Mientras atardecía...

Ayax

Poeta que considera el portal su segunda casa
Un murmullo tenue de lluvia, sobre la buhardilla, semejaba una tersa y sensual música de fondo. En las calles, plazas y ventanales, el crepúsculo de otoño adquiría una opacidad nostálgica. Emitía tu boca suaves susurros que eran mezcla de suspiros y sollozos que el deseo arrancaba a tu garganta. La penumbra de la cálida atmósfera que respirábamos le daba, a esa hora, un mágico matiz inexistente en cualquier gama de colores. Con ansiedad fogosa te respiraba la piel. Una y otra vez recogías mi aliento en las copas turgentes y cálidas de tus pechos. Desde tus mejillas, mis besos habían rodado por tus labios, por tus hombros, por tu cuello, hasta caer sobre los frutos color cereza que, erguidos y voluptuosos, tersos y sonrojados, coronan las dos cúspides preciosas de tus senos; cúpulas semejantes a dos trémulas rosas cónicas que respiran con sofoco al sentir que las devoraba la marea de mis ósculos. La lluvia se prolongaba hacia un anochecer desnudo de estrellas y de cualquier luna; en tanto, mi boca, ahora, se deslizaba sobre la mórbida curva de tu vientre jugueteando, unos instantes, la punta de mi lengua dentro de la linda cavidad de tu ombligo. Dulces y agradables gemidos que, sentía yo, brotaban más de los poros de tu piel que de tus labios, parecían un excitante llamado a mi libido, llamado que decía que me precisabas más al sur de tu cuerpo; ahí, dónde resplandece y palpita una corola cubierta de lisura y humedad ardiente, ahí, dónde el universo se empequeñece pero que aumenta en belleza y misterio, ahí, dónde el cielo no es alto, sino profundo y más lleno de gracia, ahí, dónde tu naturaleza femenina guarda de la vida el más prístino secreto...
 
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Un murmullo tenue de lluvia sobre la buhardilla semejaba una tersa y sensual música de fondo. En las calles, plazas y ventanales el crepúsculo de otoño adquiría una opacidad nostálgica. Emitía tu boca suaves susurros que eran mezcla de suspiros y sollozos que el deseo arrancaba a tu garganta. La penumbra de la cálida atmósfera que respirábamos le daba, a esa hora, un mágico matiz inexistente en cualquier gama de colores. Con ansiedad fogosa te respiraba la piel. Una y otra vez recogías mi aliento en las copas turgentes y cálidas de tus pechos. Desde tus mejillas, mis besos habían rodado por tus labios, por tus hombros, por tu cuello, hasta caer sobre los frutos color cereza que, erguidos y voluptuosos, tersos y sonrojados, coronan las dos cúspides preciosas de tus senos; cúpulas semejantes a dos trémulas rosas cónicas que respiran con sofoco al sentir que las devoraba la marea de mis ósculos. La lluvia se prolongaba hacia un anochecer desnudo de estrellas y de cualquier luna; en tanto, mi boca, ahora, se deslizaba sobre la mórbida curva de tu vientre jugueteando, unos instantes, la punta de mi lengua dentro de la linda cavidad de tu ombligo. Dulces y agradables gemidos que, sentía yo, brotaban más de los poros de tu piel que de tus labios, parecían un excitante llamado a mi libido, llamado que decía que me precisabas más al sur de tu cuerpo; ahí, dónde resplandece y palpita una corola cubierta de lisura y humedad ardiente, ahí, dónde el universo se empequeñece pero que aumenta en belleza y misterio, ahí, dónde el cielo no es alto, sino profundo y más lleno de gracia, ahí, dónde tu naturaleza femenina guarda de la vida el más prístino secreto...
Todos guardamos algo, grato leerte
 
Un murmullo tenue de lluvia sobre la buhardilla semejaba una tersa y sensual música de fondo. En las calles, plazas y ventanales el crepúsculo de otoño adquiría una opacidad nostálgica. Emitía tu boca suaves susurros que eran mezcla de suspiros y sollozos que el deseo arrancaba a tu garganta. La penumbra de la cálida atmósfera que respirábamos le daba, a esa hora, un mágico matiz inexistente en cualquier gama de colores. Con ansiedad fogosa te respiraba la piel. Una y otra vez recogías mi aliento en las copas turgentes y cálidas de tus pechos. Desde tus mejillas, mis besos habían rodado por tus labios, por tus hombros, por tu cuello, hasta caer sobre los frutos color cereza que, erguidos y voluptuosos, tersos y sonrojados, coronan las dos cúspides preciosas de tus senos; cúpulas semejantes a dos trémulas rosas cónicas que respiran con sofoco al sentir que las devoraba la marea de mis ósculos. La lluvia se prolongaba hacia un anochecer desnudo de estrellas y de cualquier luna; en tanto, mi boca, ahora, se deslizaba sobre la mórbida curva de tu vientre jugueteando, unos instantes, la punta de mi lengua dentro de la linda cavidad de tu ombligo. Dulces y agradables gemidos que, sentía yo, brotaban más de los poros de tu piel que de tus labios, parecían un excitante llamado a mi libido, llamado que decía que me precisabas más al sur de tu cuerpo; ahí, dónde resplandece y palpita una corola cubierta de lisura y humedad ardiente, ahí, dónde el universo se empequeñece pero que aumenta en belleza y misterio, ahí, dónde el cielo no es alto, sino profundo y más lleno de gracia, ahí, dónde tu naturaleza femenina guarda de la vida el más prístino secreto...
Muy sensual y perfecta forma de describir el deseo, muy sensible y delicado, me encantó un saludo Ayax
 
Un murmullo tenue de lluvia sobre la buhardilla semejaba una tersa y sensual música de fondo. En las calles, plazas y ventanales el crepúsculo de otoño adquiría una opacidad nostálgica. Emitía tu boca suaves susurros que eran mezcla de suspiros y sollozos que el deseo arrancaba a tu garganta. La penumbra de la cálida atmósfera que respirábamos le daba, a esa hora, un mágico matiz inexistente en cualquier gama de colores. Con ansiedad fogosa te respiraba la piel. Una y otra vez recogías mi aliento en las copas turgentes y cálidas de tus pechos. Desde tus mejillas, mis besos habían rodado por tus labios, por tus hombros, por tu cuello, hasta caer sobre los frutos color cereza que, erguidos y voluptuosos, tersos y sonrojados, coronan las dos cúspides preciosas de tus senos; cúpulas semejantes a dos trémulas rosas cónicas que respiran con sofoco al sentir que las devoraba la marea de mis ósculos. La lluvia se prolongaba hacia un anochecer desnudo de estrellas y de cualquier luna; en tanto, mi boca, ahora, se deslizaba sobre la mórbida curva de tu vientre jugueteando, unos instantes, la punta de mi lengua dentro de la linda cavidad de tu ombligo. Dulces y agradables gemidos que, sentía yo, brotaban más de los poros de tu piel que de tus labios, parecían un excitante llamado a mi libido, llamado que decía que me precisabas más al sur de tu cuerpo; ahí, dónde resplandece y palpita una corola cubierta de lisura y humedad ardiente, ahí, dónde el universo se empequeñece pero que aumenta en belleza y misterio, ahí, dónde el cielo no es alto, sino profundo y más lleno de gracia, ahí, dónde tu naturaleza femenina guarda de la vida el más prístino secreto...
Cuándo uno busca, es seguro que halla tesoros. Son muchas las sensaciones que transmite tu amorosa descriptiva.
Un saludo
 
Gracias, Angel of Silence, por la deferencia de visitar estas letras y dejar tu amable comentario. Saludos, poeta.
 

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