BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
La noche se extingue.
Patria insultada que refulge
como una devastada nación.
En mitad del camposanto,
las herejías campan a sus anchas.
Metódicos y ridículos, los capataces
apagan los cirios conventuales.
La noche extingue sus dominios,
y yo, en la flor más reposada,
mis instintos acaloro con mesiánica
voluntad de arribista carcelero.
Me gusta alumbrar los pianos
con cajas de cartón incendiadas,
con abastecimientos de lluvia,
sus tapas brillantes conectar
con las colas de caballo del astro.
Me gusta atraer sobre mí la desdicha,
el llanto más sonoro, el grito,
la única aproximación digna.
Y los cabellos húmedos, empapados,
conducen con hetairas y volúmenes
despiadados, sus hebras hasta el fin
de las iglesias.
Callad, callemos.
©
Patria insultada que refulge
como una devastada nación.
En mitad del camposanto,
las herejías campan a sus anchas.
Metódicos y ridículos, los capataces
apagan los cirios conventuales.
La noche extingue sus dominios,
y yo, en la flor más reposada,
mis instintos acaloro con mesiánica
voluntad de arribista carcelero.
Me gusta alumbrar los pianos
con cajas de cartón incendiadas,
con abastecimientos de lluvia,
sus tapas brillantes conectar
con las colas de caballo del astro.
Me gusta atraer sobre mí la desdicha,
el llanto más sonoro, el grito,
la única aproximación digna.
Y los cabellos húmedos, empapados,
conducen con hetairas y volúmenes
despiadados, sus hebras hasta el fin
de las iglesias.
Callad, callemos.
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