Es que, como una capa, los pesares nos van haciendo la piel de tortuga. Y a veces un nuevo hexágono que nace no es que no haga olvidar porque allí estuvieron nuestras mejores dichas, pero como Manuelita que fue por un tortugo pero volvió con el suyo, solemos darle nuevas oportunidades al atardecer que es cuando, un momento antes de la noche, el cielo se pone más rojo y hermoso. Yo, por ejemplo, ya sin el abrazo de mis hijos, que sin embargo están muy bien y eso me alegra, tuve unos enésimos amores platónicos, hice amigos en mi nueva carrera, la cual comencé a los 50, de modo que lo curioso es que tengo amigos que son más jóvenes que mis hijos.