lesmo
Poeta veterano en el portal
Mi yo alegre, mi yo desnudo
A ti no te aprisiona
el peso de esta vida,
tampoco el buen recuerdo te abandona
ni jamás se te abren los labios de la herida;
tu propia mente siempre parece que perdona,
parece que te cuida,
benigna a la maldad de tu persona,
de tus males no dice la medida.
A mí la vida llega a producirme
mil llagas con recuerdos a millares
venidos de lugares
que tienen claroscuros, la vida quiere hundirme;
mis males los presenta claramente
como una gran legión que viene a perseguirme.
¿Cómo es posible eso?
y ¿cómo en ti se muestra tan suave y compasiva?
y ¿cómo hiciste tú para que reescriba
tu historia nuevamente ya sin el duro peso
que tiene la memoria?
Y yo ¿por qué si miro a mi pasada historia
me quita toda calma?
¿Por qué en tu caso enseña su cara fugitiva,
y a mí llega a cargarme cruelmente todo el alma?
La vida a mí me agota la conciencia
desde por la mañana,
desde la hora temprana
me trae el mal que hice a mi presencia.
No puedo combatir
el mal que he cosechado con los años,
no sé reescribir
mi historia falsamente con engaños.
Mi espíritu sincero,
que nunca me complace,
nunca ha sido embustero
y nunca ha sido tibio por ver si satisface
mis íntimos deseos de estar siempre tranquilo.
Mi espíritu no hace
que todos mis pecados estén en el sigilo.
¿Quizás tú fuiste bueno?
¿Quizás tú fuiste fuerte?
¿Quizás tú rechazaste la tentación de muerte?
¿Por eso te mantienes tan sereno?
Pero yo no te envidio en ese estado,
ahora que los años han pasado,
aunque yo tenga abierta
la herida del costado
que mi historia violenta me despierta.
No envidio tus caudales de alegría,
que es alegría muerta.
No envidio que amanezcas cada día
con una gran sonrisa en el semblante,
en tanto mi porfía
es sostener mi ser tambaleante.
No envidio que en tus rosas
el tallo haya nacido sin espinas,
aunque sean tus flores en apariencia hermosas,
que en tu jardín ocultas las esquinas.
Aunque las mías fueran, marchitas al nacer,
símbolos del fracaso y de las muchas ruinas,
de lo poco que puedo merecer.
Despiertas a la vida tranquilo cada aurora,
el día que amanece, el día que te alcanza,
la sensación que trae para ti es la indolora
tranquilidad de siempre, pues nunca aborreciste
esa maldita hora
de cuando te dormiste;
por eso no te sientes nunca viejo
porque jamás te viste
en el sincero azogue del espejo;
por eso no estás triste;
por eso eres mi yo tranquilo, acomodado,
por eso no te afecta la derrota
ni te asusta la sombra del pecado
que tanto a mí me agota.
A ti no te aprisionan los pesos de la vida,
a ti, mi yo indolente, mi yo siempre cobarde,
mi yo en constante huida,
mi yo que nunca arde
en el fuego terrible de un ansia desmedida,
mi yo que nunca piensa que pueda hacerse tarde,
mi yo que nunca piensa en la balanza,
mi yo sin la esperanza
de una vida más noble
anclada en la verdad, tan fuerte como un roble.
La esperanza de haberme descubierto
si acaso me despierto,
entre mi ser oscuro,
atisbando bogar a un nuevo puerto
en esos mares cálidos de un sueño de futuro.
A ver si alguna noche te encuentro en el camino,
te encuentro frente a frente y te desenmascaro,
porque cuando te aleje, señor de mi descaro,
andando a mi destino,
cuando te deje mudo,
aun en la soledad,
aun sin estar alegre, caminaré desnudo
sin tu alegría amarga,
sin tu tremenda carga,
en pos de la esperanza y en pos de la Verdad.
Salva Glez. Moles
6 de octubre, 2021.
A ti no te aprisiona
el peso de esta vida,
tampoco el buen recuerdo te abandona
ni jamás se te abren los labios de la herida;
tu propia mente siempre parece que perdona,
parece que te cuida,
benigna a la maldad de tu persona,
de tus males no dice la medida.
A mí la vida llega a producirme
mil llagas con recuerdos a millares
venidos de lugares
que tienen claroscuros, la vida quiere hundirme;
mis males los presenta claramente
como una gran legión que viene a perseguirme.
¿Cómo es posible eso?
y ¿cómo en ti se muestra tan suave y compasiva?
y ¿cómo hiciste tú para que reescriba
tu historia nuevamente ya sin el duro peso
que tiene la memoria?
Y yo ¿por qué si miro a mi pasada historia
me quita toda calma?
¿Por qué en tu caso enseña su cara fugitiva,
y a mí llega a cargarme cruelmente todo el alma?
La vida a mí me agota la conciencia
desde por la mañana,
desde la hora temprana
me trae el mal que hice a mi presencia.
No puedo combatir
el mal que he cosechado con los años,
no sé reescribir
mi historia falsamente con engaños.
Mi espíritu sincero,
que nunca me complace,
nunca ha sido embustero
y nunca ha sido tibio por ver si satisface
mis íntimos deseos de estar siempre tranquilo.
Mi espíritu no hace
que todos mis pecados estén en el sigilo.
¿Quizás tú fuiste bueno?
¿Quizás tú fuiste fuerte?
¿Quizás tú rechazaste la tentación de muerte?
¿Por eso te mantienes tan sereno?
Pero yo no te envidio en ese estado,
ahora que los años han pasado,
aunque yo tenga abierta
la herida del costado
que mi historia violenta me despierta.
No envidio tus caudales de alegría,
que es alegría muerta.
No envidio que amanezcas cada día
con una gran sonrisa en el semblante,
en tanto mi porfía
es sostener mi ser tambaleante.
No envidio que en tus rosas
el tallo haya nacido sin espinas,
aunque sean tus flores en apariencia hermosas,
que en tu jardín ocultas las esquinas.
Aunque las mías fueran, marchitas al nacer,
símbolos del fracaso y de las muchas ruinas,
de lo poco que puedo merecer.
Despiertas a la vida tranquilo cada aurora,
el día que amanece, el día que te alcanza,
la sensación que trae para ti es la indolora
tranquilidad de siempre, pues nunca aborreciste
esa maldita hora
de cuando te dormiste;
por eso no te sientes nunca viejo
porque jamás te viste
en el sincero azogue del espejo;
por eso no estás triste;
por eso eres mi yo tranquilo, acomodado,
por eso no te afecta la derrota
ni te asusta la sombra del pecado
que tanto a mí me agota.
A ti no te aprisionan los pesos de la vida,
a ti, mi yo indolente, mi yo siempre cobarde,
mi yo en constante huida,
mi yo que nunca arde
en el fuego terrible de un ansia desmedida,
mi yo que nunca piensa que pueda hacerse tarde,
mi yo que nunca piensa en la balanza,
mi yo sin la esperanza
de una vida más noble
anclada en la verdad, tan fuerte como un roble.
La esperanza de haberme descubierto
si acaso me despierto,
entre mi ser oscuro,
atisbando bogar a un nuevo puerto
en esos mares cálidos de un sueño de futuro.
A ver si alguna noche te encuentro en el camino,
te encuentro frente a frente y te desenmascaro,
porque cuando te aleje, señor de mi descaro,
andando a mi destino,
cuando te deje mudo,
aun en la soledad,
aun sin estar alegre, caminaré desnudo
sin tu alegría amarga,
sin tu tremenda carga,
en pos de la esperanza y en pos de la Verdad.
Salva Glez. Moles
6 de octubre, 2021.
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