José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Indeciso… abstraído,
helado de frío oteo el horizonte
de un mundo pervertido.
El dios de las alturas no me habla,
solo me chista, exige mi silencio,
que no converse con las giraldas.
Y se enfada airadamente conmigo ¡Me grita!
Me asusta su ronquera,
su fuerte respirar me tambalea. A punto está…
de hacerme saltar.
Me niega el ocaso… como castigo.
¡El muy cretino!
El ocaso de qué, o de quién?
Acaso ese Sol que aguanta la otra orilla, brilla?
O es que teme se cronifique mi ceguera…
Qué ceguera?
Si nunca llegué a abrir los ojos de mi alma.
Ni reposé los sueños de niño en la cometa.
Es un sol apagado y frío, que ya no calienta ni quema.
Y mucho menos, podrá influir en mi ceguera.
Tengo el inmenso océano a mis pies cerril, embravecido.
Mira distraído el balanceo de mis alas.
¡Se equivoca! ¡No tengo alas!
Ni pretendo tenerlas… todavía.
Cree impresionarme con su baile
a los pies de esas rocas
con esas olas rompedoras,
que susurran en la noche
aquella canción de nana mortecina
que invadía mi intimidad,
y mis sueños sin estrellas… en soledad.
Aún siento vértigo y frío,
pero sin embargo,
ni el horizonte perdido,
ni esa veleta muda, ni el ocaso.
Ni la cometa sin mis sueños,
ni mucho menos, ese sol apagado y mortecino
de este mundo pervertido,
harán que despliegue mis alas
y me lance al vacío.
No puedo dejarme engañar.
No nací muerto. Solo impedido
por falta de visión y sueños.
Pero el manantial de mi juicio, aún sin viciar,
hará que tome de vuelta el camino
y bajaré caminando hacia la mar.
No permitiré que el desánimo me venza.
“ No atisbo…
mi desnucar…”
José I.