Para tu otoño, para tu mundo

Évano

Libre, sin dioses.
Andaba yo preocupado por el futuro. Ya saben, esas cosas de la pensión de la vejez, el miedo a no tener dinero, a cómo vivirá uno cuando sea viejo, al bienestar de los míos, etcétera. Las comunes. De golpe cerré los ojos y me tendí en la tierra, bajo unos cipreses que cercaban la antigua mansión donde ahora se yergue Isla Fantasía, un parque acuático de Barcelona.

De golpe, sí, me vi sentado en uno de los tentáculos de la Vía Láctea.

Desde allí, millones de estrellas titilaban absurdamente, como si no quisieran destellar, pero destellaban porque debe ser su obligación. Son lo que son. Alrededor de ellas, miles de millones de planetas daban sus pasos de años correspondientes. Diminutas piedras inmensas circulando y expandiéndose sin razón alguna al infinito vacío, a la eterna nada.

¡Ahí estoy yo!, me dije, en aquella mota de polvo, tumbado bajo unos cipreses, preocupado por un tiempo ridículo y un espacio tan insignificante como un átomo.

Me levanté de golpe, sí, y fui al bar y tomé un café en una terraza y le dije ¡Guapa! a la camarera que tantas veces me sirvió el café, a la que hasta ahora no me atreví a piropear. La camarera me sonrió. Y comprendí, sí, comprendí lo absurdo de preocuparse por lo inevitable, por lo que uno no puede controlar; por perder el poco tiempo y el poco espacio que nos queda y que tenemos. Somos lo que somos, me dije, lo que queramos ser.

El borde de la Vía Láctea me dijo: Imagina cada día y dibuja en tu mente lo que verdaderamente te gusta, cómo desearías vivir. Y da un paso en pos de ello cada mañana que te levantes porque irás ordenando a tu inconsciente cómo debe actuar tu consciente en tu mundo, en tu vida. Pero imagina bien y sin trampas porque será lo que hayas imaginado.





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Última edición:
A los casi 50 me pregunto lo mismo sobre el futuro aunque no describo una respuesta tan hermosamente escrita como la tuya. es bueno leerte, un abrazo hasta alla.


pd. y¿Y qué has imaginado?

Un apartamento en un paseo marítimo, una playa límpida con algunos chiringuitos, paz, harmonía y una buena compañía a mi lado. Y algo más. Aunque ahora que pienso un poco, si eso ya lo tengo.

Fuerte abrazo, Ethel.
 
Andaba yo preocupado por el futuro. Ya saben, esas cosas de la pensión de la vejez, el miedo a no tener dinero, a cómo vivirá uno cuando sea viejo, al bienestar de los míos, etcétera. Las comunes. De golpe cerré los ojos y me tendí en la tierra, bajo unos cipreses que cercaban la antigua mansión donde ahora se yergue Isla Fantasía, un parque acuático de Barcelona.

De golpe, sí, me vi sentado en uno de los tentáculos de la Vía Láctea.

Desde allí, millones de estrellas titilaban absurdamente, como si no quisieran destellar, pero destellaban porque debe ser su obligación. Son lo que son. Alrededor de ellas, miles de millones de planetas daban sus pasos de años correspondientes. Diminutas piedras inmensas circulando y expandiéndose sin razón alguna al infinito vacío, a la eterna nada.

¡Ahí estoy yo!, me dije, en aquella mota de polvo, tumbado bajo unos cipreses, preocupado por un tiempo ridículo y un espacio tan insignificante como un átomo.

Me levanté de golpe, sí, y fui al bar y tomé un café en una terraza y le dije ¡Guapa! a la camarera que tantas veces me sirvió el café, a la que hasta ahora no me atreví a piropear. La camarera me sonrió. Y comprendí, sí, comprendí lo absurdo de preocuparse por lo inevitable, por lo que uno no puede controlar; por perder el poco tiempo y el poco espacio que nos queda y que tenemos. Somos lo que somos, me dije, lo que queramos ser.

El borde de la Vía Láctea me dijo: Imagina cada día y dibuja en tu mente lo que verdaderamente te gusta, cómo desearías vivir. Y da un paso en pos de ello cada mañana que te levantes porque irás ordenando a tu inconsciente cómo debe actuar tu consciente en tu mundo, en tu vida. Pero imagina bien y sin trampas porque será lo que hayas imaginado.





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"Me levanté de golpe, sí, y fui al bar y tomé un café en una terraza y le dije ¡Guapa! a la camarera que tantas veces me sirvió el café, a la que hasta ahora no me atreví a piropear. La camarera me sonrió. Y comprendí, sí, comprendí lo absurdo de preocuparse por lo inevitable, por lo que uno no puede controlar; por perder el poco tiempo y el poco espacio que nos queda y que tenemos. Somos lo que somos, me dije, lo que queramos ser."
Lo que cuenta son esos pequeños destellos de luz en una vida que de ser larga
tendrá muchas horas de oscuridad y no es pesimismo, señor évano,es lo que hay...
Un abrazo desde el otoño
 
"Me levanté de golpe, sí, y fui al bar y tomé un café en una terraza y le dije ¡Guapa! a la camarera que tantas veces me sirvió el café, a la que hasta ahora no me atreví a piropear. La camarera me sonrió. Y comprendí, sí, comprendí lo absurdo de preocuparse por lo inevitable, por lo que uno no puede controlar; por perder el poco tiempo y el poco espacio que nos queda y que tenemos. Somos lo que somos, me dije, lo que queramos ser."
Lo que cuenta son esos pequeños destellos de luz en una vida que de ser larga
tendrá muchas horas de oscuridad y no es pesimismo, señor évano,es lo que hay...
Un abrazo desde el otoño

Gracias, Rosario, por ponerme otra vez en el camino correcto. A veces uno, en esos tramos de oscuridad, se pierde y ha de encontrar otra vez el equilibrio entre el interior y el exterior.

A veces, es malo tenerlo todo a mano y la inteligencia necesaria para ver que somos microbios en un mundo que rota y traslada y vibra sobre sí y gira sobre el sol, y que este, a su vez, hace lo mismo pero en La Vía Láctea y que viajamos hacia la Nada a 100.000 kilómetros a la hora. O sea, una locura que nos agita el cerebro como cubitos una batidora.

Por eso es importante lo que dices, que lo que cuenta son esos pequeños destellos de luz en la vida. Alguien que detenga un momento "esta bola loca".

Fuerte abrazo, Rosario. Gracias.
 

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