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Las ausencias de Maybelline y los tonos dorados del 45.

Anne_

I killed Bukowski.
Abrí la puerta de la habitación, y la habitación era negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas,
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Erizada y petrificada, rompí en un grito infernal
y despavorida cerré la puerta y salí corriendo,
tropezaba por los pasillos destilando hedor a pesadillas.
Bajé las escaleras y llamé al administrador del hotel,
y le dije:
-Pendejo, me has dado una habitación negra,
negra como la noche misma, y en ella,
hay una vieja de ojos blancos en una mecedora rodeada de velas.
Anonadado e incrédulo, me miró fijamente, así que le tomé del brazo
y lo arrastré conmigo hacía la habitación.
Se colocó detrás de mí, y yo giré la perilla de la puerta, y al abrirse,
ahí estaba la habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente,
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Giré sobre mis pieseses para ver el rostro del pendejo ese detrás de mí,
pero sólo hallé una habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita, vacía.
Caminé lentamente hacía ella, y con sosegada desconfianza, me senté,
y al levantar la mirada, ahí estaba la vieja,
con los brazos rugosos extendidos hacía mí.
Pero su sonrisa ahora, era tierna y cálida, entonces supe…
Entonces supe, que la vieja era yo.​
 
Última edición:
Abrí la puerta de la habitación, y la habitación era negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas,
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Erizada y petrificada, rompí en un grito infernal
y despavorida cerré la puerta y salí corriendo,
tropezaba por los pasillos destilando hedor a pesadillas.
Bajé las escaleras y llamé al administrador del hotel,
y le dije:
-Pendejo, me has dado una habitación negra,
negra como la noche misma, y en ella,
hay una vieja de ojos blancos en una mecedora rodeada de velas.
Anonadado e incrédulo, me miró fijamente, así que le tomé del brazo
y lo arrastré conmigo hacía la habitación.
Se colocó detrás de mí, y yo giré la perilla de la puerta, y al abrirse,
ahí estaba la habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente,
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Giré sobre mis pieseses para ver el rostro del pendejo ese detrás de mí,
pero sólo hallé una habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita, vacía.
Caminé lentamente hacía ella, y con sosegada desconfianza, me senté,
y al levantar la mirada, ahí estaba la vieja,
con los brazos rugosos extendidos hacía mí.
Pero su sonrisa ahora, era tierna y cálida, entonces supe…
Entonces supe, que la vieja era yo.​
INTENSA, LA REALIDAD NO ES TAN INTENSA. FELIZ DIA. DESIRE SOLE
 
Abrí la puerta de la habitación, y la habitación era negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas,
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Erizada y petrificada, rompí en un grito infernal
y despavorida cerré la puerta y salí corriendo,
tropezaba por los pasillos destilando hedor a pesadillas.
Bajé las escaleras y llamé al administrador del hotel,
y le dije:
-Pendejo, me has dado una habitación negra,
negra como la noche misma, y en ella,
hay una vieja de ojos blancos en una mecedora rodeada de velas.
Anonadado e incrédulo, me miró fijamente, así que le tomé del brazo
y lo arrastré conmigo hacía la habitación.
Se colocó detrás de mí, y yo giré la perilla de la puerta, y al abrirse,
ahí estaba la habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente,
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Giré sobre mis pieseses para ver el rostro del pendejo ese detrás de mí,
pero sólo hallé una habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita, vacía.
Caminé lentamente hacía ella, y con sosegada desconfianza, me senté,
y al levantar la mirada, ahí estaba la vieja,
con los brazos rugosos extendidos hacía mí.
Pero su sonrisa ahora, era tierna y cálida, entonces supe…
Entonces supe, que la vieja era yo.​
Estaba como para alargarlo, repitiendo una y otra vez la escena. Bueno, no te dieron los pieseses. Aunque te disguste, a veces eres adorable. Saludos cordiales, Valerie.
 
Abrí la puerta de la habitación, y la habitación era negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas,
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Erizada y petrificada, rompí en un grito infernal
y despavorida cerré la puerta y salí corriendo,
tropezaba por los pasillos destilando hedor a pesadillas.
Bajé las escaleras y llamé al administrador del hotel,
y le dije:
-Pendejo, me has dado una habitación negra,
negra como la noche misma, y en ella,
hay una vieja de ojos blancos en una mecedora rodeada de velas.
Anonadado e incrédulo, me miró fijamente, así que le tomé del brazo
y lo arrastré conmigo hacía la habitación.
Se colocó detrás de mí, y yo giré la perilla de la puerta, y al abrirse,
ahí estaba la habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente,
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Giré sobre mis pieseses para ver el rostro del pendejo ese detrás de mí,
pero sólo hallé una habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita, vacía.
Caminé lentamente hacía ella, y con sosegada desconfianza, me senté,
y al levantar la mirada, ahí estaba la vieja,
con los brazos rugosos extendidos hacía mí.
Pero su sonrisa ahora, era tierna y cálida, entonces supe…
Entonces supe, que la vieja era yo.​

Un bucle angustioso.

Excelente escrito, consigues cerrar el círculo entrando de lleno en el laberinto. Genial!!

Abrazossssss!!!
 
Abrí la puerta de la habitación, y la habitación era negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas,
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Erizada y petrificada, rompí en un grito infernal
y despavorida cerré la puerta y salí corriendo,
tropezaba por los pasillos destilando hedor a pesadillas.
Bajé las escaleras y llamé al administrador del hotel,
y le dije:
-Pendejo, me has dado una habitación negra,
negra como la noche misma, y en ella,
hay una vieja de ojos blancos en una mecedora rodeada de velas.
Anonadado e incrédulo, me miró fijamente, así que le tomé del brazo
y lo arrastré conmigo hacía la habitación.
Se colocó detrás de mí, y yo giré la perilla de la puerta, y al abrirse,
ahí estaba la habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita,
decrepita como la vieja que la ocupaba,
la ocupaba meciéndose lentamente,
con la cabeza hacía atrás y los ojos en blanco.
Aturdida de las sombras, producto de las velas
y esbozando una satánica sonrisa,
alzó los brazos rugosos
y con voz chillona y maloliente, me dijo:
-Ven aquí niña, te estaba esperando.
Giré sobre mis pieseses para ver el rostro del pendejo ese detrás de mí,
pero sólo hallé una habitación negra,
negra como la noche misma, y en el medio de ella,
seis velas blancas rodeando una silla mecedora decrepita, vacía.
Caminé lentamente hacía ella, y con sosegada desconfianza, me senté,
y al levantar la mirada, ahí estaba la vieja,
con los brazos rugosos extendidos hacía mí.
Pero su sonrisa ahora, era tierna y cálida, entonces supe…
Entonces supe, que la vieja era yo.​

Ufff. bueno, ahora ya me siento más tranquilo.
Dentro de muchos años sabré que detrás de ese revolver habrá una tierna y cálida sonrisa...
No pretendo halagarte, ni mucho menos, pero cada vez que te encuentro por aquí (tu escritos) -se que no hace falta que lo aclare, pero ya sabes, a veces hay "ropa tendida"- me reconforta el saber que no he perdido el tiempo.
Pum pum. José I.
 

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