En 1966 me designó Dios ser humano y en Febrero de 1967 llegué a este mundo que algunos llamamos raro. Según me contaron, nací un viernes, como a las 8 de la mañana y que, como todos los guercos al nacer, lloré pero después de haberseme aquietado los lloridos, la encantadora sonrisa que hasta hoy me acompaña, mostró entonces sus inevitables magias.
Los que estuvieron presentes en mi nacimiento dijeron que al salir del vientre de mi madre emergí super moreno, con gran multitud de pelo, brilloso y negro y que mas bien, parecía un caballito azabache. Ademas, afirmaron que en el semblante traía ya entonces el incansable sentir penoso y somnoliento que aun sigo vislumbrando.
Como todos los que se interesan en saber algo sobre de su pasado, traté de indagar sobre de la guapura que algunas gentes dicen que me cargo, o mejor, quería saber si había nacido ya así, pero los testigos les dieron vueltas y vueltas a mis preguntas, como si evitando darme una genuina respuesta. En fin, hoy día eso de ser o no guapo no importa, sino lo del alma, el corazón, el respeto, la palabra, lo genuino, la sonrisa clara, la inteligencia, humildad, y por sobre todas las cosas, aprensión a Dios.
Luego que me dieron de alta en el hospital, salí en los brazos de mi madre y envuelto en unas cobijitas hechas por las manos de mi madrina que, como a mi madre, Dios la tenga en glorias. Tiempo después, al ir creciendo, supe del preciso piso y exacta sala donde aprendí a respirar, llorar, sonreir y a cagar por primera vez. Fue en el quinto piso, sala 16 del Instituto Mexicano del Seguro Social o IMMS, en Reynosa, Tamaulipas, Mexico.
Ahora que he estado trabajando por veinte años para un hospital, llevando y trayendo todo lo necesario para el cuidado de los pacientes, recién nacidos e inclusive para los recién fallecidos, en verdad, trabajar para un hospital es intrigante, es un lugar de múltiples olores y salas de espera, alegres o tristes y de inesperados momentos que nunca se salen de la mente. En el diario paseo de mis labores al encontrarme a un recién nacido por los pasillos me asombra lo bello que la vida es y me digo, así era yo; y al encontrarme a un recién fallecido, con respetos bajo mi cabeza y me digo, así seré yo. Pero así, en este lugar como en todos lados, la vida y la muerte siguen, juntas.
Eso si, al mirar a ambos destinos, el de la entrada y salida, me intriga no saber sobre de mis antecesores, es decir, de mis tatata y retatarabuelos. No sé, me provoca querer saber si entre mis lejanos parientes hubo algún soldado o general o un revolucionario, algún presidente ejidal o municipal, algún doctor o quizás hasta algún poeta, vaya, un alguien parecido a mi, de pies a cabeza y de mente y que, por causas de la sangre se apareció en mi o viceversa.
Yo, para los escritos discursos no soy quien, y aunque así pareciera, la verdad, tengo algo de mi que no sé o desconozco, un algo sin voz que me llena de palabras y un calor por las ausencias, una noción de apuntar lo que ya fue, aunque al cada minuto siga siendo.
Fidel Guerra,
United States,
Junio, 2017.
Los que estuvieron presentes en mi nacimiento dijeron que al salir del vientre de mi madre emergí super moreno, con gran multitud de pelo, brilloso y negro y que mas bien, parecía un caballito azabache. Ademas, afirmaron que en el semblante traía ya entonces el incansable sentir penoso y somnoliento que aun sigo vislumbrando.
Como todos los que se interesan en saber algo sobre de su pasado, traté de indagar sobre de la guapura que algunas gentes dicen que me cargo, o mejor, quería saber si había nacido ya así, pero los testigos les dieron vueltas y vueltas a mis preguntas, como si evitando darme una genuina respuesta. En fin, hoy día eso de ser o no guapo no importa, sino lo del alma, el corazón, el respeto, la palabra, lo genuino, la sonrisa clara, la inteligencia, humildad, y por sobre todas las cosas, aprensión a Dios.
Luego que me dieron de alta en el hospital, salí en los brazos de mi madre y envuelto en unas cobijitas hechas por las manos de mi madrina que, como a mi madre, Dios la tenga en glorias. Tiempo después, al ir creciendo, supe del preciso piso y exacta sala donde aprendí a respirar, llorar, sonreir y a cagar por primera vez. Fue en el quinto piso, sala 16 del Instituto Mexicano del Seguro Social o IMMS, en Reynosa, Tamaulipas, Mexico.
Ahora que he estado trabajando por veinte años para un hospital, llevando y trayendo todo lo necesario para el cuidado de los pacientes, recién nacidos e inclusive para los recién fallecidos, en verdad, trabajar para un hospital es intrigante, es un lugar de múltiples olores y salas de espera, alegres o tristes y de inesperados momentos que nunca se salen de la mente. En el diario paseo de mis labores al encontrarme a un recién nacido por los pasillos me asombra lo bello que la vida es y me digo, así era yo; y al encontrarme a un recién fallecido, con respetos bajo mi cabeza y me digo, así seré yo. Pero así, en este lugar como en todos lados, la vida y la muerte siguen, juntas.
Eso si, al mirar a ambos destinos, el de la entrada y salida, me intriga no saber sobre de mis antecesores, es decir, de mis tatata y retatarabuelos. No sé, me provoca querer saber si entre mis lejanos parientes hubo algún soldado o general o un revolucionario, algún presidente ejidal o municipal, algún doctor o quizás hasta algún poeta, vaya, un alguien parecido a mi, de pies a cabeza y de mente y que, por causas de la sangre se apareció en mi o viceversa.
Yo, para los escritos discursos no soy quien, y aunque así pareciera, la verdad, tengo algo de mi que no sé o desconozco, un algo sin voz que me llena de palabras y un calor por las ausencias, una noción de apuntar lo que ya fue, aunque al cada minuto siga siendo.
Fidel Guerra,
United States,
Junio, 2017.