LA MAGIA DEL RELOJ CON LAS MANECILLAS LUMINISCENTES
Desde algún lugar del tiempo
-ese misterio que como una nube espesa,
bruma del sueño, me ha surgido-
las noches tratan de prolongar mis días
absurdos y vacíos en su inmensa mayoría.
Y (el médico dice que es la próstata,
al fin y al cabo ya estoy en edad de ello)
me despierto muchas veces y miro desconcertado
la hora que entre tictacs el reloj proclama.
Antes -cuando el tiempo aún no me era un misterio-
mi reloj era redondo, panzudo, confiado
y sus manecillas y sus números luminiscentes.
Siempre tenía la respuesta exacta y rigurosa,
clara en su lectura e interpretación.
Era el reloj de siempre, el que tuvieron mis padres
sobre la mesilla de noche.
No importaba que fragmentase su tiempo en exigencias
y que hubiese que darle cuerda con su mariposita metálica.
Son tan hermosas y placenteras las rutinas...
Junto a él -amantes inseparables en las noches-
la botella de agua limpia,
una pequeña redoma de vidrio transparente
y un vasito de tosco cristal barato,
ambos cubiertos por una delicada pañoleta
que una vez compré en Venecia.
El tiempo nocturno era igual de insípido que el diurno,
ausente, además, de la claridad que da la vida a las formas.
Pero un pequeño milagro entonces acontecía.
Como talladas en la sustancia oscura de la noche
las formas aparecían, con sus infinitos matices de negrura
y yo jugaba con ellas.
Miraba mi reloj sobre la mesilla de noche
y leía, clara y distintamente: las tres y cuarto.
Era ya la segunda vez que me despertaba
con la urgencia de la micción.
Y las formas danzaban conmigo sobre el plano invertido
del techo del dormitorio.
Yo volaba a veces -viaje astral creo que se llama-
y me reía de aquel cuerpo obeso, como una blanda medusa,
que yacía sobre mi cama.
Me unía a las oscuras formas y bailábamos en silencio
-sólo el tictac pausado y tímido del reloj
sobre la mesilla de noche nos acompañaba-
Solían ser, en el exterior, noches de claro plenilunio
noches en las que la luna, espléndida en su desnudez
bebía a tragos acuchillados la superficie del mar.
Aunque nunca salimos al frescor de la noche
las sombras y yo.
Mecidos por el monótono tictac, tímido y pausado
del reloj sobre la mesilla de noche,
mis sombras y yo hacíamos de la noche día.
Y el blanquinoso reflejo de la luna sobre el mar
incrustaba nácares y luciérnagas
en mis espectros nocturnos,
que aguardaban plácidos la muerte cotidiana
del amanecer.
Ahora, como anuncio de eternas rigideces,
mi nocturno reloj es cuadrilongo,
poliédricamente regular.
Silencioso en el anuncio de las horas,
números que canta con luz de leds,
frío que ahuyenta a mis queridas sombras.
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