Necesito un dolor al fin distinto.
Uno que juegue solo para dos.
Que sea un grito sordo del instinto
y almas de piedra horade con su voz.
Con mis mejores grises yo te pinto
a pulso firme el miedo más atroz
que rompe así el seguro del precinto
del trágico sendero de un adiós.
Que nadie se interese ni se entere
y sea solo nuestro el entre dicho
con un tú a tú por ver a quien más hiere.
Con iras enquistadas en su nicho
que el estúpido orgullo se incinere
en una orgía de odios por capricho.
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