Monstruos

Luis Libra

Atención: poeta en obras
`
Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-altezas irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

________
 
Última edición:
¡Qué monstruosidad! Solo de leerlo ya me he quedado atragantado, Echemos un trago para que pase

..............................................................
Bundandoconvino.jpg
 
qué buen poema luis.

aunque supongo que saber cuánta razón pueda tener una paraguaya depende de números -podríamos llamarlos tallas- más bien fríos y concisos.

en este planeta hay humanos y bestias. y las bestias no son los monstruos.

salud mae.
 
`

Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal, o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu necesidad.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

________

Bueno, bueno… otra creatividad tuya, y sí, poesía fresca e innovadora. Solo hay verso que no me cierra, bueno, yo no lo entendí. Y puede porque sea sudaca y a “la paraguaya” acá, le damos otro significado.


“………… y anti-tipos irracionales

o con la razón de una paraguaya.”



Buen poema Luis. Alabados sean esos monstruos. ;)

Un abrazo.
 
Última edición:
qué buen poema luis.

aunque supongo que saber cuánta razón pueda tener una paraguaya depende de números -podríamos llamarlos tallas- más bien fríos y concisos.

en este planeta hay humanos y bestias. y las bestias no son los monstruos.

salud mae.


Pues sí, mae, la razón de las paraguayas es un tema digno de estudio ;), lo de distinguir entre humanos y bestias es más sencillo. Me alegra que te gustara el poema, René. Un abrazo amigo.
 
Bueno, bueno… otra creatividad tuya, y sí, poesía fresca e innovadora. Solo hay verso que no me cierra, bueno, yo no lo entendí. Y puede porque sea sudaca y a “la paraguaya” acá, le damos otro significado.


“………… y anti-tipos irracionales

o con la razón de una paraguaya.”



Buen poema Luis. Alabados sean esos monstruos. ;)

Un abrazo.


Me encanta que te parezca fresca mi poesía, Danie, me hunde cuando me dicen que es muy bonita :mad:. Aquí, las paraguayas son un fruta parecida al melocotón, y está muy sabrosa, ... y bueno, también las mujeres de Paraguay, (que por cierto no tengo la suerte de conocer a ninguna), pero mi poema hace referencia a las primeras. Muchas gracias, Danie. Un abrazo amigo.
 
Que bueno encontrar algo bien escrito y que sirve de guía. Excelente libra, me ha gustado mucho. Saludos.
Azalea.
 
Última edición por un moderador:
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...
Muy monstruoso y genial estas palabras que te las imaginas en el metro o en el Ave, danzando por las escalerillas mecánicas, entre los pasajeros, que alucinados opositan, muy a pesar mío...ándale jajaja
 
Muy monstruoso y genial estas palabras que te las imaginas en el metro o en el Ave, danzando por las escalerillas mecánicas, entre los pasajeros, que alucinados opositan, muy a pesar mío...ándale jajaja


¿Por qué a pesar tuyo? , no lo cojo o_O. Me alegra que te gustaran estas "palabras" :). Gracias y saludos, compañera.
 
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Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Hace ya algún tiempo que te leí este poema... y sigue gustándome. Hoy me acordé de Srek; monstruos, ogros, qué más da. Me gustan los monstruos más que los ángeles... y este monstruoso poema.
Un abrazote Luis
 
Hace ya algún tiempo que te leí este poema... y sigue gustándome. Hoy me acordé de Srek; monstruos, ogros, qué más da. Me gustan los monstruos más que los ángeles... y este monstruoso poema.
Un abrazote Luis


Es que ser ángel está muy bien, pero para ser monstruo hay que hacer un master... :D. Siempre muy agradecido por tu beneplácito con mis churrillos poéticos, Alonso.
Un abrazote grande, amigo.
 
Última edición:
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Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Tengo el cometido de leerte completo en todo lo que hayas publicado en MP, ¡pero no pensé que tuvieras tantos poemas! Bueno, mayor será mi gozo de voyerista. Me detuve en este "Monstruo", más por afinidad que por casualidad, ja, ja, Admito que se me escapan varias referencias locales y elementos de la cultura pop, pero el contexto mucho me salva de mi ignorancia. A mí me hubiera gustado salir de monstruo en las películas pedorras de Crepúsculo. Ahí hasta la criatura de Frankenstein hubiera salido guapo. Caramba, me conformaré con ser un anfibio del pantano en escala de grises que rescata a una belleza del Cine de Oro. Si los locos no saben que están los locos, ¿por qué un monstruo tendría que saber...?

Gracias, hermano. Aparto a la Garbo. ;)
 
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Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Precioso versar estimado, poeta, Luis. Efectivamente en este mundo somos muchos monstruos los que habitamos: Monstruos de la belleza, monstruos de la maldad, de la falsedad, del hedonismo,....Y tú lo has sabido reflejar de una forma muy bella. Un saludo cordial. Buen día
 
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Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-tipos irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Todos tenemos un poco de ese monstruo.

Saludos
 
`
Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-altezas irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...

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Que poema mas monstruoso, me encantó. Un gusto leerte.
 

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