Semejante a un abismo de neones es el fulgor salvaje de tus negros ojos abiertos. Ahí cohabitan el orgullo y la cruel concupiscencia. Tu piel, tostada al sol del mes de mayo, es una lustrosa alfombra floreada con toda clase de flores del desaparecido paraíso terrenal. La música vacua que se desprende de tu tenue boca de ninfa convertida en romero es la alegría estática de un pecho enardecido. Curtido en batallas de rasgado manto carmesí. Y cuando la luna hace acto de presencia. Con esa cornamenta sagrada - cual toro celestial en nocturnidad embadurnada con el grasiento betún del obscuro firmamento - es entonces cuando dedicas unas fugitivas horas de pendular tiempo moreno a esparcir brillantina sobre mi largo pelo. Ensortijado y aquietado en una profunda mar; de eternidad recalcitrante. Entonces, te vuelvo a observar. Y para mi delicada conmoción, aprecio que te has transfigurado en lo que por capricho siempre quisiste. En una muñeca de cera que arde en el núcleo de mis pasiones más prohibidas.