Darkshade
Poeta adicto al portal
Aprendí, de pequeña, a bañarme todos los días
hasta dos veces, por el calor
El invierno me enseñó que una vez por semana; parece poco, pero es suficiente.
Suficiente para la calle, para los huesos y para no espantar demasiado a los clientes.
Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y domingo, con una lavadita basta.
Pero hoy es sábado. Veo a Martín así dice llamarse,
pero tiene cara de Pedro
o de Juan,
incluso de Carmen de cualquiera, excepto de Martín.
Los días que he predestinado para citarme con él son especiales.
Primero, afeitarse los sobacos,
bien las piernas y entre los muslos,
depilarse el bigote
y sacarse los capullos en las cejas.
Pedro enemigo mortal de los pelos.
La ducha resta toda la mierda que se pega al cuerpo en la semana:
gel de baño y una buena esponja;
media hora restregando.
Los hospitales acumulan defunción en la piel; la van bacterianizando poco a poco
Luego, el tabaco.
Juan no soporta el olor a nicotina en el cabello de ninguna fémina,
tanto menos en mi ignición;
me dice: suficiente ya con ese color de puta,
para que tenga que aguantar también aroma a cenicero fétido.
Con Carmen es diferente;
ella al menos no se espanta cuando bebo la cerveza directamente de la botella
o si cruzo las piernas en el bar, como el buen macho que nunca fui;
le da igual si escupo a dos metros de distancia
o al lado de la silla
o sobre sus tetas.
Carmen siempre está de buen humor.
Pero Martín Martín es un caso abierto;
la no-tolerancia existiendo
como un eco, como un eco, como un eco
de moral, de moral, de moral,
de ética aprendida en un liceo, jamás inventada.
Hoy es sábado y toca cita con el tríptico, exótico conjunto de ser humano.
Hoy no me bañé. Hoy fue una simple lavadita sin jabón siquiera.
Hoy Martín aprenderá sobre esa cruz en la espalda: la jodida y puta libertad la verdadera.
Agua sucia
para dos cristales.
El demonio, ora dios, es el mismísimo petróleo blanco.
Y Martín
Martín revienta con una atea impúdica chupando su pito.
El invierno me enseñó que una vez por semana; parece poco, pero es suficiente.
Suficiente para la calle, para los huesos y para no espantar demasiado a los clientes.
Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y domingo, con una lavadita basta.
Pero hoy es sábado. Veo a Martín así dice llamarse,
pero tiene cara de Pedro
o de Juan,
incluso de Carmen de cualquiera, excepto de Martín.
Los días que he predestinado para citarme con él son especiales.
Primero, afeitarse los sobacos,
bien las piernas y entre los muslos,
depilarse el bigote
y sacarse los capullos en las cejas.
Pedro enemigo mortal de los pelos.
La ducha resta toda la mierda que se pega al cuerpo en la semana:
gel de baño y una buena esponja;
media hora restregando.
Los hospitales acumulan defunción en la piel; la van bacterianizando poco a poco
Luego, el tabaco.
Juan no soporta el olor a nicotina en el cabello de ninguna fémina,
tanto menos en mi ignición;
me dice: suficiente ya con ese color de puta,
para que tenga que aguantar también aroma a cenicero fétido.
Con Carmen es diferente;
ella al menos no se espanta cuando bebo la cerveza directamente de la botella
o si cruzo las piernas en el bar, como el buen macho que nunca fui;
le da igual si escupo a dos metros de distancia
o al lado de la silla
o sobre sus tetas.
Carmen siempre está de buen humor.
Pero Martín Martín es un caso abierto;
la no-tolerancia existiendo
como un eco, como un eco, como un eco
de moral, de moral, de moral,
de ética aprendida en un liceo, jamás inventada.
Hoy es sábado y toca cita con el tríptico, exótico conjunto de ser humano.
Hoy no me bañé. Hoy fue una simple lavadita sin jabón siquiera.
Hoy Martín aprenderá sobre esa cruz en la espalda: la jodida y puta libertad la verdadera.
Agua sucia
para dos cristales.
El demonio, ora dios, es el mismísimo petróleo blanco.
Y Martín
Martín revienta con una atea impúdica chupando su pito.
Dedicado a Elena Morado,
a quien agradezco la inspiración.
a quien agradezco la inspiración.