La libélula llorica.

Albertyo Moliendo

Poeta recién llegado
La brisa roncaba calma al alma
y el oasis arropado de destellos.
El silencio canturreaba alegre
por ser aceptado en un teatro.

Una sedienta libélula emancipada
interrumpió la plenitud del canto
con su jovencísimo batir de alas.
(No se oyó quejarse al silencio,
pero invadía su profundo lamento.)

Sin ansia saciábase la libélula
de la fuente napiosa del elefante.
"Bebe hija, bebe mis restos jóvenes,
pero bébelos con ganas
o si no no te los tomes."

"Es que... Señor, bien sabe usted
que la angustia solapa al ansia,
solamente bebo por si sirviera
mi patético rezo de lágrimas."

El elefante,
todo cabeza sin saña,
miró meloso
al bichito sin ánima.
Ella la joven Luna,
él la lámpara anciana.

"¿Angustia? Tú no sabes de eso,
niñita malcriada,
angustia es la que me quema
al sentir tu entrega de armas."

La libélula, atenta,
sollozaba.

"Calla viejo estúpido,
calla esa bocaza,
que si vine a hablar contigo
fue por tu falsa fama."

El elefante respingón
saltó de su verde cama.

"Por Dios,
ya estoy harto de famas.
No amo mi memoria
ni mis colmillos de canas.
Tú no sabes qué es el peso,
pues sólo eres una enana.
Ni lo sabrás en tu pobre vida
de dos noches y tres mañanas."

En silencio trompeteó
y ella, moribunda,
aleteó a una caña.

"Esa es, elefante, la rabia,
la culpable de mi angustia
por marchar sin dejar nada.
Arrepentimiento anciano
sin satisfacción ni luz
tras la hondanada."

La derrotera libélula observa
al desconcertado marqués de la charca.

"No te enfades elefante,
no quería discusiones
sino que me consolaras.

Ha pasado uno de mis tres días
y no supe verlo.
Ahora sí veo que la gente
muere sin saberlo."

El silencio bramó desde el horizonte
y las estrellas posaron heladas.
Mientras, las palmeras bebían llanto
(extracto de la temprana desesperanza).
 
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