Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
- Oye, abuelo, ¿a ti te ha pasado que te gustase una chica y ella no te hiciese caso?-
Ante la pregunta de Juan, hecha así de sopetón, me quedo pensativo, me retraigo a mi memoria y me viene el recuerdo de Margarita. Ciertamente era yo… éramos muy jóvenes, apenas catorce años, cuando me quedé prendado de ella. Iba al colegio de las carmelitas, que estaba justo enfrente del colegio al que yo iba. Vestían aquel uniforme azul de chaqueta y falda que a mis ojos la hacía encantadora. Siempre simpática, habladora, sonriente… yo la observaba de lejos con ese retraimiento que es propio de los que, como yo, somos tímidos. A través de compañeros que la conocían, supe su nombre, era de una familia muy conocida en la ciudad, activa, deportista, buena estudiante… Ciertamente era una chica especial y me prendé de ella, como se puede uno prendar cuando tienes catorce años.
Supe que le gustaba esquiar, así que me apunté a un curso de esquí, con la intención de coincidir con ella, pero la fortuna quiso que aquel año no asistiese al albergue. Yo, no obstante, proseguí yendo a esquiar cada domingo y la mayoría de las ocasiones coincidía con ella en el autobús que nos llevaba a la nieve. Incluso llegué a hablar con ella, de cosas triviales por supuesto y a tener un trato de conocidos que, aunque me gustaba, me sabía a poco.
Quiso la suerte que los años siguientes, su colegio y el mío colaborasen en actividades culturales y de ese modo me encontré representando con ella una obra de teatro leído. Allí nos hicimos amigos. Leímos en público aquella obrita de teatro en la que representábamos el papel de enamorados. Al terminar, tuve una mención especial del jurado por mi lectura, en la que había puesto grandes dotes de interpretación. No sabía el jurado que todas aquellas frases de amor, aquellos “te quiero” que tanto se repetían, salían de mi corazón, impetuosos, a borbotones, sinceros y sentidos.
El día diez de junio, que se celebraba Santa Margarita, me gasté mis ahorros y le envié a su casa un ramo de flores. Al poco, me llamaba por teléfono a darme las gracias y a preguntarme la razón de aquel regalo. Balbuceé a modo de escusa, que era su santo y que deseaba tener un detalle con ella, que la apreciaba…en fin esas cosas que se le ocurren a un pazguato cuando no sabe qué decir.
Nos vimos después en ocasiones, como las que se dan en una ciudad pequeña, te encuentras por la calle, te saludas, te detienes un rato y si es tarde, la acompañas hasta la puerta de su casa.
Pasó el tiempo y una noche, la rondalla del colegio fue a dedicar unas canciones a las chicas que habían colaborado con nosotros. En la ventana del entresuelo estaba Margarita y yo, que tocaba la pandereta y no tenía que estar en la formación, me acerqué hasta la ventana. Me preocupó verla llorando.
- Hola- le dije.
- Dile a Charly que venga, por favor- fue la respuesta que tuve.
Me volví hacia donde estaban mis compañeros, me acerqué a Charly y le dije, con todo el dolor de mi corazón:
- Dice Marga que vayas-
Después la vida nos llevó por caminos diferentes. Ella fue a cursar sus estudios a una universidad y yo a otra en ciudades diferentes. No nos volvimos a ver y de esto hace ya cincuenta años…
- ¿Qué piensas abuelo?- me interpela Juan
- Estaba pensando en lo que me has contado. Verás eres joven todavía y te queda mucha vida por delante. Uno no sabe lo que el tiempo y las circunstancias nos van a deparar. Ahora te parece importante que esa chica no te haga caso, pero no sabemos si en el futuro cambiará la situación, o tal vez tropieces con otra persona que te agrade más-
- ¡Claro, me dices eso porque a ti nunca te ha sucedido algo así!- y Juan se marchó pensativo hasta su cuarto.
Me levanté despacio y fui caminando hasta el despacho. Llegué a la mesa y abrí el cajón. No tuve que rebuscar mucho para encontrar la vieja cartera que hacía muchos años que había dejado allí. Me coloqué las gafas, abrí la cartera y allí estaba una fotografía en blanco y negro, de bordes ligeramente ajados, desde la que Margarita, con dieciséis años, me miraba fijamente y sonreía con dulzura.
Ante la pregunta de Juan, hecha así de sopetón, me quedo pensativo, me retraigo a mi memoria y me viene el recuerdo de Margarita. Ciertamente era yo… éramos muy jóvenes, apenas catorce años, cuando me quedé prendado de ella. Iba al colegio de las carmelitas, que estaba justo enfrente del colegio al que yo iba. Vestían aquel uniforme azul de chaqueta y falda que a mis ojos la hacía encantadora. Siempre simpática, habladora, sonriente… yo la observaba de lejos con ese retraimiento que es propio de los que, como yo, somos tímidos. A través de compañeros que la conocían, supe su nombre, era de una familia muy conocida en la ciudad, activa, deportista, buena estudiante… Ciertamente era una chica especial y me prendé de ella, como se puede uno prendar cuando tienes catorce años.
Supe que le gustaba esquiar, así que me apunté a un curso de esquí, con la intención de coincidir con ella, pero la fortuna quiso que aquel año no asistiese al albergue. Yo, no obstante, proseguí yendo a esquiar cada domingo y la mayoría de las ocasiones coincidía con ella en el autobús que nos llevaba a la nieve. Incluso llegué a hablar con ella, de cosas triviales por supuesto y a tener un trato de conocidos que, aunque me gustaba, me sabía a poco.
Quiso la suerte que los años siguientes, su colegio y el mío colaborasen en actividades culturales y de ese modo me encontré representando con ella una obra de teatro leído. Allí nos hicimos amigos. Leímos en público aquella obrita de teatro en la que representábamos el papel de enamorados. Al terminar, tuve una mención especial del jurado por mi lectura, en la que había puesto grandes dotes de interpretación. No sabía el jurado que todas aquellas frases de amor, aquellos “te quiero” que tanto se repetían, salían de mi corazón, impetuosos, a borbotones, sinceros y sentidos.
El día diez de junio, que se celebraba Santa Margarita, me gasté mis ahorros y le envié a su casa un ramo de flores. Al poco, me llamaba por teléfono a darme las gracias y a preguntarme la razón de aquel regalo. Balbuceé a modo de escusa, que era su santo y que deseaba tener un detalle con ella, que la apreciaba…en fin esas cosas que se le ocurren a un pazguato cuando no sabe qué decir.
Nos vimos después en ocasiones, como las que se dan en una ciudad pequeña, te encuentras por la calle, te saludas, te detienes un rato y si es tarde, la acompañas hasta la puerta de su casa.
Pasó el tiempo y una noche, la rondalla del colegio fue a dedicar unas canciones a las chicas que habían colaborado con nosotros. En la ventana del entresuelo estaba Margarita y yo, que tocaba la pandereta y no tenía que estar en la formación, me acerqué hasta la ventana. Me preocupó verla llorando.
- Hola- le dije.
- Dile a Charly que venga, por favor- fue la respuesta que tuve.
Me volví hacia donde estaban mis compañeros, me acerqué a Charly y le dije, con todo el dolor de mi corazón:
- Dice Marga que vayas-
Después la vida nos llevó por caminos diferentes. Ella fue a cursar sus estudios a una universidad y yo a otra en ciudades diferentes. No nos volvimos a ver y de esto hace ya cincuenta años…
- ¿Qué piensas abuelo?- me interpela Juan
- Estaba pensando en lo que me has contado. Verás eres joven todavía y te queda mucha vida por delante. Uno no sabe lo que el tiempo y las circunstancias nos van a deparar. Ahora te parece importante que esa chica no te haga caso, pero no sabemos si en el futuro cambiará la situación, o tal vez tropieces con otra persona que te agrade más-
- ¡Claro, me dices eso porque a ti nunca te ha sucedido algo así!- y Juan se marchó pensativo hasta su cuarto.
Me levanté despacio y fui caminando hasta el despacho. Llegué a la mesa y abrí el cajón. No tuve que rebuscar mucho para encontrar la vieja cartera que hacía muchos años que había dejado allí. Me coloqué las gafas, abrí la cartera y allí estaba una fotografía en blanco y negro, de bordes ligeramente ajados, desde la que Margarita, con dieciséis años, me miraba fijamente y sonreía con dulzura.