Nunca me derrotó el amor
porque lo llevo dentro
anidando en mis pasos
y lo reparto gratis
en mis vuelos rasantes
por estas calles amables
que me hablan al oído.
Se lo doy a la risa de los árboles,
a los ojos de las mujeres
que caminan sin verme,
a los hombres como yo,
a veces alegres, a veces tristes,
que fuman minutos
y recuerdos inevitables,
a las voces de las ventanas
que no piden nada,
a las palomas
que piden cariño.
Y paso desapercibido,
el hombre invisible parezco,
rara vez se fijan en mí
y si lo hacen
siempre me ven solo,
acariciando una esquina,
charlando con un escaparate,
besando una baldosa,
abrazado a una fuente,
peinando la mañana
con un sueño de plata.
Mi soledad es engañosa
pues viven en mí infinitas palabras,
una ciudad de versos,
un país de poemas,
cuando escribo amo la vida.