Permítanme contarles una historia de mi niñez: Situémonos en el tiempo, era la época en que tener un televisor de blanco y negro marcaba la diferencia económica en el barrio, yo, junto con otros niños veíamos la tele apilados en una banca de madera, pagando diez centavos, absortos veíamos películas mudas Los hermanos Marx El gordo y el Flaco al genial Chaplin, caricaturas con fondo musical de música clásica.
Sin embargo esperábamos fervientemente el sábado y domingo, día en que mi tía Luisa vendía por la tarde tamales en el amplio patio de su casa, rodeado de hermosas plantas, arboles de granada, y chabacanos, disponía de su tamalera, un bonito anafre y colocaba bancas de madera y sillas a su alrededor, las cuales gradualmente se desbordaban de niños.
En ese escenario daban comienzo las tardes más maravillosas, en las que la Tía hacia las delicias de todos, contándonos cuentos como: Ricitos de oro y los tres ositos, La caperucita roja, El patito feo, El flautista de Hamelin, El gigante egoísta, adivinanzas, versos y trabalenguas. Organizaba juegos como bote, Las estatuas de marfil o avión y cantábamos con ella.
Ella sin darse cuenta era nuestra primera maestra jardinera, nosotros sin saberlo, asimilábamos como semillas que germinan en una tierra rica de ternura y de afanes, en ese nuestro mundo, volábamos inmersos en ese cielo inmenso tejido de sueños infantiles.
Más adelante comprendí, que mi Tía, no tenía la necesidad de vender sus ricos tamales, su necesidad era de otra índole. Ante el gran dolor de perder a su hijo recién nacido, eligió decantar esta gran pena y vaciar a cantaros ese amor contenido, en cada uno de nosotros.
La Tía Luisa nos heredo un legado de amor y de ternura, personalmente marco mi inclinación por el altruismo la lectura y la poesía.
Creo fervientemente que además de átomos y de moléculas, los seres humanos principalmente estamos hechos de historias.
Seamos cada uno de nosotros, protagonistas de historias bellas, dejemos huella y legado con todos los que nos rodean.
Sin embargo esperábamos fervientemente el sábado y domingo, día en que mi tía Luisa vendía por la tarde tamales en el amplio patio de su casa, rodeado de hermosas plantas, arboles de granada, y chabacanos, disponía de su tamalera, un bonito anafre y colocaba bancas de madera y sillas a su alrededor, las cuales gradualmente se desbordaban de niños.
En ese escenario daban comienzo las tardes más maravillosas, en las que la Tía hacia las delicias de todos, contándonos cuentos como: Ricitos de oro y los tres ositos, La caperucita roja, El patito feo, El flautista de Hamelin, El gigante egoísta, adivinanzas, versos y trabalenguas. Organizaba juegos como bote, Las estatuas de marfil o avión y cantábamos con ella.
Ella sin darse cuenta era nuestra primera maestra jardinera, nosotros sin saberlo, asimilábamos como semillas que germinan en una tierra rica de ternura y de afanes, en ese nuestro mundo, volábamos inmersos en ese cielo inmenso tejido de sueños infantiles.
Más adelante comprendí, que mi Tía, no tenía la necesidad de vender sus ricos tamales, su necesidad era de otra índole. Ante el gran dolor de perder a su hijo recién nacido, eligió decantar esta gran pena y vaciar a cantaros ese amor contenido, en cada uno de nosotros.
La Tía Luisa nos heredo un legado de amor y de ternura, personalmente marco mi inclinación por el altruismo la lectura y la poesía.
Creo fervientemente que además de átomos y de moléculas, los seres humanos principalmente estamos hechos de historias.
Seamos cada uno de nosotros, protagonistas de historias bellas, dejemos huella y legado con todos los que nos rodean.