dulcinista
Poeta veterano en el Portal
La señora Petra Hinker decidió que su hijo pasara una temporada en un balneario situado en Norderney para curarse de cierta debilidad nerviosa que según ella estaba causada por su disipado vivir. De sobra lo sabía el hijo, que o se avenía a los deseos de su madre o su asignación anual bajaría su cuantía hasta convertirse en una cantidad ridícula con la que le resultaría imposible pagarse sus caprichos; así que pensó con hastío que una temporada en un balneario situado en el Mar del Norte no le haría ningún mal.
Desde pequeña, la señora Petra Hinker había sido educada para mandar, para ser obedecida, con lo que cuando tomaba una decisión era imposible disuadirla de sus deseos.
- Las referencias que me ha dado mi amiga Roderica Stein sobre dicho balneario son inmejorables - le informó la madre el mismo día de su partida- yo misma pasé una temporada en él poco después de morir papá, y tengo una buena amistad con la directora, aunque no sé si ella aún se acordará de mí.
- Debí haberme comprado unos zapatos que casen bien con el nuevo traje que me has regalado - comentó el hijo.
- Cuando vuelvas iremos los dos de compras, yo también necesito unos guantes nuevos- informó la madre.
La directora del balneario era una mujer alta y delgada que se ayudaba de un bastón con la empuñadura de plata para andar.
- He quedado encantada con la amabilidad y la simpatía de su hijo- le comentó a la señora Petra Hinker.
- Eso es imposible, mi querida señora, mi hijo murió en el transbordador que lo traía aquí. Por lo tanto usted no puede haberlo conocido - contestó la madre con asombrada tristeza.
- ¡ Oh, es asombroso lo que usted me está diciendo !, pero yo le aseguro que el joven Ahren se presentó como su hijo. Aún recuerdo las últimas palabras que pronunció dirigidas a usted - afirmó la directora con voz enérgica.
- ¿ Cuáles fueron esas palabras ? - preguntó la señora Petra Hinker.
- Dígale a mi madre cuando la vea que en el lugar de donde vengo no se necesitan zapatos - ese es el mensaje que su hijo dejó para usted.
- Si vuelve a verlo, dígale que de donde vengo yo no hacen falta guantes, porque las manos que han sido comidas por los gusanos no sienten el frío del invierno - contestó la madre.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de la directora. Bajó la mirada para contemplar los zapatos de Petra Hinker y no vio a nadie, estaba sola en medio de la espaciosa sala que servía de recibidor. Contempló el ramo de azucenas naranjas y purpúreas dentro del antiguo jarrón chino heredado de su abuela y vió a través de la ventana a un gato blanco que dormía plácidamente al sol.
Eladio Parreño Elías
29-Mayo-2011
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