mi soliloquio urbano.

Melquiades San Juan

Poeta veterano en MP
Entre los muros se enredan, como trenzas, las calles de mis pasos cotidianos.
Una cosquilla entre las ramas deja como beso el viento para el placer de la hoja.
Los faroles de chispas emotivas se me encienden con el interruptor de los recuerdos.
Yo soy esa alma silenciosa que se asesina en la banca de uno de los tantos jardines solitarios.
Cobijan tus muros silenciosos la voz de un ocaso que recoge sus velas al fin de cada breve travesía
Soy el ser que camina entre cascadas de paredes revestidas de espejos de las múltiples vidas.
Una mirada y un espera; luego un saludo y hasta luego del embobado semáforo vecino.
Adónde vas, dice la puerta, cuando me cede el paso para vivir la tarde en la cantina.
Cuándo regresas, casi reclama el perro, con la voz amorosa de su mirada amiga.

Yo me pierdo entre rumbos que no requieren mapa.
Bebo mis soledades acompañado por tantas muchedumbres.
No hay nada qué ocultarle a mi mundo desnudo,
conoce mi dolor, mi cicatriz eterna de callejón oscuro.

Ya no pregunto nada del mañana pues me sé las respuestas al minuto.
Este vacío enorme de tu presencia amada se revive en las cuadras.
Soy como un perro errante y vagabundo que busca en los olores
ese aroma impregnado que obsequiaron tus pasos al fantasmal ambiente.
A veces me palpita como mordisco el eco de tu voz de ternura.
No me ilusiono tanto por esperas pues yo sé que no vuelves, que ya no vuelves nunca.
Donde estás no se vuelve, ni se aspira al latido.
Me consume la espera que no parece espera sino un lento martirio.
Solo queda el recuerdo y un amargo café para escribirte un verso.
Cada esquina me mira con el mirar de muro que soporta los llantos.

Y mi ciudad que mira
cómo vivo sin llanto,
cómo muero sin vida.
 
Última edición:
El espacio que dejó desierto el ser amado con su partida y que solo regresa cuando se es evocado por su recuero para ahogar tu corazón de tristezas...y aún así ,¡ qué bellas letras!
Mis aplausos amigo.
Un abrazo grande.
 
Última edición:
El espacio que dejó desierto el ser amado con su partida y que solo regresa cuando se es evocado por su recuero para ahogar tu corazón de tristezas...y aún así ,¡ qué bellas letras!
Mis aplausos amigo.
Un abrazo grande.

Yo adoro a mi ciudad. Toda ella es un obsequio para mí. Una historia narrada con lenguajes de muros, de calles, de símbolos. Adoro mi sala de música preferida, la Manuel M. Ponce, en el Palacio de Bellas Artes. El café donde acudo a disfrutar su aroma mezclado del aroma de la poesía. Las multitudes que se vuelven puntos de colores como si mi visión estuviera frente a un cuadro impresionista. Adoro sus reflejos nocturnos y sus calles y banquetas con sus besos de lluvia.

Para este intento de poesía urbana he imaginado la ausencia más querida. Cómo sería el día siguiente a su partida. Cómo se transformaría esta mi amada ciudad en esas largas y dolorosas horas. Mi vida, cómo sería...

Gracias, qué bueno que te gustó. Saludos.
 
Última edición:
anoche, lo leía,,,me gustó mucho
es muy intimista, casi un desdoblarse
ir siendo un espectador del espectro que se convierte uno...

muy bueno. gracias por compartirlo.
 
Un poema magnifico que evoca paisajes altamente líricos, los versos amplios le confieren todavía mas belleza, es una belleza oscura que conmueve, que habla de la dignidad con la que el ser humano asume su destino. Un poema que llueve con brillantes metáforas.

Mis abrazos y felicitaciones sinceras, amigo, gracias por compartir.
 
Un poema magnifico que evoca paisajes altamente líricos, los versos amplios le confieren todavía mas belleza, es una belleza oscura que conmueve, que habla de la dignidad con la que el ser humano asume su destino. Un poema que llueve con brillantes metáforas.

Mis abrazos y felicitaciones sinceras, amigo, gracias por compartir.

Gracias por tu visita, celebro leerte y agradezco tus comentarios. Estamos atentos a tus poemas, Abrazos fuertes.
 
Que hermosa lectura he tenido
y una imagen tridimensional
que se levantó sobre mis pupilas.

Gracias por tanta poesía.

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Tramados grises con los pasos de cada hora
de los días y las noches
beso liviano de las auras
al rozar la corteza que llevamos afuera de la carne
encendidos fanales al prender la chispa de unos ojos
alejan polillas de nostalgias
que revolotean tras las bambalinas de la ilusión
dejando la puerta con el asombro de la huida
y un retorno cabizbajo que solo entiende
el guardián de las horas huérfanas.

Y de nuevo los telares que envuelven nuestros pies
decoran con nuestras sombras
las paredes multiformes de una ciudad indefinida.
 
Entre los muros se enredan, como trenzas, las calles de mis pasos cotidianos.
Una cosquilla entre las ramas deja como beso el viento para el placer de la hoja.
Los faroles de chispas emotivas se me encienden con el interruptor de los recuerdos.
Yo soy esa alma silenciosa que se asesina en la banca de uno de los tantos jardines solitarios.
Cobijan tus muros silenciosos la voz de un ocaso que recoge sus velas al fin de cada breve travesía
Soy el ser que camina entre cascadas de paredes revestidas de espejos de las múltiples vidas.
Una mirada y un espera; luego un saludo y hasta luego del embobado semáforo vecino.
Adónde vas, dice la puerta, cuando me cede el paso para vivir la tarde en la cantina.
Cuándo regresas, casi reclama el perro, con la voz amorosa de su mirada amiga.

Yo me pierdo entre rumbos que no requieren mapa.
Bebo mis soledades acompañado por tantas muchedumbres.
No hay nada qué ocultarle a mi mundo desnudo,
conoce mi dolor, mi cicatriz eterna de callejón oscuro.

Ya no pregunto nada del mañana pues me sé las respuestas al minuto.
Este vacío enorme de tu presencia amada se revive en las cuadras.
Soy como un perro errante y vagabundo que busca en los olores
ese aroma impregnado que obsequiaron tus pasos al fantasmal ambiente.
A veces me palpita como mordisco el eco de tu voz de ternura.
No me ilusiono tanto por esperas pues yo sé que no vuelves, que ya no vuelves nunca.
Donde estás no se vuelve, ni se aspira al latido.
Me consume la espera que no parece espera sino un lento martirio.
Solo queda el recuerdo y un amargo café para escribirte un verso.
Cada esquina me mira con el mirar de muro que soporta los llantos.

Y mi ciudad que mira
cómo vivo sin llanto,
cómo muero sin vida.


Ayer observaba mi ciudad con ojos de turista, descubriendo en los rincones esos pequeños detalles que el caminante pasa por alto a pesar de que son en realidad los que dan forma y vida, los que hacen la historia. Observaba el deambular de algunos transeúntes sumidos en sus pensamientos, como el personaje que describes, casi puedo sentir cómo siente...haces tan fácil imaginar.

Ensoñaba vidas a través de las placas en homenaje al "Aquí nació....", imaginaba cómo sería hace unos lustros la ciudad, los poetas recitando en los viejos cafés, los teatros, los tranvías, la larga estela de inmensos árboles que aún permanecen impertérritos en el parque de los patos.
Cuántas vidas han transcurrido las mismas calles, cuántas seguirán haciéndolo.
Incluso descubrí en lo alto de un edificio una estatua de Minerva que se corresponde con Atenea en la mitología griega. Lleva cubierto el pecho con la égida; con una mano sujeta el escudo, en el que aparece un rostro de gorgona. En la otra mano lleva la lanza, símbolo del valor; y en la cabeza, un casco con esfinge, hasta le hice fotos.

Disfruté mucho la ciudad y seguiré haciéndolo, y en parte gracias a ti, por este impulso a la poesía urbana, a vivir y a describir las emociones de lo que nos provoca

Gran abrazo
 
Entre los muros se enredan, como trenzas, las calles de mis pasos cotidianos.
Una cosquilla entre las ramas deja como beso el viento para el placer de la hoja.
Los faroles de chispas emotivas se me encienden con el interruptor de los recuerdos.
Yo soy esa alma silenciosa que se asesina en la banca de uno de los tantos jardines solitarios.
Cobijan tus muros silenciosos la voz de un ocaso que recoge sus velas al fin de cada breve travesía
Soy el ser que camina entre cascadas de paredes revestidas de espejos de las múltiples vidas.
Una mirada y un espera; luego un saludo y hasta luego del embobado semáforo vecino.
Adónde vas, dice la puerta, cuando me cede el paso para vivir la tarde en la cantina.
Cuándo regresas, casi reclama el perro, con la voz amorosa de su mirada amiga.

Yo me pierdo entre rumbos que no requieren mapa.
Bebo mis soledades acompañado por tantas muchedumbres.
No hay nada qué ocultarle a mi mundo desnudo,
conoce mi dolor, mi cicatriz eterna de callejón oscuro.

Ya no pregunto nada del mañana pues me sé las respuestas al minuto.
Este vacío enorme de tu presencia amada se revive en las cuadras.
Soy como un perro errante y vagabundo que busca en los olores
ese aroma impregnado que obsequiaron tus pasos al fantasmal ambiente.
A veces me palpita como mordisco el eco de tu voz de ternura.
No me ilusiono tanto por esperas pues yo sé que no vuelves, que ya no vuelves nunca.
Donde estás no se vuelve, ni se aspira al latido.
Me consume la espera que no parece espera sino un lento martirio.
Solo queda el recuerdo y un amargo café para escribirte un verso.
Cada esquina me mira con el mirar de muro que soporta los llantos.

Y mi ciudad que mira
cómo vivo sin llanto,
cómo muero sin vida.

Los dos sabemos que la ciudad es inmune a los que transitan por ella. Le importa un comino la soledad entre la muchedumbre, la ausencia de una determinada presencia entre las callejuelas, la risa y la vida que palpita por ellas, el sonido de las tabernas, las conversaciones a muchos tonos, los recuerdos de esos espacios donde el tiempo parece que se detenga, aunque no hace menos dolorosa la ausencia ni los recuerdos.
Me ha encantado este poema Melquiades donde los versos conviven amigablemente con la tragedia, la ciudad es el escenario cotidiano como un retrato lleno de ausencia
Abrazos hasta tu espacio Poeta
 
Entre los muros se enredan, como trenzas, las calles de mis pasos cotidianos.
Una cosquilla entre las ramas deja como beso el viento para el placer de la hoja.
Los faroles de chispas emotivas se me encienden con el interruptor de los recuerdos.
Yo soy esa alma silenciosa que se asesina en la banca de uno de los tantos jardines solitarios.
Cobijan tus muros silenciosos la voz de un ocaso que recoge sus velas al fin de cada breve travesía
Soy el ser que camina entre cascadas de paredes revestidas de espejos de las múltiples vidas.
Una mirada y un espera; luego un saludo y hasta luego del embobado semáforo vecino.
Adónde vas, dice la puerta, cuando me cede el paso para vivir la tarde en la cantina.
Cuándo regresas, casi reclama el perro, con la voz amorosa de su mirada amiga.

Yo me pierdo entre rumbos que no requieren mapa.
Bebo mis soledades acompañado por tantas muchedumbres.
No hay nada qué ocultarle a mi mundo desnudo,
conoce mi dolor, mi cicatriz eterna de callejón oscuro.

Ya no pregunto nada del mañana pues me sé las respuestas al minuto.
Este vacío enorme de tu presencia amada se revive en las cuadras.
Soy como un perro errante y vagabundo que busca en los olores
ese aroma impregnado que obsequiaron tus pasos al fantasmal ambiente.
A veces me palpita como mordisco el eco de tu voz de ternura.
No me ilusiono tanto por esperas pues yo sé que no vuelves, que ya no vuelves nunca.
Donde estás no se vuelve, ni se aspira al latido.
Me consume la espera que no parece espera sino un lento martirio.
Solo queda el recuerdo y un amargo café para escribirte un verso.
Cada esquina me mira con el mirar de muro que soporta los llantos.

Y mi ciudad que mira
cómo vivo sin llanto,
cómo muero sin vida.

Muy bello y sugerente. Besis.
 

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