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Poeta que considera el portal su segunda casa
Los árboles contemplan nuestra historia desde la mudez de sus troncos. Son sabios pensadores y fuente inagotable de energía. Ellos son muchas veces una referencia que une nuestro presente con nuestro pasado.
Entre arboledas nos criamos sanos y felices. La primera que recuerdo, la de mi primera infancia, allí en la calle Santiago, donde jugando, se nos pasaban las horas casi sin enterarnos. Tan solo nos dábamos cuenta que había que subir a casa cuando empezaban las madres a gritar por la ventana (todas lo hacían en aquel entrañable barrio): ¡Niños, a comer!
La segunda, la de mi adolescencia, en la plaza Urdanibia, emblemática plaza en la que alegres saltábamos detrás de la banda en las fiestas patronales. ¡Cuántos 1 de julio de feria de ganado! ¡Cuántos sábados de mercadillo! ¡Cuántos hermosos recuerdos quedan también de la calle San Marcial y también del hermoso castaño cuya transformación veíamos año tras año desde la ventana! Las castañas pilongas que recogíamos en el otoño. Su desnudez en el letargo del invierno. Su esplendor en primavera, revestido con aquella flores blancas que duraban hasta la fiesta principal, y vuelta a empezar año tras año.
Árboles que bordean las aceras, embelleciendo la ciudad y entregándonos toda su fortaleza y brío. Desde el chopo hasta el roble, pasando por acacia y el sauce. Todos son nobles y llenos de soledad, hermosura y sombra; como la hermosa palmera que adorna los jardines cercanos al ambulatorio. Parece como que desde su altura contemplara la ciudad ajena al tráfico y al ruido acústico que provoca. Un pulmón que respira en medio de esta calle céntrica de la ciudad, como queriendo transmitir parte de su vitalidad a todo aquel que la contempla con admiración, devolviendo sombra al que se acalora, energía al que se siente débil y optimismo al que siente tristeza.
Entre arboledas nos criamos sanos y felices. La primera que recuerdo, la de mi primera infancia, allí en la calle Santiago, donde jugando, se nos pasaban las horas casi sin enterarnos. Tan solo nos dábamos cuenta que había que subir a casa cuando empezaban las madres a gritar por la ventana (todas lo hacían en aquel entrañable barrio): ¡Niños, a comer!
La segunda, la de mi adolescencia, en la plaza Urdanibia, emblemática plaza en la que alegres saltábamos detrás de la banda en las fiestas patronales. ¡Cuántos 1 de julio de feria de ganado! ¡Cuántos sábados de mercadillo! ¡Cuántos hermosos recuerdos quedan también de la calle San Marcial y también del hermoso castaño cuya transformación veíamos año tras año desde la ventana! Las castañas pilongas que recogíamos en el otoño. Su desnudez en el letargo del invierno. Su esplendor en primavera, revestido con aquella flores blancas que duraban hasta la fiesta principal, y vuelta a empezar año tras año.
Árboles que bordean las aceras, embelleciendo la ciudad y entregándonos toda su fortaleza y brío. Desde el chopo hasta el roble, pasando por acacia y el sauce. Todos son nobles y llenos de soledad, hermosura y sombra; como la hermosa palmera que adorna los jardines cercanos al ambulatorio. Parece como que desde su altura contemplara la ciudad ajena al tráfico y al ruido acústico que provoca. Un pulmón que respira en medio de esta calle céntrica de la ciudad, como queriendo transmitir parte de su vitalidad a todo aquel que la contempla con admiración, devolviendo sombra al que se acalora, energía al que se siente débil y optimismo al que siente tristeza.