José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mis ojos viven en la sombra
ahuyentando la dulzura del día,
soy una risa fantasmal
sembrando de inquietud tu amabilidad,
una quimera riendo de tu sensibilidad.
Soy niebla cubriendo el cuello
de los alcornoques, en la noche
callada, esperando ser manto
de los pájaros que dormitan
en la delicia de tu alma.
En mí, vive la escarcha, corona
de diamantes brillantes,
como brillo, yo, en la oscuridad,
de un alma encantada.
Soy grillo, cantando a las soledades,
un barco a la deriva,
en el umbral de mi agonía,
cuando se despierta el día.
Los muertos en su cama de siglos
gimen de rabia cuando me ven radiante
en la algidez de la noche;
en un jardín oscuro, en un barrio triste,
donde nunca llega la luz encendida.
El crucifijo, encima de tu cama.
alabando mi intimidad
se convierte en diadema de plata;
un milagro en la noche
sobre el edredón de tu cama.
Ser tu cuerpo, una melodía
con rojas, negras y corcheas,
con do, re, mi
en un atril sin partitura
vacío, lleno de velas apagadas.
Vuelo por valles mudos,
grietas enloquecidas,
caballos desbocados,
aludes que quitan vidas.
Veo, mi desnudez,
en una lluvia pasional,
con muñecos de nieve
incrustados en tu alma
en un altar perenne
de una iglesia románica.
Soy penumbra en tus labios, en tu cara,
incluso en el tejado de tu alma;
mi amor te taladra las entrañas,
te come la risa, te lleva al arroyo
donde nace el sol y tu memoria
conmemora, la luz de la esperanza.