Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
A mí no me gusta volar, lo detesto. Pero qué puedo hacer cuando empiezo a flotar, cuando los cobertores se resbalan de mi cuerpo y el techo y mis narices y mi frente chocan, se rozan. Grito para que alguien me despierte o se despierte y me mire y me jale.
Ella duerme, no me escucha. Qué incomodo es esto. Me volteo como puedo y tomo consciencia de que nadie, nadie podrá interrumpir este molesto estado que me tiene de rehén. Bueno, sí hay alguien que sí me mira pero es de poca ayuda: mi gata. Es más, maulla, me dice algo, mueve los bigotes como cuando mira a las palomas y eso me hace dudar de lo que soy. ¿Seré paloma? ¿Seré una avecilla, o quizá se una de esas enormes mariposas negras y peludas, las polillas que tanto aterrorizan a mi mujer porque un día antes de la muerte de su padre entraron tres de ellas a la casa y no hubo forma de hacerlas irse. Rincones y esquinas fueron su refugio, y al otro día, su padre muerto. No me puedo ver el cuerpo, los pensamientos locos me hacen pensar en estas cosas estúpidas. Siento una duda enorme, quiero verme en un espejo, quiero ver si soy lo que creo que he sido siempre. Desciendo y me miro en la luna del tocador. Sí, soy el mismo, nada se ha alterado de mi cuerpo, solo que me he vuelto un globo. Por la ventana abierta se escurre un viento suave que mueve las cortinas, todo lo suave parece ser para mí de una fuerza colosal. La corriente que entra empuja a otra rumbo a la salida. Heme ahí entre el turbulento viento que escapa de la habitación. Me lleno de pánico al verme suspendido cuatro pisos arriba, flotando.
No despiertes, no despiertes, no despiertes, me digo cerrando los ojos, temo caer si el fenómeno se suspende. El viento sube y yo con él hacia el techo de la casa. Mis últimos intentos de grito se quedan en estado embrionario en mi pecho, sin encontrar camino a la garganta. Me lleva el viento sobre las azoteas de los edificios. Me siento inútil, incapaz de gobernar a voluntad este molesto estado. No es la primera vez que me sucede, me pasa a menudo, por eso siempre duermo vestido. No recuerdo el mecanismo que he utilizado antes para recobrar mi libertad o mi normalidad.
La primera vez sucedió dentro de la habitación. Logré controlar ascenso y descenso en relación al piso. Otra ocasión fue en el techo de la casa y luego sobre la calle, estuve horas asido a la lámpara del alumbrado público para evitar que cualquier viento suave me llevara más lejos. Esa vez me salvé porque una prostituta me vio trepado -según ella- en el poste del alumbrado público y llamó a la policía. Me fui ayudando con las manos para obligar al cuerpo a descender hasta el piso. Una vez en el piso los patrulleros me tomaron de los brazos y me metieron dentro de la patrulla, esposado. Como no había ningún delito qué perseguir, a unas cuadras decidieron dejarme en libertad. Yo les quise explicar que yo, de repente, volaba, que no sabía cómo sucedía esto pero, empezaba a flotar, mi cuerpo perdía peso o la gravedad de la tierra dejaba de tener influencia sobre mí. Se rieron mucho, aceptaron la cena a cambio de dejarme dentro del vehículo policial. Por fortuna, poco a poco empecé a sentir la fuerza de la tierra atrayéndome de nuevo. Pagué la cuenta y me fui en pijama, como andaba, a la casa. Mi mujer jamás me creyó. Desde entonces duermo vestido, pues no sé en qué momento deje de ser atraído por la tierra y empiece a flotar.
El viento me lleva rumbos hacia el sur de la ciudad, es una zona que me inspira temor. No es seguro andar por ahí a media noche, a menudo aparece gente asesinada. Veo bajo de mí las calles, las copas de los árboles, la luz municipal ocultando sus nodos tras el casco que le protege de la lluvia. Ahora lo pienso, incluir en mi equipaje nocturno una pequeña cámara digital de video y fotografía, en este instante estaría film,ando todo mi viaje nocturno y mi mujer mañana estaría muy asombrada. La corriente de aire se cruza con una honda cálida, sé que éstas suben y las frías bajan. Temo a esta zona de la ciudad así que, a un peligro inminente prefiero uno posible. Hago todo lo posible por quedar dentro del chorro tibio para ganar altura y cambiar de rumbo. Qué difícil es esto: aleteo pero no sirve; pataleo, tampoco. El desencanto acude a mí. Y con él vuelve un poco la atracción de la tierra sobre mí. La corriente tibia me contiene en sus capas, cambio de actitud, me acepto como un ser levitante y subo y subo.
Ahora voy hacia el centro de la ciudad. La fortuna me ha ayudado a cambiar de rumbo, pero el gusto dura poco. La corriente tibia se ha mezclado y se ha vuelto fría. Está inmóvil. Desde la altura veo las calles solitarias. Calculo que han de ser las tres de la mañana. Floto y viene la clama. Creo que algo pasa con mi mente porque guardo pocos detalles de estas experiencias, como si mi cerebro se quedara en algún sitio. Pongo atención en mí y trato de encontrar una forma de controlar mi vuelo. Sin alas, sin cola, de alguna forma debo poder navegar, no tiene razón volar sin gobierno, no.
Al final encuentro la forma de tomar una dirección, una velocidad y una altura, volar es un placer cuando se tiene el control del vuelo. Floto sobre mi casa y me poso suavemente sobre la azotea. Mi gata me ha descubierto. El cuerpo vuelve a sentir o a relacionarse con el planeta. Es una delicia sentir el peso de mi cuerpo sobre las plantas de los pies. Ella no ha despertado. Olvidé el manojo de llaves de la puerta. Me acurruco al lado de la puerta para tratar de recuperar un poco el tiempo de sueño. La gata viene y se introduce entre mis piernas y el pecho. Ronronea, adora estar en algo tibio. Cuando mi mujer abre la puerta de la casa se asombra de encontrarme echado a un lado. -Qué haces aquí -me pregunta-
-Nada, le respondo, -salí a volar un rato.
Ella duerme, no me escucha. Qué incomodo es esto. Me volteo como puedo y tomo consciencia de que nadie, nadie podrá interrumpir este molesto estado que me tiene de rehén. Bueno, sí hay alguien que sí me mira pero es de poca ayuda: mi gata. Es más, maulla, me dice algo, mueve los bigotes como cuando mira a las palomas y eso me hace dudar de lo que soy. ¿Seré paloma? ¿Seré una avecilla, o quizá se una de esas enormes mariposas negras y peludas, las polillas que tanto aterrorizan a mi mujer porque un día antes de la muerte de su padre entraron tres de ellas a la casa y no hubo forma de hacerlas irse. Rincones y esquinas fueron su refugio, y al otro día, su padre muerto. No me puedo ver el cuerpo, los pensamientos locos me hacen pensar en estas cosas estúpidas. Siento una duda enorme, quiero verme en un espejo, quiero ver si soy lo que creo que he sido siempre. Desciendo y me miro en la luna del tocador. Sí, soy el mismo, nada se ha alterado de mi cuerpo, solo que me he vuelto un globo. Por la ventana abierta se escurre un viento suave que mueve las cortinas, todo lo suave parece ser para mí de una fuerza colosal. La corriente que entra empuja a otra rumbo a la salida. Heme ahí entre el turbulento viento que escapa de la habitación. Me lleno de pánico al verme suspendido cuatro pisos arriba, flotando.
No despiertes, no despiertes, no despiertes, me digo cerrando los ojos, temo caer si el fenómeno se suspende. El viento sube y yo con él hacia el techo de la casa. Mis últimos intentos de grito se quedan en estado embrionario en mi pecho, sin encontrar camino a la garganta. Me lleva el viento sobre las azoteas de los edificios. Me siento inútil, incapaz de gobernar a voluntad este molesto estado. No es la primera vez que me sucede, me pasa a menudo, por eso siempre duermo vestido. No recuerdo el mecanismo que he utilizado antes para recobrar mi libertad o mi normalidad.
La primera vez sucedió dentro de la habitación. Logré controlar ascenso y descenso en relación al piso. Otra ocasión fue en el techo de la casa y luego sobre la calle, estuve horas asido a la lámpara del alumbrado público para evitar que cualquier viento suave me llevara más lejos. Esa vez me salvé porque una prostituta me vio trepado -según ella- en el poste del alumbrado público y llamó a la policía. Me fui ayudando con las manos para obligar al cuerpo a descender hasta el piso. Una vez en el piso los patrulleros me tomaron de los brazos y me metieron dentro de la patrulla, esposado. Como no había ningún delito qué perseguir, a unas cuadras decidieron dejarme en libertad. Yo les quise explicar que yo, de repente, volaba, que no sabía cómo sucedía esto pero, empezaba a flotar, mi cuerpo perdía peso o la gravedad de la tierra dejaba de tener influencia sobre mí. Se rieron mucho, aceptaron la cena a cambio de dejarme dentro del vehículo policial. Por fortuna, poco a poco empecé a sentir la fuerza de la tierra atrayéndome de nuevo. Pagué la cuenta y me fui en pijama, como andaba, a la casa. Mi mujer jamás me creyó. Desde entonces duermo vestido, pues no sé en qué momento deje de ser atraído por la tierra y empiece a flotar.
El viento me lleva rumbos hacia el sur de la ciudad, es una zona que me inspira temor. No es seguro andar por ahí a media noche, a menudo aparece gente asesinada. Veo bajo de mí las calles, las copas de los árboles, la luz municipal ocultando sus nodos tras el casco que le protege de la lluvia. Ahora lo pienso, incluir en mi equipaje nocturno una pequeña cámara digital de video y fotografía, en este instante estaría film,ando todo mi viaje nocturno y mi mujer mañana estaría muy asombrada. La corriente de aire se cruza con una honda cálida, sé que éstas suben y las frías bajan. Temo a esta zona de la ciudad así que, a un peligro inminente prefiero uno posible. Hago todo lo posible por quedar dentro del chorro tibio para ganar altura y cambiar de rumbo. Qué difícil es esto: aleteo pero no sirve; pataleo, tampoco. El desencanto acude a mí. Y con él vuelve un poco la atracción de la tierra sobre mí. La corriente tibia me contiene en sus capas, cambio de actitud, me acepto como un ser levitante y subo y subo.
Ahora voy hacia el centro de la ciudad. La fortuna me ha ayudado a cambiar de rumbo, pero el gusto dura poco. La corriente tibia se ha mezclado y se ha vuelto fría. Está inmóvil. Desde la altura veo las calles solitarias. Calculo que han de ser las tres de la mañana. Floto y viene la clama. Creo que algo pasa con mi mente porque guardo pocos detalles de estas experiencias, como si mi cerebro se quedara en algún sitio. Pongo atención en mí y trato de encontrar una forma de controlar mi vuelo. Sin alas, sin cola, de alguna forma debo poder navegar, no tiene razón volar sin gobierno, no.
Al final encuentro la forma de tomar una dirección, una velocidad y una altura, volar es un placer cuando se tiene el control del vuelo. Floto sobre mi casa y me poso suavemente sobre la azotea. Mi gata me ha descubierto. El cuerpo vuelve a sentir o a relacionarse con el planeta. Es una delicia sentir el peso de mi cuerpo sobre las plantas de los pies. Ella no ha despertado. Olvidé el manojo de llaves de la puerta. Me acurruco al lado de la puerta para tratar de recuperar un poco el tiempo de sueño. La gata viene y se introduce entre mis piernas y el pecho. Ronronea, adora estar en algo tibio. Cuando mi mujer abre la puerta de la casa se asombra de encontrarme echado a un lado. -Qué haces aquí -me pregunta-
-Nada, le respondo, -salí a volar un rato.
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