Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
¡Tía Magenta, bruja, gitana tonta e ignorante, déjate esa falda que te cubre hasta el tobillo, él no viene tras tu muslos ni tus nalgas; viene por tus ojos negros, por tus labios jugozos, por tu sonrisa perversa, jugetona e inocente!
Mírala acomodarse la pañoleta sobre la frente. Se la quita y se la pone. Se tira el cabello hacia atrás o se lo alborota, acomodándolo ya de lado, ya al frente.
Tía Magenta ya no te arregles tanto, él viene a ti, por tu caminar zalamero y airoso, por ese andar tuyo adornado las banquetas, echados los bordes de tu falda por los repeninos vientos. Viene por el donaire de tus verbos impulsivos e imprevistos cargados de sin nada y sin sentido. Viene por que tú eres un encanto como eres.
Los gitanos mueren de dolor. Hay una flor gitana que ha partido. Se ha ido por el mar salado de los llantos. Se ha secado. El negro de los ojos azules se ha marchado y la ha dejado sin decir palabras. Con una mulata se ha ido. Barca fuerte, de remos, sin velas... hacia mar adentro se han ido.
Tía Magenta se ha bebido sus venenos.
¡Tía Magenta! Los colores de tus mejillas adormecidas, ya en el lagar sin tiempo, son floridas por los polvos de carmín. Sella tus labios la mortuoria quietud, sin sonrisa pícara. Todo se te ha vuelto silencio, tía Magenta.
Maldito el beso, maldita la palmera y su sombra, la arena donde sentiste el yugo de la puerca pasión que se ha llevado tu alma.
Tía Magenta, callada y eterna: cuerpo en el ataúd que viaja como barca hacia la tierra donde vive el olvido.
Los gitanos alzan sus carpas junto al río. Un arrollo atestigua y murmura, cobija, tu silencioso sementerio individual, sin señas, sin danzas, sin ruidos. Esa no eres tú, la que duerme, la que no echa las suerte y no lee la mano. La gitana salerosa y bullanguera que no deja que el mundo ignore su presencia. Esa no eres tú...
Los coches viajan en línea. Algún rayo de sol que se despide reflejado en un cristal.
Este sitio es de muerte, un lecho para dejar atrás al olvido y su sombra.
Los gitanos no vuelven.
Tú duermes junto al río.
Solo yo te recuerdo.
Lloro.
Suspiro.
Mírala acomodarse la pañoleta sobre la frente. Se la quita y se la pone. Se tira el cabello hacia atrás o se lo alborota, acomodándolo ya de lado, ya al frente.
Tía Magenta ya no te arregles tanto, él viene a ti, por tu caminar zalamero y airoso, por ese andar tuyo adornado las banquetas, echados los bordes de tu falda por los repeninos vientos. Viene por el donaire de tus verbos impulsivos e imprevistos cargados de sin nada y sin sentido. Viene por que tú eres un encanto como eres.
Los gitanos mueren de dolor. Hay una flor gitana que ha partido. Se ha ido por el mar salado de los llantos. Se ha secado. El negro de los ojos azules se ha marchado y la ha dejado sin decir palabras. Con una mulata se ha ido. Barca fuerte, de remos, sin velas... hacia mar adentro se han ido.
Tía Magenta se ha bebido sus venenos.
¡Tía Magenta! Los colores de tus mejillas adormecidas, ya en el lagar sin tiempo, son floridas por los polvos de carmín. Sella tus labios la mortuoria quietud, sin sonrisa pícara. Todo se te ha vuelto silencio, tía Magenta.
Maldito el beso, maldita la palmera y su sombra, la arena donde sentiste el yugo de la puerca pasión que se ha llevado tu alma.
Tía Magenta, callada y eterna: cuerpo en el ataúd que viaja como barca hacia la tierra donde vive el olvido.
Los gitanos alzan sus carpas junto al río. Un arrollo atestigua y murmura, cobija, tu silencioso sementerio individual, sin señas, sin danzas, sin ruidos. Esa no eres tú, la que duerme, la que no echa las suerte y no lee la mano. La gitana salerosa y bullanguera que no deja que el mundo ignore su presencia. Esa no eres tú...
Los coches viajan en línea. Algún rayo de sol que se despide reflejado en un cristal.
Este sitio es de muerte, un lecho para dejar atrás al olvido y su sombra.
Los gitanos no vuelven.
Tú duermes junto al río.
Solo yo te recuerdo.
Lloro.
Suspiro.
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