Ya no estoy en la raíz del espejo,
paradas del instante a contraluz,
el amarillo de las velas desvaídas,
un rostro de incendios y nieve.
El que me mira es un haz de sol,
una máscara que ejecuta el paso del camuflaje
mientras acude el vacío a su hospicio de níquel y plata.
Se enfrenta el hoy del azogue a una imagen de infancia,
el niño que huye de sí
al ver la amenaza del ser
que no quiere ser.
Otros muchos que he sido
vomitan su piel en las esquirlas del cristal
y los reflejos diurnos.
Ahora la vejez escribe en el mercurio
la historia de una derrota anunciada;
pero no me alejo de mí,
me acostumbro a la luna insufrible de la verdad,
la que pasa como un fulgor y me invita al futuro,
a la noche, al éxtasis,
al recuerdo de la última vez en que desnudos
nos contemplamos.
paradas del instante a contraluz,
el amarillo de las velas desvaídas,
un rostro de incendios y nieve.
El que me mira es un haz de sol,
una máscara que ejecuta el paso del camuflaje
mientras acude el vacío a su hospicio de níquel y plata.
Se enfrenta el hoy del azogue a una imagen de infancia,
el niño que huye de sí
al ver la amenaza del ser
que no quiere ser.
Otros muchos que he sido
vomitan su piel en las esquirlas del cristal
y los reflejos diurnos.
Ahora la vejez escribe en el mercurio
la historia de una derrota anunciada;
pero no me alejo de mí,
me acostumbro a la luna insufrible de la verdad,
la que pasa como un fulgor y me invita al futuro,
a la noche, al éxtasis,
al recuerdo de la última vez en que desnudos
nos contemplamos.
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