Todo parecía idílico en aquélla residencia privada para ancianos, la primera de Europa que se probaba con esas características. En las habitaciones habían copiado parte del mobiliario del propio hogar del residente, sus libros, sus más entrañables pertenencias, su música preferida... Los grandes ventanales estaban herméticamente cerrados con un invisible pero sólido cristal, que reflejaba con nitidez la belleza del paisaje e inundaba de luz la habitación. El suave aroma de azahar que parecían desprenderse de los naranjos del jardín, era en realidad un recurso más de los muchos que se estaban ensayando en esta lujosa residencia modelo, con falsos jardines paradisíacos, pequeños lagos y fuentes, donde hasta el sonido de los pájaros procedía de grabaciones de campo de un prestigioso ornitólogo.
Juan, se debatía alteradísimo tratando de soltarse de la firme mano de su cuidadora, que le seguía como una sombra día y noche.
-¡Suélteme, me chivaré a mis padres que es usted un robot y denunciaran al colegio. ¡Aquí todo es falso! -gritaba
-Tranquilo Juan- dijo ella con voz suave de extraños matices- Tu no tienes padres ¿recuerdas?.... Ahora daremos un paseo; hoy han venido a verte tus hijos y tus nietos-
Juan la miró desconcertado, ella le obsequió con un caramelo; al poco de saborearlo se tornó sumiso, con paso vacilante se dejó llevar lentamente camino del jardín.
La tecnología de las cuidadoras se había perfeccionado tanto que casi parecían humanas. Los progresos de la ciencia que se probaban allí eran imparables. Se decía, en las altas esferas, que habían logrado replicas perfectas de familiares y se pagaban precios desorbitados por los falsos visitantes. Los herederos de las grandes fortunas labradas por estos ancianos, lavaban así su imagen y tranquilizaban sus conciencias
-Total, ellos no lo notarían-
Pero Juan si, Juan lo notaba, a pesar de estar perdido en el tiempo.
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