos trigueros, que harán las delicias de los elfos más pequeños. Y canciones, se cantarán muchas canciones y se contarán historias, esas historias que conocen los seres mágicos, que comienzan cuando la Tierra era joven y llegan hasta nuestros días. Habrá risas, muchas risas y sonrisas y palmas. Muchas palmas para que de ese modo las hadas se sientan reconfortadas. Se dirán poemas y se recitarán versos. Especialmente los versos que escribieron a lo largo de los años todos aquellos poetas a quienes, un día, las hadas o los elfos, se aparecieron. Transcurre el día y cuando llega el ocaso, las puertas del palacio se abren y todos juntos en un alegre tropel se dirigen al claro del baile.
Cerca del sendero, un paso estrecho, que ya muy pocos conocen y apenas nadie utiliza, vereda de aventureros que conduce al Camino Antiguo, en un redondel de altos árboles que encierran casi por completo un corro de hierba, se halla el claro del baile. Es el lugar donde se termina la fiesta. Van llegando contentos, alegres, los grupos de la “gente menuda”. No falta la ambrosía ni el hidromiel. La noche, recién estrenada, regala a los pequeños duendes sus mejores fragancias…
Es entonces cuando Oberón saca su cornamusa. Un instrumento pequeño, con el puntero de nácar, la vejiga hecha de la membrana del erizo de las castañas, la bolsa tejida con el pelo que los armiños van dejando en los espinos y el roncón de rama de sabina. Sale el primer sonido, ronco, lento, mantenido y de repente una música rápida, vibrante, embriagadora llenará por completo la noche.
Titania tomará del brazo a Oberón y así cogidos, sin que el rey deje de tocar, iniciarán el baile. Al poco, las hadas se sumarán a la danza y un corro de seres mágicos danzarán con ardiente frenesí, hasta la medianoche. La luz tenue de la luna iluminará delicadamente a los danzantes y las estrellas titilarán al compás de la música. Cuando algún elfo o quizás un hada se sientan cansados, unas setas dispuestas al efecto les permitirán unos instantes de reposo.
Al sonar las campanas de la torre de la iglesia de Villablanca dando las doce, el sonido viajará cabalgando el aire hasta el prado de la fiesta. Será el momento de recogerse.
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A la mañana siguiente Hugo y su hijo Tom caminaban por el sendero, buscando llegar al Camino Antiguo. De pronto, Tom se fijó que entre los árboles había un corro de verde hierba y algo de colores en él. Se acercó con curiosidad y dijo a su padre: “Papá, aquí hay setas”. Hugo se acercó hasta la linde del claro, miró y dijo a Tom: “Mira hijo, fíjate bien. La hierba de este corro es menuda, de un verde más brillante, corta y suave. Ves que hay unas setas con su sombrero de color rojo intenso, con unos pequeños lunares blancos… Esas setas no se tocan. Son lo que conocemos como “corros de hadas”; esas mismas hadas que nos permiten usar este sendero y no perdernos en el bosque. Las utilizan como asientos y por esa razón, nosotros no las cogemos. Se tomaron de la mano y siguieron su camino.
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Las hermosas setas de tan grata apariencia, se quedaron en el claro del bosque. Creo que los entendidos las llaman “Amanita Muscaria”.