kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA LEY DE LA CONSERVACIÓN DE LA SOLEDAD
La ley de la conservación de la soledad dice algo así:
Si solo recibes mundo terminarás por empacharte
y enfermarás de soledad, en cambio,
si das una fracción de lo que recibes
vivirás plenamente en tu soledad.
El ser humano está cubierto por un resistente celofán
con su corazón encallado en un mínimo claustro de huesos
y su cerebro
sometido a la presión de una escafandra de titanio.
Nos llenamos de mundo
al sentir la brisa con su corteza de lima
refrescando cada pliegue de nuestro celofán,
o al tensarse hasta el límite los finísimos alambres olfativos
al cruzarnos en la acera con el perfume
de aquella buhardilla de sábanas y cabellos de tragaluz
en la que nunca sobró el tiempo para dormir.
Nos llenamos de mundo, también,
cuando el desconcierto por las cicatrices que deja el tiempo
nos sorprende frente al espejo de un ascensor,
o al penetrar en los cráteres de la lengua
los rayos locos de ácido de una mora silvestre.
Nos llenamos de mundo hasta casi reventar
al recibir una llamada inesperada
y sentir al otro lado el silencio trágico de un sollozo.
Y así, poco a poco, nos vamos hartando de tanto mundo,
…demasiado para el minúsculo recipiente que somos.
¡Saquemos pues el puto mundo de nosotros!
Gritemos y proyectemos nuestros fragmentos al espacio exterior,
y cuando digo gritar,
digo gritar a la primavera desde el pequeño balcón
de nuestro piso compartido,
¿o es que solo resulta elegante
gritar al vacío desde el borde del Gran Capitán
o desde la cumbre de un fiordo noruego?
Está muy bien asomarse al vacío
y esperar al eco de nuestra vanidad,
pero yo no hablo de eso
sino más bien de lo contrario.
El ser humano nos merece,
hablemos en alto mientras paseamos solos
porque estamos —y siempre estaremos—
jodidamente solos,
por ello
hagamos algo por acercar nuestros pasos
saludando al humano que se nos cruce en el camino
siendo especialmente amables
con aquellos que se nos cambien de acera.
Dejemos el rastro de nuestra piel en otras pieles,
declamemos poemas y cantemos canciones,
y que en las calles triunfe una revolución de niños y ancianos,
¡ocupemos el espacio con el ejército de nuestro ser!
Dejemos de una puta vez la esclusa abierta
y devolvamos al mundo
—aunque solo sea por nosotros—
una pequeña parte de lo recibido,
y ya puestos
que sea algo bello
como un «te quiero» gritado a la primavera
desde el balconcillo de un primer piso compartido.
Kalkbadan
En Madrid, 9 de marzo de 2017
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