Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Se te cayó el sombrero
y el palomo de tu frente desplegó la escasa plata
de su fidedigna estrella
para trazar un rayo fugaz en el tiempo.
Empezabas a no estar tus pupilas:
te disolvías en tu mirada
que te miraba a los ojos desde ningún espejo.
Era Ella porque no había nadie.
Ella, la del principio, con su hilo de regreso
al inasible exterior del laberinto.
Para que el miedo no se enterara del miedo,
tus dedos aprisionaban un gesto de niño
para volcarlo a tu rostro
al cumplirse el anunciado momento.
Era un cruel vestigio de sonrisa.
Era, todavía, la esperanza.
Nunca creíste ser tan alto.
Ya no estaba el sombrero,
ya no estaban tus manos
cuando te inclinaste a recogerlo.
Para no amanecer en sábado,
el gallo de la luna entera
fue devorado por su canto.
Cuarenta y ocho toros del color de su bramido
rumiaban la blancura de las paredes entumidas.
En las últimas notas del corrido helado
cayeron tus pestañas al negro tejido del acecho.
Y tú, con tus pies mojados,
con tu antorcha débil,
contemplabas tu caballo
al otro lado de un río cada vez más ancho.
La botella que deshabitó de ti tu sangre
se hizo pedazos en su fondo,
y murmuraste:
Aún es temprano y tengo sed.
No debo morir.
No moriré.
Pero ya estabas muerto,
y no te escuchaste.
Muerto, y una magnolia de aroma sin tinte
usurpó tus manos.
Muerto, y el aire estentóreo
robó para si tus pulmones.
Muerto, y un pesado cuarzo
se clausuró de transparencia en tus ojos.
Muerto, y tu cuerpo de agua adentrada
se hundió en el sepulcro mineral de tu cuerpo.
Muerto, y tu cuerpo se selló con tu cuerpo
hondo, hondo, cada vez más hondo.
Muerto, y tu pensamiento replegó sus orillas
para abarcar entero el inmóvil oleaje del silencio muerto.
Nada más que muerto.
Nada dijo de ti tu muerte.
Cerraron tus párpados
y no asomaste un último clavel
para expresar que era paz
esa mansedumbre vacía de ti.
Ningún colibrí anunció en el algodón de tus labios
que más allá de su inercia de boca
tu sonrisa estaba a salvo.
Porque nada dijo la muerte sino nada,
solo hablará de ti tu vida
con la sentida nostalgia de conjugar en pasado
lo pronto perderá testigos.
Tu casa, tus prados, tus higueras,
las manos de tu mujer, los ojos de tus hijos
irán tomando posesión de tu ausencia,
mientras seas ausencia y no olvido.
Mientras seas ausencia y no olvido,
tu vida dirá de ti tu vida.
La muerte aún no te conoce.
y el palomo de tu frente desplegó la escasa plata
de su fidedigna estrella
para trazar un rayo fugaz en el tiempo.
Empezabas a no estar tus pupilas:
te disolvías en tu mirada
que te miraba a los ojos desde ningún espejo.
Era Ella porque no había nadie.
Ella, la del principio, con su hilo de regreso
al inasible exterior del laberinto.
Para que el miedo no se enterara del miedo,
tus dedos aprisionaban un gesto de niño
para volcarlo a tu rostro
al cumplirse el anunciado momento.
Era un cruel vestigio de sonrisa.
Era, todavía, la esperanza.
Nunca creíste ser tan alto.
Ya no estaba el sombrero,
ya no estaban tus manos
cuando te inclinaste a recogerlo.
***
Para no amanecer en sábado,
el gallo de la luna entera
fue devorado por su canto.
Cuarenta y ocho toros del color de su bramido
rumiaban la blancura de las paredes entumidas.
En las últimas notas del corrido helado
cayeron tus pestañas al negro tejido del acecho.
Y tú, con tus pies mojados,
con tu antorcha débil,
contemplabas tu caballo
al otro lado de un río cada vez más ancho.
La botella que deshabitó de ti tu sangre
se hizo pedazos en su fondo,
y murmuraste:
Aún es temprano y tengo sed.
No debo morir.
No moriré.
Pero ya estabas muerto,
y no te escuchaste.
Muerto, y una magnolia de aroma sin tinte
usurpó tus manos.
Muerto, y el aire estentóreo
robó para si tus pulmones.
Muerto, y un pesado cuarzo
se clausuró de transparencia en tus ojos.
Muerto, y tu cuerpo de agua adentrada
se hundió en el sepulcro mineral de tu cuerpo.
Muerto, y tu cuerpo se selló con tu cuerpo
hondo, hondo, cada vez más hondo.
Muerto, y tu pensamiento replegó sus orillas
para abarcar entero el inmóvil oleaje del silencio muerto.
Nada más que muerto.
***
Nada dijo de ti tu muerte.
Cerraron tus párpados
y no asomaste un último clavel
para expresar que era paz
esa mansedumbre vacía de ti.
Ningún colibrí anunció en el algodón de tus labios
que más allá de su inercia de boca
tu sonrisa estaba a salvo.
Porque nada dijo la muerte sino nada,
solo hablará de ti tu vida
con la sentida nostalgia de conjugar en pasado
lo pronto perderá testigos.
Tu casa, tus prados, tus higueras,
las manos de tu mujer, los ojos de tus hijos
irán tomando posesión de tu ausencia,
mientras seas ausencia y no olvido.
Mientras seas ausencia y no olvido,
tu vida dirá de ti tu vida.
La muerte aún no te conoce.
16 – 20 de noviembre de 2013