Diré en primer lugar que coincido ampliamente con el comentario de Julia, que ha puesto varios puntos sobre varias íes. Sin embargo, diré que la lucha enconada contra el machismo se enfrenta hoy día con muchas ideas e instituciones que lo sostienen. En primer lugar mencionaré a la iglesia católica, que ya desde el «ganarás el pan con el sudor de tu frente y parirás con dolor» estableció los roles de los distintos géneros, y los sigue sosteniendo; esto, unido a su batalla empedernida por asociar el acto sexual a la procreación, poniendo un manto de culpa sobre las relaciones prematrimoniales y el uso de anticonceptivos, factores ambos que cuestionan la emancipación de la mujer, hace que a veces la tolerancia religiosa se contradiga con la lucha contra el machismo; y solo menciono esta religión, sabemos que hay otras aún más estrictas en estas cosas. También predomina el machismo en las fuerzas armadas, por ejemplo.
El poema de Vicente en realidad solo plantea la cuestión del machismo desde el punto de vista del misógino, que lamenta deber transigir con las mujeres por su necesidad sexual, sin la cual limitaría su mundo al de su género. Esta actitud, que lleva a considerar la actividad sexual fundamentalmente en su aspecto carnal, sin envolverla con el decorado amoroso al que estamos habituados, tiene su correlato femenino: creo que hoy muchos hombres y mujeres viven etapas así de su vida sexual, y la verdad es que no me parece mal, hasta lo veo sano. Un cierto entorno afectivo, una relación amistosa, hacen las cosas más simpáticas, pero no me parece que los encuentros casuales impliquen necesariamente actitudes machistas. Es decir que el machismo en este asunto consiste en reducir la humanidad de la mujer a esa oferta sexual, y por supuesto que así visto me parece detestable.
Otros aspectos se han suscitado en los comentarios. Coincido con Vicente en que la belleza de la poesía no se basa en la de sus objetos, es decir que las cosas bellas no son tema excluyente ni fundamental de la poesía. Este es un asunto de estética, y no coincido con Vicente en adjudicar la tendencia estética a las mariposas y las flores a un asunto de género. El petrarquismo, por ejemplo, corriente estética fundamental en nuestra tradición poética, tenía una marcada tendencia a pintar a las mujeres como seres ideales y virtuosos, con dorados cabellos, dientes de perlas y labios de rubí, oportunamente satirizada por Quevedo en inmortales líneas; eran hombres los que cometían esos excesos idealizantes, y siguen cometiéndolos hoy. No es este el lugar para profundizar acerca del rol de la mujer en la historia de la poesía, pero no creo que pueda sostenerse un marcado sesgo hacia las mariposas.
En cuanto a las diferencias en lo social y económico, aludidas en los comentarios, diré que las cosas no pueden verse fuera de su contexto. Hay desigualdades de hecho, vinculadas a la maternidad y a la ideología dominante en lo que hace a las diferencias de roles en la crianza de los niños. ¿Cuántos casos conocemos en que ante un divorcio los niños queden con el padre? ¿Todas las madres están dispuèstas a interrumpir la lactancia para trabajar? ¿Existe acaso un sistema de guarderías que haga compatible, en general, la lactancia con el trabajo? El liberalismo aprovecha estos factores de la realidad social y sanciona con la desigualdad salarial estas desventajas que son rémoras del pasado que el proceso de emancipación femenina aún no ha resuelto. En la ideología aún dominante el trabajo de la mujer se ve fundamentalmente como un derecho social, el del hombre como un deber ante su familia. Por supuesto que la generalización del divorcio está cambiando esto fundamentalmente, pero no deja de ser cierto que aún se tolera generosamente a la mujer que se queda en casa a «ocuparse de los niños», mientras que no trabajar en el hombre se ve como vagancia. Claro, además existe la desocupación, como para complicar aún más las cosas. La complejidad de estos asuntos hace que la ideología machista arraigue con fuerza aún entre los mejor intencionados.
También se ha mencionado la violencia de género, con la anécdota de los moratones de la amante de Vicente, que finalmente no era la amante. Dice Andreas, con buen criterio, que esto es fundamentalmente asunto de educación. Aún hoy hay muchos hombres que no se las arreglan para vivir solos, que no saben pegar un botón o cocinarse: pasan de una madre sobreprotectora a una esposa sobreprotectora, y el día en que la esposa se va con un amigo quedan desvalidos y desesperados. Sexualmente desamparados muchas veces además, ven en su ex su único y último recurso. No conozco del tema como para opinar con seriedad, pero la información que me llega en las noticias parece avalar el diagnóstico. Esta formación tradicional del hombre, que lo hace dependiente de las mujeres en los simples aspectos domésticos, es puesta en evidencia por la emancipàción de la mujer, con consecuencias dramáticas muchas veces. Es un aspecto del asunto; otro es el de la omnipresencia de la violencia en nuestra sociedad, vista incluso como recurso legítimo en las guerras; no entraré en este tema acá.
Bueno, espero con estas pinceladas haber puesto algo de realidad sobre este asunto, cuya complejidad excede mi saber. Sobre todo quisiera haber planteado interrogantes, que creo que abundan en el tema: es demasiado fácil condenar sin comprender.
abrazo
Jorge