Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Ensayo-arreglo-adaptación-intento de poesía, inspirada en una leyenda mexicana tradicional y del dominio público y representaciones teatrales varias, muy propia para la celebración del día de Muertos.
Y llegaron…
Como estaba dispuesto, así llegaron.
Entre la mar
las casas que flotaban
con sus banderas blancas
y sus cuerpos extraños
se anunciaron…
Así llegaron…
Eran
mitad bestia
mitad hombre.
De sus manos brotaba el rayo:
era la muerte
era el trueno
eran los dioses que tanto tiempo
habíamos esperado.
Acá,
en el Anáhuac,
se juntaron los pueblos.
Les miraban el rostro
y escuchaban su lengua:
<extraña>
<misteriosa>
Esa mujer…
La Malinche,
nos dijo que el chaparro y feo
era Quetzalcoatl
que volvía
reclamando su reino.
Pero el hombre del rostro chueco
decía ser vasallo de otro rey muy poderoso.
Quetzalcoatl no es vasallo de ningún reino
Es el dios más poderoso
-pensaron los nuestros-.
Y así empezó la confusión.
Ahí lo vi
Era blanco como el sol
y en sus ojos azules
se extravió como en cielos
mi deslumbrada alma.
Luego supimos que no eran dioses
que eran hombres,
que sangraban y morían
y que más que a su dios crucificado
veneraban al oro
y morían
y mataban
por él.
Yo era una princesa
de la estirpe de los grandes de este reino.
Me ocultaban para que los bárbaros no me miraran,
para que no me hicieran concubina.
No hice caso
Me salí por las calzadas
para mirarlos ir sobre sus bestias
envueltos en sus trajes
color del espejo de agua
de los días nublados.
Él me miró
y yo lo vi;
me buscó
y me enamoré.
Dejé detrás mis credos.
Mis dioses.
Los brazos y besos de los míos.
Me tomó como esposa
y yo tomé sus aguas bautismales
y su pan
y su cruz.
Nos nacieron tres hijos
Don Diego
Doña Inés
Don Juan
Diego era como su padre
Blanco,
de hondos ojos azules
y cabellos rubios
como pelos de elote,
igual que Doña Inés.
Solo Don Juan era como yo:
Moreno
con los cabellos negros como el cielo en la noche
y sus ojos oscuros
como el Mictlán sagrado
donde esperan amantes nuestros dioses.
Éramos tan felices
que me olvidé de todo:
Los reclamos dolientes de mis padres
y el mirar despechado de mi pueblo
padeciendo el dolor de la conquista.
Sí,
así llegaron,
y un día…
así se fueron,
en sus casas de mar
a recibir honores
de los Señores Grandes
de la tierra lejana.
Él prometió volver:
Volveré
-dijo-
espera…,
cuida bien de mis hijos.
Yo volveré.
Mas los tiempos pasaron
y sus gentes cercanas
me volvieron la espalda.
El hambre se acercó a nuestros hijos
y rogué
imploré por algo de comida.
Mas nada conmovió
a sus gentes cercanas.
<Déjanos a Don Diego
y a Doña Inés>
-me dijeron-.
“Ellos son de los nuestros”
Llévate a Don Juan
que se vaya contigo,
ése es de los tuyos
y…, ¡largo de mi vista
india mugrosa!
Entonces…
Mis pasos se volvieron a los míos.
<Tenemos hambre...>
<No es por mí…>
<es por mis hijos>
-les dije-.
“Te lo dijimos”…
Recuerda…
Y no nos escuchaste.
<Déjanos a Don Juan>
-“él es de los nuestros”-,
y llévate a los otros contigo
Ellos son de los extranjeros
que nos han conquistado
y tú…
¡vete con ellos!
¡Eres nuestra vergüenza!…
¡Nuestra desgracia!
Después…
Nada dijeron.
Me volvieron la espalda
y me fui con mis hijos
a ningún sitio.
Y el dolor de su llanto por un pan
me destrozaba el alma.
Esa noche callada
me perdí en el caudal de la laguna.
<Nos iremos muy juntos
como nacen y crecen
los granos del elote,
donde nadie nos mire diferente
y no se sienta el hambre en las entrañas>
Primero solté a Don Juan
“de apenas años”…
Vi como el agua fría
se tragaba su cuerpo
silenciando su llanto.
Después fue Doña Inés,
y luego fue Don Diego.
De mis manos sintieron el impulso
que los hundía en el agua
hasta alcanzar la muerte.
Me miraron callados
comprendiendo en su interno
que era
-la muerte-
el único camino
que no nos despreciaba.
¿Qué he hecho Luna Blanca?...
¿Qué he hecho Mujer que Duerme?...
¿Qué he hecho Guerrero que Humea?...
¡Señores del Mictlán… !
¡Este dolor me hiere…!
Es blanda en su destrozo
la hiriente hoja de obsidiana,
al dolor lacerante
que ha partido mi pecho….
¡¡¡ He matado a mis hijos !!!…
¡ Haaaay mis hiiiijoooos!...
¡Hay mis hijoooooossss!
¡Hay mis hiiiijooooos!
Regresé a Tenochtitlan
envuelta entre mis velos de fantasma.
No era yo.
No era mi cuerpo.
No era mi alma.
Era el despojo de una piel que se secaba,
liberada del hambre,
y de todo conflicto por la raza.
Deambulé por las calles
oculta entre las sombras,
que asqueadas...,
me evitaban.
¡Haaaaaay mis hiiiiijoooos!
¡Haaaaay mis hiiiiijooos!
¡HAAAY MIS HIIJOOOS!
Me esfumé con el hambre
hasta volverme mito.
Mi pueblo,
que es hábil en descubrir
todo tipo de misterio…,
pronto descubrió,
que ese ser que clamaba
en las noches de luna
era algo sobrenatural.
<< ¡Tonantzin Llora por su pueblo! >>
<< La Diosa Madre
mira “el dolor de los vencidos” >>
<< Siempre llora >>
Llora en noches de octubre,
cuando
desde la luna,
mira los despojos
de un pueblo sometido
y dividido en la piel…
y en el alma:
y que...
suplicante:
la llama
¡Haaay mis hiiiijoooos!
¡Haaaay mis hiiiijooos!
¡Haaay mis hiiiijoooos!
Luego vinieron los siglos…
y la sangre se fundió con tanta sangre
y el color de la piel se vistió de otros tantos colores
que
La Llorona
Se quedó escondida
en las páginas olvidadas
de las viejas leyendas
de nuestro frágil y doloroso pasado.
Reviviendo de cuando en cuando
como representación del teatro nacional
por el Día de Muertos.
Pero...
En estos tiempos de terror
el lacerante llanto
ya se escucha de nuevo
Se escucha por aquí
y por allá.
Sobre cuerpos sangrando por el suelo
degollados en forma desalmada.
Masacrados en escuelas.
Por mujeres violadas y olvidadas
entre los páramos solitarios
o en los sucios basureros,
sin que nadie haga nada
Queda…
un clamor sin silencio
que ha dejado de llorar por sus hijos a solas
y hoy
derrama sus lágrimas
en tantas casas
ante tantas tumbas
con rostro de mujer…
Sí…
El fantasma ha dejado su sitial de mito
y se pierde
en los rostros morenos.
Y parece…
que se han quedado vacías
las luces de sus ojos
para volverse llanto
por las calles
de lo que fue el gran pueblo del Anáhuac.
Lamentablemente...
Parece que el llanto
apenas empieza...
y se extiende…
¡¡¡ Haaay mis Hiiijooos !!!
Y llegaron…
Como estaba dispuesto, así llegaron.
Entre la mar
las casas que flotaban
con sus banderas blancas
y sus cuerpos extraños
se anunciaron…
Así llegaron…
Eran
mitad bestia
mitad hombre.
De sus manos brotaba el rayo:
era la muerte
era el trueno
eran los dioses que tanto tiempo
habíamos esperado.
Acá,
en el Anáhuac,
se juntaron los pueblos.
Les miraban el rostro
y escuchaban su lengua:
<extraña>
<misteriosa>
Esa mujer…
La Malinche,
nos dijo que el chaparro y feo
era Quetzalcoatl
que volvía
reclamando su reino.
Pero el hombre del rostro chueco
decía ser vasallo de otro rey muy poderoso.
Quetzalcoatl no es vasallo de ningún reino
Es el dios más poderoso
-pensaron los nuestros-.
Y así empezó la confusión.
Ahí lo vi
Era blanco como el sol
y en sus ojos azules
se extravió como en cielos
mi deslumbrada alma.
Luego supimos que no eran dioses
que eran hombres,
que sangraban y morían
y que más que a su dios crucificado
veneraban al oro
y morían
y mataban
por él.
Yo era una princesa
de la estirpe de los grandes de este reino.
Me ocultaban para que los bárbaros no me miraran,
para que no me hicieran concubina.
No hice caso
Me salí por las calzadas
para mirarlos ir sobre sus bestias
envueltos en sus trajes
color del espejo de agua
de los días nublados.
Él me miró
y yo lo vi;
me buscó
y me enamoré.
Dejé detrás mis credos.
Mis dioses.
Los brazos y besos de los míos.
Me tomó como esposa
y yo tomé sus aguas bautismales
y su pan
y su cruz.
Nos nacieron tres hijos
Don Diego
Doña Inés
Don Juan
Diego era como su padre
Blanco,
de hondos ojos azules
y cabellos rubios
como pelos de elote,
igual que Doña Inés.
Solo Don Juan era como yo:
Moreno
con los cabellos negros como el cielo en la noche
y sus ojos oscuros
como el Mictlán sagrado
donde esperan amantes nuestros dioses.
Éramos tan felices
que me olvidé de todo:
Los reclamos dolientes de mis padres
y el mirar despechado de mi pueblo
padeciendo el dolor de la conquista.
Sí,
así llegaron,
y un día…
así se fueron,
en sus casas de mar
a recibir honores
de los Señores Grandes
de la tierra lejana.
Él prometió volver:
Volveré
-dijo-
espera…,
cuida bien de mis hijos.
Yo volveré.
Mas los tiempos pasaron
y sus gentes cercanas
me volvieron la espalda.
El hambre se acercó a nuestros hijos
y rogué
imploré por algo de comida.
Mas nada conmovió
a sus gentes cercanas.
<Déjanos a Don Diego
y a Doña Inés>
-me dijeron-.
“Ellos son de los nuestros”
Llévate a Don Juan
que se vaya contigo,
ése es de los tuyos
y…, ¡largo de mi vista
india mugrosa!
Entonces…
Mis pasos se volvieron a los míos.
<Tenemos hambre...>
<No es por mí…>
<es por mis hijos>
-les dije-.
“Te lo dijimos”…
Recuerda…
Y no nos escuchaste.
<Déjanos a Don Juan>
-“él es de los nuestros”-,
y llévate a los otros contigo
Ellos son de los extranjeros
que nos han conquistado
y tú…
¡vete con ellos!
¡Eres nuestra vergüenza!…
¡Nuestra desgracia!
Después…
Nada dijeron.
Me volvieron la espalda
y me fui con mis hijos
a ningún sitio.
Y el dolor de su llanto por un pan
me destrozaba el alma.
Esa noche callada
me perdí en el caudal de la laguna.
<Nos iremos muy juntos
como nacen y crecen
los granos del elote,
donde nadie nos mire diferente
y no se sienta el hambre en las entrañas>
Primero solté a Don Juan
“de apenas años”…
Vi como el agua fría
se tragaba su cuerpo
silenciando su llanto.
Después fue Doña Inés,
y luego fue Don Diego.
De mis manos sintieron el impulso
que los hundía en el agua
hasta alcanzar la muerte.
Me miraron callados
comprendiendo en su interno
que era
-la muerte-
el único camino
que no nos despreciaba.
¿Qué he hecho Luna Blanca?...
¿Qué he hecho Mujer que Duerme?...
¿Qué he hecho Guerrero que Humea?...
¡Señores del Mictlán… !
¡Este dolor me hiere…!
Es blanda en su destrozo
la hiriente hoja de obsidiana,
al dolor lacerante
que ha partido mi pecho….
¡¡¡ He matado a mis hijos !!!…
¡ Haaaay mis hiiiijoooos!...
¡Hay mis hijoooooossss!
¡Hay mis hiiiijooooos!
Regresé a Tenochtitlan
envuelta entre mis velos de fantasma.
No era yo.
No era mi cuerpo.
No era mi alma.
Era el despojo de una piel que se secaba,
liberada del hambre,
y de todo conflicto por la raza.
Deambulé por las calles
oculta entre las sombras,
que asqueadas...,
me evitaban.
¡Haaaaaay mis hiiiiijoooos!
¡Haaaaay mis hiiiiijooos!
¡HAAAY MIS HIIJOOOS!
Me esfumé con el hambre
hasta volverme mito.
Mi pueblo,
que es hábil en descubrir
todo tipo de misterio…,
pronto descubrió,
que ese ser que clamaba
en las noches de luna
era algo sobrenatural.
<< ¡Tonantzin Llora por su pueblo! >>
<< La Diosa Madre
mira “el dolor de los vencidos” >>
<< Siempre llora >>
Llora en noches de octubre,
cuando
desde la luna,
mira los despojos
de un pueblo sometido
y dividido en la piel…
y en el alma:
y que...
suplicante:
la llama
¡Haaay mis hiiiijoooos!
¡Haaaay mis hiiiijooos!
¡Haaay mis hiiiijoooos!
Luego vinieron los siglos…
y la sangre se fundió con tanta sangre
y el color de la piel se vistió de otros tantos colores
que
La Llorona
Se quedó escondida
en las páginas olvidadas
de las viejas leyendas
de nuestro frágil y doloroso pasado.
Reviviendo de cuando en cuando
como representación del teatro nacional
por el Día de Muertos.
Pero...
En estos tiempos de terror
el lacerante llanto
ya se escucha de nuevo
Se escucha por aquí
y por allá.
Sobre cuerpos sangrando por el suelo
degollados en forma desalmada.
Masacrados en escuelas.
Por mujeres violadas y olvidadas
entre los páramos solitarios
o en los sucios basureros,
sin que nadie haga nada
Queda…
un clamor sin silencio
que ha dejado de llorar por sus hijos a solas
y hoy
derrama sus lágrimas
en tantas casas
ante tantas tumbas
con rostro de mujer…
Sí…
El fantasma ha dejado su sitial de mito
y se pierde
en los rostros morenos.
Y parece…
que se han quedado vacías
las luces de sus ojos
para volverse llanto
por las calles
de lo que fue el gran pueblo del Anáhuac.
Lamentablemente...
Parece que el llanto
apenas empieza...
y se extiende…
¡¡¡ Haaay mis Hiiijooos !!!
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