Évano
Libre, sin dioses.
Montpellier en el jardín
Era el año 1936. José conducía un camioneta por los montes de León. Se dirigía a Asturias, donde los republicanos de la guerra civil española habían retrocedido. José intentaba abastecer a las tropas democráticas, atravesando el territorio ocupado por el golpista Francisco Franco.
Un chivatazo, que venía del pequeño pueblo de Riello, de un "amigo" de la familia, paró en seco al camión de José. Seis falangista cortaban la frontera. Lo obligaron a bajar y lo apresaron.
La cárcel fue insuperable para él. La mala comida, a pesar de que su mujer, embarazada, pobre y con una hija pequeña, vendió los pocos muebles que poseía: los colchones, mesa del comedor, sillas, camas y un pequeño armario. Con el dinero obtenido compró medicinas y comida para su marido encarcelado, el cual, al ver el estado del resto de compañeros de la cárcel, las repartía.
José murió en la guerra civil española, como tantos miles, o millones de españoles. Su mujer, sin trabajo y viuda de un vencido demócrata, hubo de irse de Riello a la aldea cercana de Inicio, a vivir junto a una hermana que allí vivía. La hermana también tenía a una hija pequeña y era soltera, con lo que ello significaba en aquellos tiempos de guerra y post guerra. Dos mujeres solas, con tres hijos en una aldea pequeña y donde los falangistas abusaban del pueblo, se enfrentaban a fríos de hasta menos veinte grados centígrados sin electricidad, sin agua en las casas, habiendo de talar árboles con hachas viejas y malas si querían calentarse y hacer las comidas; unas mujeres y niños que tenían que cavar con azadas una tierra donde la hierba se agarra como la vida a la muerte; unas mujeres y niños que habían de recolectar berzas con medio metro de nieve o hielo, lo que congelaba dedos de pies y manos y abatían cuerpos y almas; y eran los hijos y las hijas, en muchas ocasiones, con a penas seis o siete años, los que recolectaban o iban a sacar a las tres vacas o a las ovejas, rodeadas de lobos. Otras veces las madres montaban a las niños en la carretilla, a las cinco de la mañana, tapados con mantas, y se los llevaban a las tareas del monte o del campo. Habrían cientos de anécdotas que contar que nos cortarían la respiración, como a la mujer de José, asmática fumadora de plantas hormigueras, a falta de otras medicinas.
Pero hoy, en un agosto donde el sol reluce y los árboles y ríos de la aldea de Inicio se muestran celestes, donde las risas de los veraneantes llenan el viento y los tejados y las piedras de las casas centenarias, ha llegado una caravana procedente de Montpellier, Francia. En ella, dos ángeles de siete y diez años, Pauline y Nadine, y un diablillo de cuatro años, Sasha, han arribado con una Rimo 2, una caravana espléndida y grande. Son los tataranietos de aquel José que murió en la cárcel. Su mujer asmática murió también, hace años, pero casi a los noventa, y yo siempre me pregunté de dónde sacaría una anciana asmática tantísima fuerza, pero cuando uno va conociendo la historia ya no se pregunta de dónde sale tanta fuerza, sino que lo sabe y lo comprende. Su hija también murió hace poco y a una edad similar a la de él y su mujer. La caravana trae a su nieta y a su marido, y a Pauline, Nadine y Sasha, nietos a su vez de estos, a pasar una semana mientras sus padres se han quedado trabajando en Francia.
Hoy, 1 de agosto, Pepe, el hijo que queda del asesinado José, el mismo que no llegó a ver nunca a su padre, cumple setenta y siete años junto a sus tres hijos y cuatro nietos; junto a su prima, aquella hija de la madre soltera que acogió a su hermana en una aldea de Inicio que era infierno en aquel entonces. Hoy, 1 de Agosto, Pepe cumple setenta y siete años junto a unos sobrinos llegados de Montpellier con los hijos de sus hijos y que juegan alegres en la hierba de un jardín sin vallas ni fronteras. Hoy, la descendencia de aquel hombre fallecido en la cárcel por luchar en el bando de la justicia, recorre las calles, el palacio derruido, las casas medio caídas, el chalet nuevo de Pepe y la casa de piedra centenaria donde se criaron aquellas dos mujeres enfrentadas a su propia historia —que es desde la que estoy escribiendo—. Hoy Pepe disfruta junto a unos niños que se bañan en las claras aguas de luces de bronce de este río de alta montaña; un Omaña que ha recogido demasiadas lágrimas de llanto y que ahora recoge lágrimas de alegría. Un río Omaña que ahora baja con la corriente de la victoria de los justos que, aunque tarde en llegar, siempre llega, que nadie lo dude, ni un instante siquiera. Feliz cumpleaños, Pepe.
Era el año 1936. José conducía un camioneta por los montes de León. Se dirigía a Asturias, donde los republicanos de la guerra civil española habían retrocedido. José intentaba abastecer a las tropas democráticas, atravesando el territorio ocupado por el golpista Francisco Franco.
Un chivatazo, que venía del pequeño pueblo de Riello, de un "amigo" de la familia, paró en seco al camión de José. Seis falangista cortaban la frontera. Lo obligaron a bajar y lo apresaron.
La cárcel fue insuperable para él. La mala comida, a pesar de que su mujer, embarazada, pobre y con una hija pequeña, vendió los pocos muebles que poseía: los colchones, mesa del comedor, sillas, camas y un pequeño armario. Con el dinero obtenido compró medicinas y comida para su marido encarcelado, el cual, al ver el estado del resto de compañeros de la cárcel, las repartía.
José murió en la guerra civil española, como tantos miles, o millones de españoles. Su mujer, sin trabajo y viuda de un vencido demócrata, hubo de irse de Riello a la aldea cercana de Inicio, a vivir junto a una hermana que allí vivía. La hermana también tenía a una hija pequeña y era soltera, con lo que ello significaba en aquellos tiempos de guerra y post guerra. Dos mujeres solas, con tres hijos en una aldea pequeña y donde los falangistas abusaban del pueblo, se enfrentaban a fríos de hasta menos veinte grados centígrados sin electricidad, sin agua en las casas, habiendo de talar árboles con hachas viejas y malas si querían calentarse y hacer las comidas; unas mujeres y niños que tenían que cavar con azadas una tierra donde la hierba se agarra como la vida a la muerte; unas mujeres y niños que habían de recolectar berzas con medio metro de nieve o hielo, lo que congelaba dedos de pies y manos y abatían cuerpos y almas; y eran los hijos y las hijas, en muchas ocasiones, con a penas seis o siete años, los que recolectaban o iban a sacar a las tres vacas o a las ovejas, rodeadas de lobos. Otras veces las madres montaban a las niños en la carretilla, a las cinco de la mañana, tapados con mantas, y se los llevaban a las tareas del monte o del campo. Habrían cientos de anécdotas que contar que nos cortarían la respiración, como a la mujer de José, asmática fumadora de plantas hormigueras, a falta de otras medicinas.
Pero hoy, en un agosto donde el sol reluce y los árboles y ríos de la aldea de Inicio se muestran celestes, donde las risas de los veraneantes llenan el viento y los tejados y las piedras de las casas centenarias, ha llegado una caravana procedente de Montpellier, Francia. En ella, dos ángeles de siete y diez años, Pauline y Nadine, y un diablillo de cuatro años, Sasha, han arribado con una Rimo 2, una caravana espléndida y grande. Son los tataranietos de aquel José que murió en la cárcel. Su mujer asmática murió también, hace años, pero casi a los noventa, y yo siempre me pregunté de dónde sacaría una anciana asmática tantísima fuerza, pero cuando uno va conociendo la historia ya no se pregunta de dónde sale tanta fuerza, sino que lo sabe y lo comprende. Su hija también murió hace poco y a una edad similar a la de él y su mujer. La caravana trae a su nieta y a su marido, y a Pauline, Nadine y Sasha, nietos a su vez de estos, a pasar una semana mientras sus padres se han quedado trabajando en Francia.
Hoy, 1 de agosto, Pepe, el hijo que queda del asesinado José, el mismo que no llegó a ver nunca a su padre, cumple setenta y siete años junto a sus tres hijos y cuatro nietos; junto a su prima, aquella hija de la madre soltera que acogió a su hermana en una aldea de Inicio que era infierno en aquel entonces. Hoy, 1 de Agosto, Pepe cumple setenta y siete años junto a unos sobrinos llegados de Montpellier con los hijos de sus hijos y que juegan alegres en la hierba de un jardín sin vallas ni fronteras. Hoy, la descendencia de aquel hombre fallecido en la cárcel por luchar en el bando de la justicia, recorre las calles, el palacio derruido, las casas medio caídas, el chalet nuevo de Pepe y la casa de piedra centenaria donde se criaron aquellas dos mujeres enfrentadas a su propia historia —que es desde la que estoy escribiendo—. Hoy Pepe disfruta junto a unos niños que se bañan en las claras aguas de luces de bronce de este río de alta montaña; un Omaña que ha recogido demasiadas lágrimas de llanto y que ahora recoge lágrimas de alegría. Un río Omaña que ahora baja con la corriente de la victoria de los justos que, aunque tarde en llegar, siempre llega, que nadie lo dude, ni un instante siquiera. Feliz cumpleaños, Pepe.
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