Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
La he visto llorar entre sombras de ceibas bajo el manto de luna.
¡Luvia!
¡Ven a mí!
¡Dame un pecho desnudo para mis labios secos!
¡Mírame!
Prevalezco en las sombras
más allá de los ecos de ternura
y el desprecio a mi muerte cotidiana
en batalla ante el sol de cada día.
Ella es sombra…
es fantasma que se fuga en las voces de miedo del olvido,
temerosa de cargar más dolor
y alojar más espinas
en espera de milagros sin eterno mañana.
La llamo...,
digo su nombre en nuestra lengua viva,
y el arrullo del agua,
que aloja viejas magias escondidas,
deja su eco
en las ramas perfumadas del olivo.
Luvia…
Ven a mí…
La noche se refresca con vapores de suave cascada,
de magia está encendida:
tanta plata vuelve tesoro fantasmal
el rostro de mil hojas reflejadas.
La floresta está viva,
observa las pisadas en fuga
y los sueños amantes que la siguen.
La sombra se detiene bajo un pálido velo de luna que se apaga
vistiendo su desnudez plateada con encajes de nube
en los juncos dormidos junto al cauce de las hadas.
Descubro su mirada:
aún dibujan sus ojos
el candor de la virgen que siente
ese extraño pavor a los orgasmos.
¡Luvia!,
-la llamo-…,
sólo ríe;
guarda un “ave del paraíso” en sus cabellos
y en seguida se marcha
tras veredas cargadas de recuerdos
en mi mundo de sueños olvidados.
¡Luvia!
¡Ven a mí!
¡Dame un pecho desnudo para mis labios secos!
¡Mírame!
Prevalezco en las sombras
más allá de los ecos de ternura
y el desprecio a mi muerte cotidiana
en batalla ante el sol de cada día.
Ella es sombra…
es fantasma que se fuga en las voces de miedo del olvido,
temerosa de cargar más dolor
y alojar más espinas
en espera de milagros sin eterno mañana.
La llamo...,
digo su nombre en nuestra lengua viva,
y el arrullo del agua,
que aloja viejas magias escondidas,
deja su eco
en las ramas perfumadas del olivo.
Luvia…
Ven a mí…
La noche se refresca con vapores de suave cascada,
de magia está encendida:
tanta plata vuelve tesoro fantasmal
el rostro de mil hojas reflejadas.
La floresta está viva,
observa las pisadas en fuga
y los sueños amantes que la siguen.
La sombra se detiene bajo un pálido velo de luna que se apaga
vistiendo su desnudez plateada con encajes de nube
en los juncos dormidos junto al cauce de las hadas.
Descubro su mirada:
aún dibujan sus ojos
el candor de la virgen que siente
ese extraño pavor a los orgasmos.
¡Luvia!,
-la llamo-…,
sólo ríe;
guarda un “ave del paraíso” en sus cabellos
y en seguida se marcha
tras veredas cargadas de recuerdos
en mi mundo de sueños olvidados.
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