Évano
Libre, sin dioses.
Queda lejos. Lejos no, no es la palabra. Alguien murió en la infancia y yo soy el que ha retenido en la memoria aquella infancia donde no existían las palabras. Los chaparros eran, existían, tenían vida y formaban parte de ti, como las piedras anchas de las murallas del castillo derruido, como el olivo inclinado por el viento en la cima de una de ellas, la del este; como las laderas cayendo hacia una aldea que no era más que un apeadero de tren en lo lo alto de los leves montes de Sierra Morena.
Aquel muerto era viento, era los toros tras los alambres de la finca de la marquesa de Campo Alto. Era el polvorín de la base militar de Cerro Muriano. Era los soldados de reemplazo en las garitas. Era los aullidos de los lobos y el ululo de la noche, la algarabía de los cien muchachos y la última fila de la clase donde se cursaban los ocho cursos de la E.G.B. de golpe. Era la hora del recreo y la mantequilla y la leche en polvo y los posos del café que le echaba al blanco de la leche para engañarla. Era los niños que le robaban el almuerzo, las hermanas llevándolo y trayéndolo en volandas al colegio. Era la abuela inmiscuida en las guerras que había pasado. Era el padre enfermo y el hermano atropellado por un coche enfrente del mugir de los toros. Era la mesa que sostuvo el cuerpo hasta la llegada de su madre una tarde calurosa de agosto. Era el silencio del brasero durante la tristeza posterior. Era los dedos fríos y la boca de vaho, el cuerpo y los huesos entumecidos al despertar de un invierno infinito. Era la alegría del primer día de sol. Era la viña colgando de la puerta de casa, sus uvas blancas. Era los horribles chillidos de la matanza, los hombres alzando y cortando el cuello del cerdo y la sangre que caía en el barreño. Era la copa de anís y los chorizos y la tripa lavada. Era las risas y tanto llanto. Era el botijo roto en la escalera del tren antes de partir de la aldea a Barcelona. Los pájaros cazados en los altos de los árboles. Era el camión de bomberos rojo que alargaba una escalera y la recogía como si de magia se tratase. Era el ganso que le picoteaba la cabeza y la zahúrda donde los hermanos lo metían para atemorizarlo. Era la hermana quemada en el brasero, el hermano con la coronilla pelada por otro hermano.
No habían palabras. Las cosas eran.
Ahora solo quedan palabras que no son capaces de nombrar aquello. Ahora el mundo se forma dentro de las cabezas para que luego ocurra. Como un intento de meter dentro nuestro a la vida, al mundo, al universo entero.
Aquel niño sabía que eso era imposible, que todo estaba fuera de nosotros y no había manera de modificar el paso y el destino, si quiera el de una piedra insignificante.
Ahora es una triste cena de Nochevieja donde cada cual intenta atar el futuro. Palabras.
La risa no tiene palabras. El amor no tiene palabras, ni el llanto, ni el dolor, ni el olor a hollín ni el frío ni el calor ni los chillidos del cerdo ni el vello de la piel erizada. Ni el brazo roto o el rostro quemado. La infinidad de actos concluyendo en cada segundo de cada ser u objeto de aquel entonces carecen de palabras. Tratar de explicarlo medio siglo más tarde es intentar resucitar aquella infancia metiéndose en una caverna de pinturas rupestres y creer que entiendes aquel momento. No, es imposible comprender los mundos en los que no hubieron palabras porque tú eras una pequeña parte de ese mundo que sucedía y te arrastraba junto a hojas, gritos, cánticos, lágrimas, castillos, laderas, colegio, toros, leche, pájaros, hermanos, abuela, padres. Una sinfonía donde cada ser tocaba en la orquesta según la vida ordenara u obligara.
Los pintores rupestres no escenificaban ciervos con palabras ni dibujos. Ellos eran los animales que pintaban.
Aquella infancia muerta no entiende esta mesa de Nochebuena, Navidad, esta mesa de Nochevieja. Los alimentos que hay en ella están tan muertos como aquella infancia. Pertenecen a ella. Son extraños, como las bebidas o los comensales. Como la madre misma. Son tan lejanos como la última cena de Jesucristo.
Solo han sobrevivido los millones de Judas. Las treinta monedas de plata se han multiplicado como panes y peces. Quizá sean estos los milagros que sabe realizar Satán.
Casi todas las infancias han muerto. La gente se ha separado de la vida, del mundo, del universo.
Alguna queda todavía. Algún sobrino autista que pinta como aquellos rupestres y que ve, habla y está vivo. Está dentro, sí. Está dentro.
Este mundo de palabras sí que se entiende. Comprendes que se quiera asegurar el porvenir. Comprendes el miedo, el mirar cada paso dado con lupa. Mas, creo exagerado las fuerzas volcadas a ello.
Escucho en la mesa las charlas mientras mi mente me forma la imagen de un planeta alocado girando sobre su eje y alrededor del sol y de la galaxia y volando hacia la nada a toda velocidad y no compaginan charlas y vida. No van unidas. Es como si la gente se creyera inmortal, que no quisiera afrentar la realidad.
Las infancias están muertas y ya no resucitan ni en la memoria. Ni en Navidad.
Aquel muerto era viento, era los toros tras los alambres de la finca de la marquesa de Campo Alto. Era el polvorín de la base militar de Cerro Muriano. Era los soldados de reemplazo en las garitas. Era los aullidos de los lobos y el ululo de la noche, la algarabía de los cien muchachos y la última fila de la clase donde se cursaban los ocho cursos de la E.G.B. de golpe. Era la hora del recreo y la mantequilla y la leche en polvo y los posos del café que le echaba al blanco de la leche para engañarla. Era los niños que le robaban el almuerzo, las hermanas llevándolo y trayéndolo en volandas al colegio. Era la abuela inmiscuida en las guerras que había pasado. Era el padre enfermo y el hermano atropellado por un coche enfrente del mugir de los toros. Era la mesa que sostuvo el cuerpo hasta la llegada de su madre una tarde calurosa de agosto. Era el silencio del brasero durante la tristeza posterior. Era los dedos fríos y la boca de vaho, el cuerpo y los huesos entumecidos al despertar de un invierno infinito. Era la alegría del primer día de sol. Era la viña colgando de la puerta de casa, sus uvas blancas. Era los horribles chillidos de la matanza, los hombres alzando y cortando el cuello del cerdo y la sangre que caía en el barreño. Era la copa de anís y los chorizos y la tripa lavada. Era las risas y tanto llanto. Era el botijo roto en la escalera del tren antes de partir de la aldea a Barcelona. Los pájaros cazados en los altos de los árboles. Era el camión de bomberos rojo que alargaba una escalera y la recogía como si de magia se tratase. Era el ganso que le picoteaba la cabeza y la zahúrda donde los hermanos lo metían para atemorizarlo. Era la hermana quemada en el brasero, el hermano con la coronilla pelada por otro hermano.
No habían palabras. Las cosas eran.
Ahora solo quedan palabras que no son capaces de nombrar aquello. Ahora el mundo se forma dentro de las cabezas para que luego ocurra. Como un intento de meter dentro nuestro a la vida, al mundo, al universo entero.
Aquel niño sabía que eso era imposible, que todo estaba fuera de nosotros y no había manera de modificar el paso y el destino, si quiera el de una piedra insignificante.
Ahora es una triste cena de Nochevieja donde cada cual intenta atar el futuro. Palabras.
La risa no tiene palabras. El amor no tiene palabras, ni el llanto, ni el dolor, ni el olor a hollín ni el frío ni el calor ni los chillidos del cerdo ni el vello de la piel erizada. Ni el brazo roto o el rostro quemado. La infinidad de actos concluyendo en cada segundo de cada ser u objeto de aquel entonces carecen de palabras. Tratar de explicarlo medio siglo más tarde es intentar resucitar aquella infancia metiéndose en una caverna de pinturas rupestres y creer que entiendes aquel momento. No, es imposible comprender los mundos en los que no hubieron palabras porque tú eras una pequeña parte de ese mundo que sucedía y te arrastraba junto a hojas, gritos, cánticos, lágrimas, castillos, laderas, colegio, toros, leche, pájaros, hermanos, abuela, padres. Una sinfonía donde cada ser tocaba en la orquesta según la vida ordenara u obligara.
Los pintores rupestres no escenificaban ciervos con palabras ni dibujos. Ellos eran los animales que pintaban.
Aquella infancia muerta no entiende esta mesa de Nochebuena, Navidad, esta mesa de Nochevieja. Los alimentos que hay en ella están tan muertos como aquella infancia. Pertenecen a ella. Son extraños, como las bebidas o los comensales. Como la madre misma. Son tan lejanos como la última cena de Jesucristo.
Solo han sobrevivido los millones de Judas. Las treinta monedas de plata se han multiplicado como panes y peces. Quizá sean estos los milagros que sabe realizar Satán.
Casi todas las infancias han muerto. La gente se ha separado de la vida, del mundo, del universo.
Alguna queda todavía. Algún sobrino autista que pinta como aquellos rupestres y que ve, habla y está vivo. Está dentro, sí. Está dentro.
Este mundo de palabras sí que se entiende. Comprendes que se quiera asegurar el porvenir. Comprendes el miedo, el mirar cada paso dado con lupa. Mas, creo exagerado las fuerzas volcadas a ello.
Escucho en la mesa las charlas mientras mi mente me forma la imagen de un planeta alocado girando sobre su eje y alrededor del sol y de la galaxia y volando hacia la nada a toda velocidad y no compaginan charlas y vida. No van unidas. Es como si la gente se creyera inmortal, que no quisiera afrentar la realidad.
Las infancias están muertas y ya no resucitan ni en la memoria. Ni en Navidad.