La luna de ébano consagra su noche a los mausoleos de los muertos. Donde yacen nobles aristócratas que despilfarraron su ya efímera vida en el polvo de oro y la bolsa a rebosar de monedas de plata. La Muerte no siente dolor por sus almas. Disecadas en el palacio negruzco donde aletean los cuervos de graznido ensordecedor. Sólo sus cuerpos se pudren al compás monótono del movimiento giratorio del perverso Saturno. El cual, con su haz astral, hace enmudecer el llanto de los niños que se mantienen insomnes. En sus cuartos menguantes donde ninguna lumbre sana les sacude del castigo en forma de frío fantasmal. Sus padres, sin embargo, crueles, ríen por la pusilanimidad de sus hijos. Mientras mojan testarudos pan rancio en copa ancha de vino. No. No tienen ningún perdón de Dios. Es hora pues, que el ocaso de la vida claudique para que la mancha perversa del pecado; en forma digital de una venenosa víbora contorneándose, sea quebrada por el garrote que de puntas afiladas mantiene el péndulo salvador del tiempo.