Las negras arpías de severo semblante desgarran con sus afiladas uñas de manos crispadas el corazón de un niño inocente. El cual yace muerto en el lecho amarillento de una alcoba sin puerta ni ventanas. La pared está toda tapizada de azul esmeralda, mientras el viejo candil proyecta con su menguante luz sombras fantasmagóricas. Cuando la demacrada noche del silencio perpendicular hace acopio de fortaleza lunar, a las afueras de la maldita habitación donde ya el tierno infante ha sido fagocitado por las aladas bacantes de la crueldad, es cuando un brillo cadavérico aumenta en gloriosa aura de mortandad anímica. El alma del niño está atrapada en el nicho cruel de un limbo que presagia funestas consecuencias para su próxima y beatífica reencarnación. No obstante, el espíritu inmortal de su madre, que mora en los infiernos, sube espirituosa hacia las alturas de la loca dimensión donde su hijo se va desintegrando en láminas de éter puro. Hasta no quedar rastro alguno de él.