El ventanal de la escuela era muy alto...
y la autocompasión muy azul;
cuando, afuera, nos esperaban las galaxias…
Afuera teníamos, un muro de cipreses, y un bosquecillo con zorros…
y un continente para esas palabras de niña...
substrato de voz de caramelo,
el jardín donde volaba tu musa de los frutos verdes.
Ahora, tras pasar ese tiempo nuestro, por jegloríficos sangrantes y pirotecnias…
tras nuestro árbol que plantamos en el barrio;
nuestros sorbitos de color, las castañuelas furtivas,
y el club de golondrinas docentes…
Ahora justamente, cuando la causa es cauce de río,
cada noche no se vive como la última,
cada noche la vivimos como la primera…
y todas nuestras cosas se envuelven, con la voluntad sincera.
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