Ayax
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un murmullo tenue de lluvia, sobre la buhardilla, semejaba una tersa y sensual música de fondo. En las calles, plazas y ventanales, el crepúsculo de otoño adquiría una opacidad nostálgica. Emitía tu boca suaves susurros que eran mezcla de suspiros y sollozos que el deseo arrancaba a tu garganta. La penumbra de la cálida atmósfera que respirábamos le daba, a esa hora, un mágico matiz inexistente en cualquier gama de colores. Con ansiedad fogosa te respiraba la piel. Una y otra vez recogías mi aliento en las copas turgentes y cálidas de tus pechos. Desde tus mejillas, mis besos habían rodado por tus labios, por tus hombros, por tu cuello, hasta caer sobre los frutos color cereza que, erguidos y voluptuosos, tersos y sonrojados, coronan las dos cúspides preciosas de tus senos; cúpulas semejantes a dos trémulas rosas cónicas que respiran con sofoco al sentir que las devoraba la marea de mis ósculos. La lluvia se prolongaba hacia un anochecer desnudo de estrellas y de cualquier luna; en tanto, mi boca, ahora, se deslizaba sobre la mórbida curva de tu vientre jugueteando, unos instantes, la punta de mi lengua dentro de la linda cavidad de tu ombligo. Dulces y agradables gemidos que, sentía yo, brotaban más de los poros de tu piel que de tus labios, parecían un excitante llamado a mi libido, llamado que decía que me precisabas más al sur de tu cuerpo; ahí, dónde resplandece y palpita una corola cubierta de lisura y humedad ardiente, ahí, dónde el universo se empequeñece pero que aumenta en belleza y misterio, ahí, dónde el cielo no es alto, sino profundo y más lleno de gracia, ahí, dónde tu naturaleza femenina guarda de la vida el más prístino secreto...
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