manumalversación
Poeta fiel al portal
Una noche, volviendo a mi casa, cerca de malasaña, encontré a mi hígado sobre el capó de un coche envuelto en un espeso líquido verdoso. Seguí caminando como si no hubiera visto nada, suponiendo que sólo había imaginado el suceso, pero ya en Chamberí, a mitad de la calle luchana, en la plaza de las palomas, ya vacía, vi una masa roja latente sobre uno de sus bancos. Era mi corazón vivo, lleno de picotazos. Apresuré el paso para llegar pronto porque me moría de miedo.
Cuando ya divisiba la última calle, la mía, a 100 metros, no pude resistirme a correr. Entonces fue cuando resbalé por un pequeño charco pegajoso con innumerables venas. Me quedé en blanco, como flotando en un vacío, ignorando que ese pequeño charco en el que había caído, había sido mi cerebro.
Cuando pude reaccionar lo agarré, lo recompuse, lo limpié y lo coloqué dentro de mi cabeza. Di media vuelta y tranquilamente llegué hasta la plaza de las palomas. Tal como alcancé esa masa picoteada, me la metí con firmeza en el pecho, y regresé, sin dilación, por las inmediaciones del barrio de malasaña, para volver a retomar, esta vez entero, el camino de vuelta.
Cuando ya divisiba la última calle, la mía, a 100 metros, no pude resistirme a correr. Entonces fue cuando resbalé por un pequeño charco pegajoso con innumerables venas. Me quedé en blanco, como flotando en un vacío, ignorando que ese pequeño charco en el que había caído, había sido mi cerebro.
Cuando pude reaccionar lo agarré, lo recompuse, lo limpié y lo coloqué dentro de mi cabeza. Di media vuelta y tranquilamente llegué hasta la plaza de las palomas. Tal como alcancé esa masa picoteada, me la metí con firmeza en el pecho, y regresé, sin dilación, por las inmediaciones del barrio de malasaña, para volver a retomar, esta vez entero, el camino de vuelta.