dulcinista
Poeta veterano en el Portal
Empujaron el coche hasta sacarlo fuera de la carretera. Lo dejaron en un camino, debajo de unos árboles. Llovía como si no lo hubiese hecho nunca.
-Hay días que es mejor no levantarse- pensó César.
Caminaron hacia las luces que se veían en la lejanía, con la esperanza de encontrar allí algún sitio donde guarecerse de la lluvia y pasar la noche. El viento húmedo del norte les azotaba la cara y les helaba las manos; para colmo, César, llevaba ropas de primavera: cómo iba él a suponer que de pronto se pusiese a llover como si fuese enero. Oía con fastidio los reproches de su mujer: no será porque no te dije que no te fiaras del tiempo, pero claro, con esa manía tuya de llevarte siempre el gato al agua no le haces caso a nadie. Pensó en la calefacción del coche que hasta hacía unos instantes había calentado sus miembros. Llegaron al pueblo ateridos y demacrados. Su mujer parecía fatigada, aunque aparentemente no tenía frío. Supusieron que allí difícilmente podrían encontrar un hotel. Buscaron una pensión. En las afueras encontraron una. Les desalentó la ausencia de luces, también que el portón de entrada estuviese cerrado. Llamaron a la puerta. Oyeron pasos y vieron a un hombre mirándolos a través de los cristales de la parte de arriba de la puerta. Entreabrió, manteniendo la cadena de seguridad echada. No preguntó nada. Esperó a que fuesen ellos los primeros en hablar.
-Necesitamos una habitación para esta noche- dijo César.
-Todavía no admitimos inquilinos- contestó el hombre sucintamente.
-Pero no le pedimos ninguna clase de comodidad, tan solo un lugar donde protegernos de la lluvia- imploró César.
-Lo siento, me es imposible ayudarles,- contestó - inténtenlo en casa de la Chata, su pensión es amplia y ella está sola; otras veces ha ayudado a personas que se encontraban en la misma situación que ustedes se encuentran ahora.
Cerró la puerta y lo vieron perderse en la oscuridad y la calidez de la pensión.
Su mujer dijo que tenía un calor insoportable, que un abrigo como aquel no era adecuado para el mes de abril y que debería haberse llevado uno más liviano.
Buscaron la pensión recomendada por el hombre. Llegaron a una calle pavimentada con adoquines. Al final de esa calle se encontraba la pensión la Chata. La dueña, una mujer de mediana edad, atlética y alta, les permitió que pasaran la noche en una de las habitaciones, aunque- les informó- la única habitable que había en ese momento era una sin calefacción y por cuya ventana entraba la lluvia y el viento. Su mujer dijo, si tiene techo nos servirá para pasar la noche. César, aunque no opinaba lo mismo, no dijo nada, por miedo quizás a contrariar a la dueña; quizás también porque no quería parecer un desagradecido.
La pieza estaba en el segundo piso. Era tal y como la había descrito la dueña: fría y por la ventana entraba el viento y la lluvia. César se sintió reconfortado al pensar en la agradable sensación de la cálida agua de la ducha sobre su piel. Aún no sabía que no había agua caliente; tampoco sabía que por las noches se oían pasos recorriendo parsimoniosamente el pasillo. Su mujer se quitó el abrigo y pudo ver sus ropas secas. Él se quitó el pantalón y la camisa que dejaron en el suelo un diminuto río de agua. Los colgó en una percha de madera carcomida, cuyas patas estaban desniveladas.
En la cama se abrazó a su mujer para entrar en calor. Ella lo rechazó con un gruñido de desaprobación y de fastidio. Se separó. Oyó pasos en el pasillo y sintió curiosidad. Se levantó y abrió la chirriante puerta. No vio a nadie, aunque seguían oyéndose los pasos. Parecían venir de la parte derecha. La exploró. Vio innumerables puertas que conducían a inextricables pasillos que contenían muchas puertas que daban a pequeñas habitaciones. Rústicas lámparas de aceite alumbraban lo que parecía un laberinto. Encontró dos escaleras: una bajaba a un sótano donde se repetía la misma sucesión de puertas y pasillos; la otra conducía al piso superior constituido por una vasta pieza circular. La amplitud de todo lo que veía hizo que se olvidara de los pasos. Comenzó a sentir frío. La cara le ardía. Pensó que tal vez estuviese soñando y que al despertar estaría en su cama de siempre, y tras levantarse iría a la oficina y luego comería en el restaurante de costumbre, y al llegar la noche, dormiría plácidamente abrazado a su mujer. Sintió que la fiebre se apoderaba de sus sentidos. Creyó ver pasar junto a él un tigre. No se asustó, ahora era un valiente, un héroe. Notaba la garganta seca y los ojos ardientes. No era consciente de que sus miembros empezaban a temblar; tampoco del peligro que corría haciéndole cara al tigre. La fiera se abalanzó sobre él. Pelearon a mordiscos, con las garras, con las uñas.
La mañana amaneció soleada, aunque eso poco le importaba a César, que yacía en el suelo, junto a la cama donde dormía su mujer, muerto, el cuerpo destrozado y ensangrentado, como si mientras dormía hubiese peleado con una fiera.
Eladio Parreño Elías
28-Noviembre-1994
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