La última huella

Melquiades San Juan

Poeta veterano en MP
Los dedos de Zenaida lucen desnudos. Son huesos envejecidos deteriorándose en la tierra. La calavera desprendida del tronco, y el resto de los huesos del cuerpo desperdigados en ese lecho sin cajón donde yace difunta luego de 50 años.
Quien observa la tierra se equivoca, desmembrada por el tiempo, sale a bailar en las noches de luna. Baila y canta. Entre sus labios morados se asoma la lengua negra jugueteando con ese diente flojo que bailotea a cada movimiento que se convierte en voz. Muerte, quién dijo muerte. Aquí los paisanos no estamos en reposo, es más grande nuestro mundo que en de los que retozan por el flujo de sangre. Muertos, quién dijo muertos. Aquí vivimos sin secretos, todas nuestras cosas ya se han revelado de tanto platicar y platicar siempre lo mismo. Muertos, quién dijo muertos, quién sabe qué es y en dónde está la muerte, dónde empieza la muerte si ni se siente cuando mueres, nadie se entera nunca que está muerto.

Los dedos de Zenaida lucen desnudos, sus caricias hieren la carne cuando viene a saludarme entre los sueños.

« Siempre cuentas lo mismo Zenaida, no has aprendido cosas nuevas, me sé todos tus cuentos, es cierto, nadie siente el momento en que está muerto, nadie se sabe muerto, pero se pueden ver las huellas del ocaso cuando siempre cuentas las mismas cosas, como si nunca las hubieran escuchado. »

Un día voy a sacar tus huesos de la tierra, y en una noche de invierno despejada y estrellada voy a subir al monte para que se los lleve el viento hacia los cielos. Fósforo. Polvo buscando polvo.
Cómo nos deshacemos en el tiempo. Primero la carne, luego los huesos, y por último nos marchamos cuando no quede ya una sola memoria.
Sé paciente vieja, ya voy, quedan breves instantes para tu libertad.
 
Los dedos de Zenaida lucen desnudos. Son huesos envejecidos deteriorándose en la tierra. La calavera desprendida del tronco, y el resto de los huesos del cuerpo desperdigados en ese lecho sin cajón donde yace difunta luego de 50 años.
Quien observa la tierra se equivoca, desmembrada por el tiempo, sale a bailar en las noches de luna. Baila y canta. Entre sus labios morados se asoma la lengua negra jugueteando con ese diente flojo que bailotea a cada movimiento que se convierte en voz. Muerte, quién dijo muerte. Aquí los paisanos no estamos en reposo, es más grande nuestro mundo que en de los que retozan por el flujo de sangre. Muertos, quién dijo muertos. Aquí vivimos sin secretos, todas nuestras cosas ya se han revelado de tanto platicar y platicar siempre lo mismo. Muertos, quién dijo muertos, quién sabe qué es y en dónde está la muerte, dónde empieza la muerte si ni se siente cuando mueres, nadie se entera nunca que está muerto.

Los dedos de Zenaida lucen desnudos, sus caricias hieren la carne cuando viene a saludarme entre los sueños.

« Siempre cuentas lo mismo Zenaida, no has aprendido cosas nuevas, me sé todos tus cuentos, es cierto, nadie siente el momento en que está muerto, nadie se sabe muerto, pero se pueden ver las huellas del ocaso cuando siempre cuentas las mismas cosas, como si nunca las hubieran escuchado. »

Un día voy a sacar tus huesos de la tierra, y en una noche de invierno despejada y estrellada voy a subir al monte para que se los lleve el viento hacia los cielos. Fósforo. Polvo buscando polvo.
Cómo nos deshacemos en el tiempo. Primero la carne, luego los huesos, y por último nos marchamos cuando no quede ya una sola memoria.
Sé paciente vieja, ya voy, quedan breves instantes para tu libertad.


Cómo me gusta la voz del agua, ese sonido que se filtra entre manos y huesos hallando resquicios adormilados en mis ganas de imaginar. Zenaida me despierta a bocajarro tras 50 años sin cajón, y me hace bailar con sus labios morados y esas huellas inconfundibles que reavivan los recuerdos no existidos, o si...
 

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