Gaita
Poeta recién llegado
Te recuerdo en blanco y negro, como un diario gastado.
Inquieto, camino sobre la multitud y el asfalto; calor en Buenos Aires.
Pensar en tu mirada me devuelve un dardo de filo y horror,
memorias de un infierno que supe soportar,
salté la barrera de Lucifer y todas sus rosas con espinas.
Nunca la vida me dio tanto como aquella mañana de 1997.
Pequeña querible, amor insospechado;
Mudo ante el encantamiento, fui presa en un mar bravío,
un mar donde los tiburones oscilaban entre crepúsculo y crepúsculo.
Te recuerdo en blanco y negro, como un cuadro de papel glasé.
Eres mi pasado, mi traje viejo, mi amor que no vuelve,
eso que no quiero volver a querer.
Eres la misa de diciembre, las campanadas en la noche, las gaviotas que emigran
y todo rock and roll que ya no es rock and roll.
Nunca supe de tus labios mas cuánto de tu mirada de doncella despechada.
No alcanza un perdón ni cuatro mil versos: eres memoria nula y cerrado corazón
porque más no sé qué hacer;
así, se me fue la vida que nunca se me fue, alguna vez.
Mataría por dejar mis huellas en la arena fría,
olvidar tu voz,
cegar para siempre tu mirada en mis ojos,
sacarte de mi sentimiento,
porque,
si bien no te amo, te odio con todo el amor del mundo,
aún, con el corazón hecho un caracol, con la memoria hecha una heladera.
Será que serás el fin de mis tiempos taciturnos, el final de la era endemoniada,
querida,
serás todo y nada, el bien y el mal, la memoria y el olvido, el caracol y las bocinas.
Lo mejor para ti, que has crecido con mi silencio cercano, con mi ruido bien lejos.
Buena suerte doncella. Hasta la eternidad… Te herí; ¡mátame, hasta que vuelva el sol!
Inquieto, camino sobre la multitud y el asfalto; calor en Buenos Aires.
Pensar en tu mirada me devuelve un dardo de filo y horror,
memorias de un infierno que supe soportar,
salté la barrera de Lucifer y todas sus rosas con espinas.
Nunca la vida me dio tanto como aquella mañana de 1997.
Pequeña querible, amor insospechado;
Mudo ante el encantamiento, fui presa en un mar bravío,
un mar donde los tiburones oscilaban entre crepúsculo y crepúsculo.
Te recuerdo en blanco y negro, como un cuadro de papel glasé.
Eres mi pasado, mi traje viejo, mi amor que no vuelve,
eso que no quiero volver a querer.
Eres la misa de diciembre, las campanadas en la noche, las gaviotas que emigran
y todo rock and roll que ya no es rock and roll.
Nunca supe de tus labios mas cuánto de tu mirada de doncella despechada.
No alcanza un perdón ni cuatro mil versos: eres memoria nula y cerrado corazón
porque más no sé qué hacer;
así, se me fue la vida que nunca se me fue, alguna vez.
Mataría por dejar mis huellas en la arena fría,
olvidar tu voz,
cegar para siempre tu mirada en mis ojos,
sacarte de mi sentimiento,
porque,
si bien no te amo, te odio con todo el amor del mundo,
aún, con el corazón hecho un caracol, con la memoria hecha una heladera.
Será que serás el fin de mis tiempos taciturnos, el final de la era endemoniada,
querida,
serás todo y nada, el bien y el mal, la memoria y el olvido, el caracol y las bocinas.
Lo mejor para ti, que has crecido con mi silencio cercano, con mi ruido bien lejos.
Buena suerte doncella. Hasta la eternidad… Te herí; ¡mátame, hasta que vuelva el sol!
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