Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
LA FURIA
Abarcan los cielos espacios no aptos
para la sofocación y el desenfado;
la precepitud desborda la impaciencia de su odre,
el deleite de un soplo no logra derretir
el resplandor en los balcones,
no se admite la delicia de un ocaso
separando los iris de las horas.
Esta acta la firma una elocuencia malgastada,
este acto en que soberbia la palabra se engríe
y avienta con clavos y vainazos
una verdad que sabe a sarcasmo y es capaz
de desbaratar lo que a pie de página
fue enérgica rebeldía, hirsuto griterío,
algarabía quebrando peñascos y ventanas.
La furia tritura la suntuosa perla de la risa,
la rabia apadrina la abulia y el rearme,
el decoro de ese vitral no alcanza
la proyección y los colores en desgaste;
ira sutil, cisma a veces necesario,
helado pasajero
degustando remilgos en la carne
y otras necias podredumbres.
Abarcan los cielos espacios no aptos
para la sofocación y el desenfado;
la precepitud desborda la impaciencia de su odre,
el deleite de un soplo no logra derretir
el resplandor en los balcones,
no se admite la delicia de un ocaso
separando los iris de las horas.
Esta acta la firma una elocuencia malgastada,
este acto en que soberbia la palabra se engríe
y avienta con clavos y vainazos
una verdad que sabe a sarcasmo y es capaz
de desbaratar lo que a pie de página
fue enérgica rebeldía, hirsuto griterío,
algarabía quebrando peñascos y ventanas.
La furia tritura la suntuosa perla de la risa,
la rabia apadrina la abulia y el rearme,
el decoro de ese vitral no alcanza
la proyección y los colores en desgaste;
ira sutil, cisma a veces necesario,
helado pasajero
degustando remilgos en la carne
y otras necias podredumbres.
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