pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
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La princesa de la puerta
Sus goznes, rehenes
del óxido arrebujado
me trasladan a corazón abierto
el retemblar del viejo patio
que en la medianoche es hermano,
cuando viajan las estelas baldías
y yermas de mis ojos sosegados
desde sus riscos y lomas
a mis quebradas y escarpados
como araña hilada
a un badajo sonámbulo.
De la nostalgia presiento el regreso
con su agreste fusta ágil contra los labios,
y bajo el polvo adusta se adormece
la cara alunada de los guijarros,
y de los pájaros sus fantasmas enmudece
el son de una nana de palabras al aire
recitada a capella por un orfeón de grajos,
y la pátina de mil tardes resplandece
sobre la osamenta de un adiós que yace
y sordomudo no siente el tacto de mi mundo
que lo abrazará palpitando por siempre,
desafiando el tiempo enemigo
brindo con tu saliva y la mía, mendigos
por lo eterno de los días y fastos.

Parálisis en mis cabellos y manos
ansiando la turgidez de esa palabra
oreada desde el ósculo varado
entre nuestros labios apretados
por el tiempo con su rígida malla,
y de la liana del árbol de los recuerdos
tensos se descuelgan mis pies al cabo,
reflejándolos la fúnebre luna partida
para un ágape de dos comensales sin vida
a que sólo asisten el abismo y sus ángeles
y migajas salpresadas de mi pluma y alma,
serpientes de anteojos celando los cadáveres
de este poema por entre el quicio de la entrada.
Y el dintel barítono reverbera bisílabos
los ecos de tu última palabra
desde un ayer sin pisadas ni rastros
por donde los enanitos de nuestra fábula
siguen regresando sin vigilar su espalda
y la audacia de la noche los guarda extraños
desclavando las raíces y el tronco a dentelladas
de un sol sin pétalos, ni primaveras, ni cara
germinado por el azar de un viento caprichoso
que lo atrajo a mi jardín solariego tal día dichoso,
y por años piden auxilio sus muñecas ahogadas
en la charca de las esperanzas, lodo y fango.

Y una litera ajardinada se molesta
de las zarzas que osan besarla
como las ortigas frescas de la tierra
brioso masaje de la mañana en mi garganta,
leña mojada y una mustia amapola
reñida con la muerte deja su aureola
para mi diva eterna, su alfombra roja.
Tras la puerta que espera tu regreso,
se asfixia dentro el quejido suspenso
del príncipe de madera visto desde unos versos
y un par de zapatos salpicados por los suelos.
Adiós... tu palabra.
Y nunca más
he vuelto a cerrar
aquella puerta,
Princesa,
que dejaste abierta
al salir por ella.


La princesa de la puerta
Sus goznes, rehenes
del óxido arrebujado
me trasladan a corazón abierto
el retemblar del viejo patio
que en la medianoche es hermano,
cuando viajan las estelas baldías
y yermas de mis ojos sosegados
desde sus riscos y lomas
a mis quebradas y escarpados
como araña hilada
a un badajo sonámbulo.
De la nostalgia presiento el regreso
con su agreste fusta ágil contra los labios,
y bajo el polvo adusta se adormece
la cara alunada de los guijarros,
y de los pájaros sus fantasmas enmudece
el son de una nana de palabras al aire
recitada a capella por un orfeón de grajos,
y la pátina de mil tardes resplandece
sobre la osamenta de un adiós que yace
y sordomudo no siente el tacto de mi mundo
que lo abrazará palpitando por siempre,
desafiando el tiempo enemigo
brindo con tu saliva y la mía, mendigos
por lo eterno de los días y fastos.

Parálisis en mis cabellos y manos
ansiando la turgidez de esa palabra
oreada desde el ósculo varado
entre nuestros labios apretados
por el tiempo con su rígida malla,
y de la liana del árbol de los recuerdos
tensos se descuelgan mis pies al cabo,
reflejándolos la fúnebre luna partida
para un ágape de dos comensales sin vida
a que sólo asisten el abismo y sus ángeles
y migajas salpresadas de mi pluma y alma,
serpientes de anteojos celando los cadáveres
de este poema por entre el quicio de la entrada.
Y el dintel barítono reverbera bisílabos
los ecos de tu última palabra
desde un ayer sin pisadas ni rastros
por donde los enanitos de nuestra fábula
siguen regresando sin vigilar su espalda
y la audacia de la noche los guarda extraños
desclavando las raíces y el tronco a dentelladas
de un sol sin pétalos, ni primaveras, ni cara
germinado por el azar de un viento caprichoso
que lo atrajo a mi jardín solariego tal día dichoso,
y por años piden auxilio sus muñecas ahogadas
en la charca de las esperanzas, lodo y fango.

Y una litera ajardinada se molesta
de las zarzas que osan besarla
como las ortigas frescas de la tierra
brioso masaje de la mañana en mi garganta,
leña mojada y una mustia amapola
reñida con la muerte deja su aureola
para mi diva eterna, su alfombra roja.
Tras la puerta que espera tu regreso,
se asfixia dentro el quejido suspenso
del príncipe de madera visto desde unos versos
y un par de zapatos salpicados por los suelos.
Adiós... tu palabra.
Y nunca más
he vuelto a cerrar
aquella puerta,
Princesa,
que dejaste abierta
al salir por ella.


Serpiente de anteojos -> Cobra india, especie venenosa de ofidio
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