La noche cae en ti
y soy testigo.
Le pena se va,
apareciendo aquello que no sucedió
en la hora clara.
No veo tersas tus palabras,
tan sólo el seno libre
y la cortina virgen tapando
la luz del planeta.
Y el abrazo surge
cual deseo de no pasar
sin el calor.
Por cuanto tu piel
y
mi piel son hojas vestidas de púrpura. Estamos
y te dejas,
así acontece. Se
consagra la marcha de nosotros dos,
los únicos seres holgados en una reunión natural.
Madera y barro,
juntos,
íntimos;
corriendo sin la culpa
de alguna caída o absurdo. Pues digo y has querido
ligarte a mis palabras
y a la situación específica.
Ahora los dos –más notables–,
Pasamos otras cumbres,
saltamos nuevas líneas,
tendimos nuestras faltas
y las olvidamos.