Ricardo R. Ruiz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sordo dictador,
de látigo largo,
marcaba los pasos
de su corazón.
Cuatro veces diestro,
y cuatro al siniestro,
famélico el pecho
un hueco le abrió.
Para disfrazarle,
para más no verlo...
para no sufrir
lo que "Dios" le envió.
Ya no más salidas,
ya no más mujer.
todo desprograma,
la máquina cruel.
-No toques aquí!-
-No vayas a allá!-
-Mira que la muerte
te puede llevar!-
No más alegría,
ya no más dolor...
sólo vil encierro,
pánicos y llanto!
Ya no más canciones,
ni cuentos, ni amor...
Sólo ya su cárcel,
y su maldición.
Mi abuelo, demente,
mil años duró.
No sabia quien era,
ni quien era yo.
Y allí seguía el monstruo
oculto en la piel,
de látigo lungo,
muriendo también.
Flagelando su alma
de soles a sombras,
y a un corazón muerto
hace ya un milenio!
Horror de la ciencia a
mi viejo mató,
con el marcapasos
que le colocó...
de látigo largo,
marcaba los pasos
de su corazón.
Cuatro veces diestro,
y cuatro al siniestro,
famélico el pecho
un hueco le abrió.
Para disfrazarle,
para más no verlo...
para no sufrir
lo que "Dios" le envió.
Ya no más salidas,
ya no más mujer.
todo desprograma,
la máquina cruel.
-No toques aquí!-
-No vayas a allá!-
-Mira que la muerte
te puede llevar!-
No más alegría,
ya no más dolor...
sólo vil encierro,
pánicos y llanto!
Ya no más canciones,
ni cuentos, ni amor...
Sólo ya su cárcel,
y su maldición.
Mi abuelo, demente,
mil años duró.
No sabia quien era,
ni quien era yo.
Y allí seguía el monstruo
oculto en la piel,
de látigo lungo,
muriendo también.
Flagelando su alma
de soles a sombras,
y a un corazón muerto
hace ya un milenio!
Horror de la ciencia a
mi viejo mató,
con el marcapasos
que le colocó...