azulalfilrojo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me disculpen sus mercedes
si entro con mi pie menor,
que si me guardo el mayor
es por si alguno de ustedes
se olvida del buen humor.
Llegada a Tamboura
El ambiente es inquietante
y aunque puede parecer,
por el trasiego constante
de gente de buen beber,
que es lugar poco elegante,
fácil resulta saber
que ni un solo maleante
por aquí se dejar ver.
Por si acaso voy con tiento,
que aunque no sean gentuza
necesitan poco aliento
para tirar de herreruza.
¡Buena moza mesonera,
sirva su mejor brebaje
y una ración del potaje
que rezuma en la caldera.
Y de ninguna manera
escatime por barato,
que rebosen jarra y plato
a ver si por poca chicha
se me calienta la picha
y torcemos en el trato!
Entre tantos feligreses:
españoles, portugueses
y viajeros de ultramar,
seis espléndidas figuras
destacan por sus hechuras
y por su forma de estar.
¡Atiéndame maestresa!
¿Quién son esos elementos,
los de la última mesa?;
están demasiado atentos
y por ninguna sorpresa:
parecen lobos hambrientos
al acecho de una presa.
A la reina con respeto
que si le da un puntapié,
en el ojo que no ve,
ya no sale del aprieto.
Cuídese del cardenal,
si se tiene por cabal,
que con ese semental
el asunto no es banal.
Los que visten de adalides
son sobradamente diestros,
curtidos en duras lides
en que a menudo te mides
con renombrados maestros.
De la dama recatada
Mejor ni una carcajada,
que aunque parezca salada
va de buen acero armada
y a juzgar por su mirada
no es de fácil estocada.
Aquí tiene usted su cena,
coma tranquilo y sin prisa;
y sin montar una escena
que a una estampa de su guisa
sería toda una pena
que le echasen la cadena
o le cantaran la misa.
Qué mesón tan singular
qué se come de justicia,
el vino es una delicia
y se juntan a cenar
la corona del lugar,
la toga cardenalicia,
tres sables de la milicia
y un corsé de armas tomar.
A fe que vuelvo a venir
y sin tardar demasiado,
que aunque parezca salir
de un recuerdo del pasado:
al jolgorio asegurado
¿quién se puede resistir?