Transformaste mis piedras en el pan
de los desamparados de cobijo,
caminabas por aguas turbulentas
atestadas de apócrifos ahogados.
En tu rostro mis manos macilentas
hicieron germinar este canijo
que deambulaba por el mustio suelo
lunar con ojos tristes del desvelo,
tus dedos penetraron justo en mi alma
que se descascaraba en la vereda,
ibas multiplicando mis pecados.
Contemplaba el ocaso en la alta olmeda,
tus labios esculpidos en mi palma,
a los arcángeles en el portillo,
y tu aura ensortijada en el caudillo,
Lucifer chamuscándose en la esquina…
Arrendaste la nube veintisiete,
me despojé de versos perturbados
en el camino. Fui cualquier pobrete
sin tus besos mojando mi rutina,
sin tus ojos dejándome vivir
con mis astrosos guantes de faquir.
Calmaste la tormenta y la borrasca
en el reloj de arena de la vida;
convertiste mi sangre en vino, vados
en mi cáliz, bebiste tu medida.
Mi bosque se llenaba de hojarasca
pero estuviste siempre, mi guardián.