La muerte del sapo

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Era yo muy niño
cuando un día de otoño
murió el hombre sapo,
un batracio con cara de raposa;
no era un sapo corriente
sino un animal muy respetado
y condecorado con un sin fin de medallas
que tapaban su pecho militar.
El negro se adueñó del pantano
cenagoso donde vivía
y todos los habitantes del bosque vecino
lloraron su muerte para siempre
por obra y gracia de los años;
lo hacían los lobos y las ratas
y las hienas sentían
un insoportable dolor en los ojos.
Solo los corderos se regocijaron
en sus míseros corrales de tierra
y lo festejaron en silencio
pues estaba prohibida la alegría.
Y un mono lloró
lágrimas de sangre
mientras anunciaba
la desgracia acaecida:
Amigos, nuestro amado sapo ha muerto,
¿quién guiará ahora nuestro destino?
Lo enterraron al lado
de otro gran sapo
de parecidas costumbres
mientras pisó la tierra.
Allí descansa quizás soñando
con muertos y torturas.

Eladio Parreño Elías

18-Julio-1989




Ayyyy amigo Eladio, ¡qué buena sopa se tragó la tierra! jajaja. Tu poema es divertido, original y profundo, podemos sacar una buena enseñanza de él, no dejarnos impresionar por las medallas, las apariencias que deforman la realidad, pensar y reflexionar antes de otorgar medallas a sanguinarios . Me ha encantado leerte, mi querido Eladio. Besazos, estrellas y repu merecida, a ver si puede ser.
 
Por desgracia este tipo de batracios se multiplican con rapidez.
Una nueva muestra de tu genialidad y tu personalidad.
Gracias por compartir tu gran talento Eladio.
Un abrazo.
 
Última edición por un moderador:
Que descanse en paz, por decir algo. Pues ahora mismo con la movida que hay por aquì, muchos sapos le están secundando, salen sapos y culebras por todas partes. Habrá que hacer como cuando éramos pequeños, bueno eso yo nunca lo hice, pero mis amigos brutos sí, que le metían cigarros en la boca, y ya sabes qué pasaba después PLOF, o algo así hacían, yo no miraba para algunas cosas, que de niña era nuy delicada, más me hubiera valido mirar con lo tuve que ver después, de niña, de no tan niña y de mujer. hubiera estado más preparada, Abrazos Eladio.
 
Última edición:
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Era yo muy niño
cuando un día de otoño
murió el hombre sapo,
un batracio con cara de raposa;
no era un sapo corriente
sino un animal muy respetado
y condecorado con un sin fin de medallas
que tapaban su pecho militar.
El negro se adueñó del pantano
cenagoso donde vivía
y todos los habitantes del bosque vecino
lloraron su muerte para siempre
por obra y gracia de los años;
lo hacían los lobos y las ratas
y las hienas sentían
un insoportable dolor en los ojos.
Solo los corderos se regocijaron
en sus míseros corrales de tierra
y lo festejaron en silencio
pues estaba prohibida la alegría.
Y un mono lloró
lágrimas de sangre
mientras anunciaba
la desgracia acaecida:
Amigos, nuestro amado sapo ha muerto,
¿quién guiará ahora nuestro destino?
Lo enterraron al lado
de otro gran sapo
de parecidas costumbres
mientras pisó la tierra.
Allí descansa quizás soñando
con muertos y torturas.

Eladio Parreño Elías

18-Julio-1989





Excelente poesía, Dulcinista
realmente nos transportas a ese lugar en donde el señor sapo
muere y donde acuden los animales. Me ha parecido genial
aquello de que las hienas tienen dolor de ojos y los corderos
se regocijan, así nos hacemos a la idea de qué tipo de personaje era.
Mis felicitaciones, estrellas y un abrazo.
Ana
 
Imposible mejor descripción para el Gral Franco que esta que usted ha hecho Eladio, ¡en serio tenía cara de sapo!Felicitaciones, reputación y saludos poeta
 
Es una joyita este trabajo que nos compartes. Muy fluido y con excelente contenido. Es un placer leerte siempre, amigo dulcinista. Mi abrazo con estrellas.
 

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