Love Craft
Poeta asiduo al portal
"Yo moriría por vos. Y vos, ¿vivirías por mi?"
Cornelia frente al espejo, Silvina Ocampo
Tuve varios problemas a la hora de imaginar el título. Pensaba bautizarlo ``La Danza de la Muerte ´´, por la simple conjetura de que todos los acertijos y el laberinto aguado a ciegos pasos de una fuente de deseos terminarían en derrame y en una muerte prematura.
Pero los ríos de tinta alcanzados en mi pluma entraron en tempestad y corrieron hacia un espejismo codicioso de realidad. Aunque lo recordado ya no adquiere notoriedad.
La producción del baile fue un entierro debajo de la cama. Su cuerpo se plagó de contusiones y marcas de mano asomaban en su abdomen y caderas, como un ramo de floridas amatistas. Los bailarines la tomaban, la arrastraban, la torturaban, exprimían de su carne la narcótica danza. Su silueta se descosía en frágil filigrana, los huesos y las arterias se evidenciaban bajo la nevada, mientras la débil flama interior no atisbaba a desnevar su lividez, mientras sus ojos violetas y desganados miraban fijamente hacia el picaporte durante los ensayos.
Todo se trataba de generar un leve estremecimiento en la atención de la concurrencia. Los movimientos eran al aire expuestos e imitaban el flébil suicidio de un ave al enterarse que su amada murió aferrada a las espinas, codiciando profanar los pétalos que el Amor materializan. Errátil e ilusorio, se arroja a los nevados cerros a desangrarse como mueren los astros en la colina:
Deseando el amante suicidarse, sigue con artificio
sosteniendo la Pasión cual céreo lirio porta
la lumbre su amorío y el fuego hambriento
devora la blanca pureza de virgen,
de cisne lanzando el hermoso canto, su bello suplicio,
el primer gemido o último aullido.
Sus saltos eran tan altos y sus sombras tan agigantadas, que parecían ser tragados por la boca del Erebo. En el momento de descender, su aspecto, distorsionado ante nuestra vista, producía imágenes que evocaban el hundimiento en el abismo.
El vestuario tétrico y negro, pero a la vez con un matiz cercano a los motivos del carnaval, ideaban una estética hipnótica e imaginativa, y nunca se apartaba la impresión de caer en el mundo de la Muerte y el Averno.
Caretas con expresiones de horror, calaveras, muñecas de trapo, lápidas, sepultureros, criaturas del submundo… eran todos cuadros que se desunían del suelo, entraban por nuestros ojos y poseían nuestro cerebro, como si las actuaciones actuaran a la par de demonios y se evaporara la inocencia en nubarrones de azufre, lloviendo la perversidad en globos de sangre.
Los pasos se percibían agotadores, pero lo difícil tras acabar la trama sería atravesar los espejos. La simple metáfora de piel siempre ulula entre favonios. La confusión es consecuencia de la pregunta, cuando no entendemos si la coreografía severa exigía sin solvencia entremezclada con lo cotidiano de la vida o endulzado con las irrealidades de la actuación. ¿O no es acaso la imaginación quien diluye la realidad en lágrimas y sudor para concluirla más verídica?¿Lo real siempre se presenta en nuestros deseos y fantasías con un lenguaje de ultratumba, invisible a la carencia de un razonamiento clarividente, dentro de símbolos individuales y personales, siendo la realidad quien lo quimérico domina?¿O simplemente lo real late cuando imaginamos que la evidencia es realidad y los sueños son fantasías y deseos, siendo así lo real quien interpone las leyes de lo regular y la imaginación interpreta lo divisible entre éstas?
La obertura ya temblaba en el bronce de los campanarios. La música sonaba a la voz de lo siniestro, mientras los violines silbaban una cruda descarga de melancolía, la pérdida de una realidad que solo vive atrapada en la fantasía, producto de la entelequia.
Las plumas ónix pendían de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. Aquella noche la Luna sangraba, llorando de dolor, goteando perlas de sus mejillas. Los gritos se perdían en el laberinto de la humanidad, semejantes a los aullidos del lobo para llamar a su jauría.
Y por fin, la transportación al mundo ‘‘real’’. El orbe imaginario se desenvolvió más agreste y salvaje, el juego macabro y de rojo teñido, no se sabía si intentaban tomarla prisionera para morir con ella o la liberaban del cautiverio material.
Pero el camino es difícil. Parecía no darse cuenta del peligro. Es como cuando nosotros nos escapamos de una enfermedad, una verdad o una muerte y nos adentramos en nuestro mundo paralelo. No te quieres ir, es todo tan mágico y trasparente, y te olvidas de esa agitación permanente, ese respirar que amenaza con un desmayo en el cual no se podrá abrir los ojos nunca más.
Los aplausos la anegaban en niebla y ceguera, el destino se confundía con el punto de partida, no oía errores ni aciertos. Pero debía irse. Algunos de sus compañeros abandonaron la oscura tierra. Otros se estrellaron contra el espejo al no aceptar la monótona realidad, quebrándose en fragmentos su carnal velo.
La fuerza del impacto debía ser potente. Retrocedió un par de pasos del portal, y después de unos segundos, saltó ahogada en el vacío del lugar. Sentía a su parecer que tocaba las estrellas y besaba a los querubines. Aunque la luz del razonamiento nunca carece de sombras. El líquido cinabrio resplandecía en los tablones, los mortecinos cuerpos hablaban a través de las cicatrices sobre su muerte inminente, la vida no animaba por su ausencia, y el silencio enlazaba anillos en las temblosas aguas de su mente, cual cisne agonizante ensombrece el reflejo de un bosque apacible.
Las dudas culminaron en decepción, finalmente, y el cristal no ahorcó su pulso.
Pero un depresivo rasguño puede avivar la llama de los recuerdos. Aquella caja artesanal de ébano fino, con una bailarina girando a través del vértigo de la música, encendió la aurora en su semblante, aquel fulgor intenso que solía tener en distantes días: el puerto abriendo los portales para mostrar los espejos, el cairel roto, los gritos, los aullidos, la sangre, la seda colgante en el vestuario, la destrucción, los aplausos, el llanto… la obligaban a la acción de mutilarse los ojos.
‘‘Quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos, pero era imposible. Cuanto más danzaba más tenía que bailar, por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche. Siguió, siguió danzando. Los zapatos la llevaban por sobre zarzas y rastrojos hasta dejarle los pies desgarrados, sangrantes. Llegó a una casita solitaria donde vivía el verdugo.
-Por favor, ¡córtame los pies, con los zapatos rojos!
Y el verdugo le cortó los pies con los zapatos. ’’
Las zapatillas rojas, Hans Christian Anderson
Es el tiempo quien no cambia, su voz muda y ronca se desparrama a través del tramo de las alas, como arañazos en la piel y sazón a los vergeles abarca: es la idea de nosotros mismos que, desnudos a la estación cambiante, le exigimos quedar encallada como piedra bajo polvo y a riesgo de tormenta. ¿Pero no es merced al Tiempo que cambiamos, y su fuerza impalpable nos hace pensar que nadie ha de transformarse para justificar los días como sueños se viven?
Ante el espectáculo, ya el cisne no posee su aureola alambicada, pues los espejos en su falaz reflejo embriagaban la sinceridad con un propósito sentimental: las verdades en mentiras clonarse cuando la intención las recarga. Ella sólo lanzaba las monedas al fondo del estanque y veía cumplidos sus deseos. Ahora, el cristal enfrente suyo era como una ventana por donde entraban los céfiros de su boca y llegaban con la brisa que recubría su vestido: lacerada, cansada, lánguida mirada… anoréxica, inmunda, cadáver…
¿Cuál será el mejor artista? ¿Aquél donde la estética formada por su balance y equilibrio desata la tormenta que lo atormenta? ¿O el formador del libre pensamiento que, cual metamorfosis en desarrollo, sobrevive sobre los diferentes terrenos del pensante? Optó por el primero.
Cuando el asesino crea la sensación dentro de nosotros, es también un artista. Su rol cumple una función paisajística dentro del acto oculto que se lleva a cabo en esta tragedia: el alfiler clavado en el cuello deja drenar la pintura que hará brotar las extremidades emplumadas para el vuelo. Obligadamente, sentimos rabia, rencor, tristeza, ¿no es posible que él ansiara desencadenar esos sentimientos?
El prólogo narrativo discurría en la sala. Su aislamiento progresivo y la noche vacua para los oídos aparentaban el negro ventanal y daban figura al ensueño, escapaban los pies ensangrentados del suelo por el miedo a las cadenas. No existirá sentido alguno que nos ampare del desconocido significado: olfato, vista, audición, tacto, gusto, ¿dónde estás para que no me maten?
Los violines, los clavicordios, que antaño parecían contener un mirlo en su interior que pulsara con sus giros las cuerdas, ahora desprendían la melodía como sangre de una herida, y fuese el mártir en la cruz una sinfonía.
Al abrirse las puertas del cuerpo, es un movimiento más que dar, una gota más que decolora lo invisible, un pecado más confesado a la tierra – a esa tierra que no consuela después de muerto-, otro dedo del pie arrancado. Allá ascendía o descendía, como señuelo para serafines, avanzaba hacia las nervaduras o cúspides de su vida, a donde jamás regresaría.
Será el suicidio la única Muerte para el artista.
Será el escape hecho para mí, para ellos.
Si lo es, entonces, ¿seré mejor o peor poeta al entregar mi alma a las letras?
Cornelia frente al espejo, Silvina Ocampo
Tuve varios problemas a la hora de imaginar el título. Pensaba bautizarlo ``La Danza de la Muerte ´´, por la simple conjetura de que todos los acertijos y el laberinto aguado a ciegos pasos de una fuente de deseos terminarían en derrame y en una muerte prematura.
Pero los ríos de tinta alcanzados en mi pluma entraron en tempestad y corrieron hacia un espejismo codicioso de realidad. Aunque lo recordado ya no adquiere notoriedad.
La producción del baile fue un entierro debajo de la cama. Su cuerpo se plagó de contusiones y marcas de mano asomaban en su abdomen y caderas, como un ramo de floridas amatistas. Los bailarines la tomaban, la arrastraban, la torturaban, exprimían de su carne la narcótica danza. Su silueta se descosía en frágil filigrana, los huesos y las arterias se evidenciaban bajo la nevada, mientras la débil flama interior no atisbaba a desnevar su lividez, mientras sus ojos violetas y desganados miraban fijamente hacia el picaporte durante los ensayos.
Todo se trataba de generar un leve estremecimiento en la atención de la concurrencia. Los movimientos eran al aire expuestos e imitaban el flébil suicidio de un ave al enterarse que su amada murió aferrada a las espinas, codiciando profanar los pétalos que el Amor materializan. Errátil e ilusorio, se arroja a los nevados cerros a desangrarse como mueren los astros en la colina:
Deseando el amante suicidarse, sigue con artificio
sosteniendo la Pasión cual céreo lirio porta
la lumbre su amorío y el fuego hambriento
devora la blanca pureza de virgen,
de cisne lanzando el hermoso canto, su bello suplicio,
el primer gemido o último aullido.
Sus saltos eran tan altos y sus sombras tan agigantadas, que parecían ser tragados por la boca del Erebo. En el momento de descender, su aspecto, distorsionado ante nuestra vista, producía imágenes que evocaban el hundimiento en el abismo.
El vestuario tétrico y negro, pero a la vez con un matiz cercano a los motivos del carnaval, ideaban una estética hipnótica e imaginativa, y nunca se apartaba la impresión de caer en el mundo de la Muerte y el Averno.
Caretas con expresiones de horror, calaveras, muñecas de trapo, lápidas, sepultureros, criaturas del submundo… eran todos cuadros que se desunían del suelo, entraban por nuestros ojos y poseían nuestro cerebro, como si las actuaciones actuaran a la par de demonios y se evaporara la inocencia en nubarrones de azufre, lloviendo la perversidad en globos de sangre.
Los pasos se percibían agotadores, pero lo difícil tras acabar la trama sería atravesar los espejos. La simple metáfora de piel siempre ulula entre favonios. La confusión es consecuencia de la pregunta, cuando no entendemos si la coreografía severa exigía sin solvencia entremezclada con lo cotidiano de la vida o endulzado con las irrealidades de la actuación. ¿O no es acaso la imaginación quien diluye la realidad en lágrimas y sudor para concluirla más verídica?¿Lo real siempre se presenta en nuestros deseos y fantasías con un lenguaje de ultratumba, invisible a la carencia de un razonamiento clarividente, dentro de símbolos individuales y personales, siendo la realidad quien lo quimérico domina?¿O simplemente lo real late cuando imaginamos que la evidencia es realidad y los sueños son fantasías y deseos, siendo así lo real quien interpone las leyes de lo regular y la imaginación interpreta lo divisible entre éstas?
La obertura ya temblaba en el bronce de los campanarios. La música sonaba a la voz de lo siniestro, mientras los violines silbaban una cruda descarga de melancolía, la pérdida de una realidad que solo vive atrapada en la fantasía, producto de la entelequia.
Las plumas ónix pendían de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. Aquella noche la Luna sangraba, llorando de dolor, goteando perlas de sus mejillas. Los gritos se perdían en el laberinto de la humanidad, semejantes a los aullidos del lobo para llamar a su jauría.
Y por fin, la transportación al mundo ‘‘real’’. El orbe imaginario se desenvolvió más agreste y salvaje, el juego macabro y de rojo teñido, no se sabía si intentaban tomarla prisionera para morir con ella o la liberaban del cautiverio material.
Pero el camino es difícil. Parecía no darse cuenta del peligro. Es como cuando nosotros nos escapamos de una enfermedad, una verdad o una muerte y nos adentramos en nuestro mundo paralelo. No te quieres ir, es todo tan mágico y trasparente, y te olvidas de esa agitación permanente, ese respirar que amenaza con un desmayo en el cual no se podrá abrir los ojos nunca más.
Los aplausos la anegaban en niebla y ceguera, el destino se confundía con el punto de partida, no oía errores ni aciertos. Pero debía irse. Algunos de sus compañeros abandonaron la oscura tierra. Otros se estrellaron contra el espejo al no aceptar la monótona realidad, quebrándose en fragmentos su carnal velo.
La fuerza del impacto debía ser potente. Retrocedió un par de pasos del portal, y después de unos segundos, saltó ahogada en el vacío del lugar. Sentía a su parecer que tocaba las estrellas y besaba a los querubines. Aunque la luz del razonamiento nunca carece de sombras. El líquido cinabrio resplandecía en los tablones, los mortecinos cuerpos hablaban a través de las cicatrices sobre su muerte inminente, la vida no animaba por su ausencia, y el silencio enlazaba anillos en las temblosas aguas de su mente, cual cisne agonizante ensombrece el reflejo de un bosque apacible.
Las dudas culminaron en decepción, finalmente, y el cristal no ahorcó su pulso.
Pero un depresivo rasguño puede avivar la llama de los recuerdos. Aquella caja artesanal de ébano fino, con una bailarina girando a través del vértigo de la música, encendió la aurora en su semblante, aquel fulgor intenso que solía tener en distantes días: el puerto abriendo los portales para mostrar los espejos, el cairel roto, los gritos, los aullidos, la sangre, la seda colgante en el vestuario, la destrucción, los aplausos, el llanto… la obligaban a la acción de mutilarse los ojos.
‘‘Quiso quitarse los zapatos y tirarlos lejos, pero era imposible. Cuanto más danzaba más tenía que bailar, por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche. Siguió, siguió danzando. Los zapatos la llevaban por sobre zarzas y rastrojos hasta dejarle los pies desgarrados, sangrantes. Llegó a una casita solitaria donde vivía el verdugo.
-Por favor, ¡córtame los pies, con los zapatos rojos!
Y el verdugo le cortó los pies con los zapatos. ’’
Las zapatillas rojas, Hans Christian Anderson
Es el tiempo quien no cambia, su voz muda y ronca se desparrama a través del tramo de las alas, como arañazos en la piel y sazón a los vergeles abarca: es la idea de nosotros mismos que, desnudos a la estación cambiante, le exigimos quedar encallada como piedra bajo polvo y a riesgo de tormenta. ¿Pero no es merced al Tiempo que cambiamos, y su fuerza impalpable nos hace pensar que nadie ha de transformarse para justificar los días como sueños se viven?
Ante el espectáculo, ya el cisne no posee su aureola alambicada, pues los espejos en su falaz reflejo embriagaban la sinceridad con un propósito sentimental: las verdades en mentiras clonarse cuando la intención las recarga. Ella sólo lanzaba las monedas al fondo del estanque y veía cumplidos sus deseos. Ahora, el cristal enfrente suyo era como una ventana por donde entraban los céfiros de su boca y llegaban con la brisa que recubría su vestido: lacerada, cansada, lánguida mirada… anoréxica, inmunda, cadáver…
¿Cuál será el mejor artista? ¿Aquél donde la estética formada por su balance y equilibrio desata la tormenta que lo atormenta? ¿O el formador del libre pensamiento que, cual metamorfosis en desarrollo, sobrevive sobre los diferentes terrenos del pensante? Optó por el primero.
Cuando el asesino crea la sensación dentro de nosotros, es también un artista. Su rol cumple una función paisajística dentro del acto oculto que se lleva a cabo en esta tragedia: el alfiler clavado en el cuello deja drenar la pintura que hará brotar las extremidades emplumadas para el vuelo. Obligadamente, sentimos rabia, rencor, tristeza, ¿no es posible que él ansiara desencadenar esos sentimientos?
El prólogo narrativo discurría en la sala. Su aislamiento progresivo y la noche vacua para los oídos aparentaban el negro ventanal y daban figura al ensueño, escapaban los pies ensangrentados del suelo por el miedo a las cadenas. No existirá sentido alguno que nos ampare del desconocido significado: olfato, vista, audición, tacto, gusto, ¿dónde estás para que no me maten?
Los violines, los clavicordios, que antaño parecían contener un mirlo en su interior que pulsara con sus giros las cuerdas, ahora desprendían la melodía como sangre de una herida, y fuese el mártir en la cruz una sinfonía.
Al abrirse las puertas del cuerpo, es un movimiento más que dar, una gota más que decolora lo invisible, un pecado más confesado a la tierra – a esa tierra que no consuela después de muerto-, otro dedo del pie arrancado. Allá ascendía o descendía, como señuelo para serafines, avanzaba hacia las nervaduras o cúspides de su vida, a donde jamás regresaría.
Será el suicidio la única Muerte para el artista.
Será el escape hecho para mí, para ellos.
Si lo es, entonces, ¿seré mejor o peor poeta al entregar mi alma a las letras?
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