Luis Libra
Atención: poeta en obras
`
Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-altezas irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...
________
Sí, amigos, lo reconozco:
Me gustan los monstruos.
Hasta tengo a algún monstruo conocido.
Quizás yo mismo sea un monstruo
ocasional (o eso me gustaría pensar)
Y es que ser un monstruo no es necesariamente malo.
Os aseguro que no se puede presumir
de amigos sin tener amigos monstruos.
Ciertamente los monstruos, como la palabra indica,
no son príncipes ni puros,
ni ningún dechado de virtudes.
Los hay que se derriten de tiernos,
frágiles como el cristal o afilados
como una cuchilla de afeitar.
Algunos, arquitectos del verso crudo
que harían dedicarse a la taxidermia de mariposas
al mismísimo Bukowsky,
malabaristas de la guitarra capaces
de dejar a la altura del betún
al mejor Eric Clapton de toda su carrera,
druidas del óleo que relegarían a La Gioconda
a triste modelo de calendario benéfico
o magos del diseño que podrían hundir
en el barro de la mediocridad al más chic
y célebre diseñador de New York City.
Monstruos despistados (a menudo asociales)
que apoyados en su genial y/o espontanea
monstruosidad inventan vacunas,
acceden al olimpo del deporte
no solo por ganar
o incluso dan su vida para que algún gobernante
del demonio salga de su palacio de poder
por la puta puerta de servicio.
Sí, monstruos que te bajan las pulsaciones
o te las suben dependiendo de tu disfunción.
Monstruos hermosos, o feamente hermosos.
Monstruos que te glasean las lágrimas
o, como una dosis de droga de la buena,
te hacen ver colores y soluciones impensables
e imposibles. Monstruos compinchados
con el hada madrina de la humanidad.
Monstruos activistas antisoberbia,
monstruos del sentido común,
anti-almas de chicle y anti-altezas irracionales
o con la razón de una paraguaya.
Ellos, disfrazados a veces de bombero,
de vecinas solitarias y misteriosas,
de modernas y heroicas enfermeras
de película, o de bohemios sin whatsapp
ni nube donde caerse muertos.
Con ligera chepa, ojos indolentemente azules,
pasados terribles o excelente sentido del humor.
Monstruos indecisos que también se excitan,
que suspiran, ante la diosa de las minifaldas
o el rey del culo levis del Metro;
que alegran el día a ese pasajero gris
oscuro del asiento de su derecha
del AVE Madrid-Barcelona,
hablan con los gatos callejeros del barrio
o les salen alas tras la ventanilla de un ministerio.
Monstruos por oposición, por necesidad,
por imperativo formal o por vocación.
Pero monstruos al fin y al cabo,
casi siempre muy a pesar suyo...
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